abril 25, 2026

Daniel Matamala - Ojalá algún día

Este miércoles, tras presentar el proyecto de reforma tributaria, el ministro de Hacienda lanzó una de las frases más extraordinarias que haya dicho una alta autoridad de gobierno en Chile.

“La mejor política social, y ojalá algún día sea la única, es el pleno empleo”, dijo Jorge Quiroz.

No fue un lapsus, como acostumbran otras autoridades. La de Quiroz fue una definición de principios, dicha con énfasis y seguridad, al presentar una reforma que, según reconoce el informe financiero del proyecto, desfinancia al Estado por los próximos años.

Es tan extraordinaria porque rompe con un consenso que hemos tenido en las últimas cuatro décadas en Chile, y que comparten todas las democracias avanzadas del mundo: que parte del contrato social es la ejecución de una serie de políticas en beneficio de la población.

Hay un interminable debate, por cierto, sobre los contornos de esas políticas sociales. ¿Qué bienes deben ser provistos por el Estado, y cuáles en cambio pueden quedar en manos de privados? ¿Qué tan focalizada -o qué tan universal- debe ser esa red de protección? ¿Qué fracción del PIB de cada país debe invertirse en esas políticas?

Pero lo que no se discute (no se discutía, habrá que decir desde ahora) es que hay políticas sociales, aparte del empleo, que son un fin hacia el que queremos avanzar en nuestra sociedad.

Porque si tuviéramos pleno empleo (una meta relevante y deseable, por supuesto), aún necesitaríamos educación gratuita de calidad, para que los niños cuyos padres no pueden pagar un colegio no se queden atrás. Aún necesitaríamos salud pública, para que el derecho a la vida y al bienestar físico sea una garantía para todos y no solo un privilegio de algunos. Aún querríamos entregar seguridad a cargo de entidades públicas como Carabineros, pensiones dignas para todos, cuidados a la primera infancia, leyes laborales justas, transporte público de buen nivel, etcétera, etcétera.

Y no nos parece (o tal vez debemos decir “no nos parecía”) que una sociedad en que cada uno tuviera que rascarse por sus propias uñas, en que no hubiera protección ante la enfermedad, la miseria o la vejez, y en que la única garantía fuera tener empleo, era una utopía hacia la cual apuntar nuestros esfuerzos.

“Ojalá algún día sea la única”.

Pronto nos enteramos de que esta no era solo una declaración. Que había un plan en marcha.

Hacienda emitió oficios a todos los ministerios en que los insta a “descontinuar” 142 programas sociales y rebajar el presupuesto a otros 260, en un recorte que suma, vaya casualidad, 6 mil millones de dólares. Al fin aparece la cifra mágica de ahorro que el presidente Kast prometió en campaña.

Claro que entonces aseguró que se lograría sin tocar ningún beneficio social. Esa fue la promesa, repetida una y otra vez por el candidato, cuando todos los economistas serios, de todos los sectores políticos, advertían que cuadrar ese círculo era imposible.

Ahora, gracias al oficio de Hacienda, sabemos lo que significa cortar 6 mil millones de dólares.

Significa eliminar el Programa de Alimentación Escolar, que da de comer a cerca de 2 millones de niños y adolescentes chilenos de sectores vulnerables y comunas rurales, para muchos de los cuales es su ración alimenticia más importante del día.

También en Educación, significa suprimir planes como el Fondo de Apoyo a la Educación Pública, la Beca de Apoyo Vocación Profesor, el Programa Nacional de Lectura y el de Reinserción Escolar, entre otros.

No “mejorar”. No “reformar”. No “modificar”. No: “descontinuar”.

La lista es asombrosa. En Salud, se plantea descontinuar 23 programas, entre ellos el fondo de farmacia, el de cuidados paliativos universales, la atención en salud para niños y adolescentes con vulneración de derechos, el control Niño y Niña Sano en colegios, la hospitalización domiciliaria, y el Programa Nacional de Prevención del Suicidio.

Es una razzia contra los programas preventivos y de atención primaria, precisamente los que todos los especialistas señalan que representan un ahorro, al prevenir o atacar tempranamente enfermedades que luego serían de alto costo.

Podríamos seguir por páginas y páginas. En Seguridad, se acaba el Plan Calles sin Violencia; en Justicia, el Plan de Derechos Humanos; en Interior, el Fono Drogas y Alcohol…

La lista es tan amplia e indiscriminada, que generó conmoción política, oficialismo incluido. Algunos, como Evelyn Matthei, Jaime Mañalich y varios parlamentarios de gobierno, se han animado a hacer público su estupor.

En control de daños, el ministro Quiroz dijo que este oficio es sólo “una orientación”, y que “aquí no hay ninguna decisión de descontinuar ni de terminar ningún programa. Es un oficio, todavía no está el decreto en este gasto”.

“Todavía”.

“Ojalá algún día”.

Confío en que es impensable que se concrete este desguace de nuestra modesta red de protección social, que tendría efectos directos en la alimentación, la salud y el bienestar de millones de chilenos. Confío en que lo que hemos avanzado por décadas gracias a las verdaderas políticas de Estado pro-vida de nuestros niños (nutrición infantil, medicina preventiva, acompañamiento en salud), no se tirará a la basura.

Pero tampoco pensé que fuera posible que una intención como esta se declarara. Y ahí está, en un documento oficial, con firma y timbre del ministerio de Hacienda.

Y, aunque nos quieran hacer gaslighting, el oficio es claro. No pide mejorar, reformar o evaluar estos 142 planes. Sugiere “descontinuarlos”, y la cifra de 6 mil millones de dólares se alcanza con su eliminación, no con su mejora: se logra llevando la inversión en esas materias a $0.

Así se llega a esos 6 mil millones que se prometió que se alcanzarían por arte de magia, cortando solo grasa, apitutados y “parásitos” (a todo esto, el autor de esa frase ya aseguró sueldo fiscal por $8,9 millones mensuales).

Esto es lo que realmente cuesta cortar 6 mil millones de dólares.

¿Es eso lo que queremos (ojalá, algún día) para Chile?

Fuente. Artículo de Daniel Matamala (25 de abril 2026)

abril 24, 2026

El mapa del Imperio persa

El Imperio persa, fundado por Ciro II el Grande en el 550 a. C., es considerado la primera superpotencia de la historia. Su dominio se extendía por Europa, África y Asia, con unos 5,5 millones de kilómetros cuadrados —desde el río Indo hasta los Balcanes y Libia—, y llegó a albergar a unas cincuenta millones de personas, cerca del 44 % de la población mundial de la época.

Pero el llamado “Imperio persa” no es un único Estado, sino una etiqueta que usan los historiadores para referirse a las sucesivas dinastías que desde la Antigüedad tuvieron su centro en Persia, el actual Irán. Si bien la idea se puede estirar hasta la dinastía Pahlaví (1925-1979), el concepto hace referencia a la primera y más extensa dinastía persa, el Imperio aqueménida (550-330 a.C.). Su origen se sitúa en la ciudad de Anshan, donde los persas organizados en tribus nómadas y pastoriles vivían bajo el dominio del Imperio medo. Ciro II puso fin al dominio medo y comenzó una campaña militar que llegaría a su máxima extensión a comienzos entre los años 500 y 480 a. C.), durante los reinados de Darío I y Jerjes I.

Tolerancia y control

Los persas eran inculcados en valores morales y físicos desde una edad temprana. Según el historiador griego Heródoto, la educación de los jóvenes se basaba en tres pilares: montar a caballo, disparar el arco y decir la verdad. Este sentido de cohesión llegó al arte y la arquitectura de carácter ecléctico, que integró estilos de pueblos conquistados para forjar una identidad propia, visible en ciudades como Persépolis y Susa. Bajo su dominio o influencia se desarrollaron además monumentos emblemáticos como el Mausoleo de Halicarnaso y los Jardines Colgantes de Babilonia, reflejo del alcance cultural y simbólico del imperio.

Lo que mantuvo al Imperio aqueménida fue su filosofía de gobierno. Ciro el Grande estableció una política de tolerancia religiosa y respeto cultural a los pueblos conquistados. Estos podían conservar sus idiomas, costumbres, leyes locales y prácticas religiosas, siempre que pagaran sus impuestos y mantuvieran la paz. El ejemplo más conocido de esta política fue la liberación del pueblo judío (539-530 a. C.), exiliado en Babilonia, pudiendo regresar a Jerusalén y reconstruir su templo sagrado. Además, aunque el zoroastrismo se convirtió de facto en la religión de Estado, los reyes persas nunca obligaron a sus súbditos a convertirse. Asimismo, las mujeres tenían más margen de actuación que en Grecia y Roma. Podían poseer propiedades, gestionar negocios, ocupar funciones administrativas e incluso desplazarse con relativa libertad.

No obstante, la tolerancia cultural y religiosa no significaba ausencia de control. El Imperio persa funcionó gracias a una administración estructurada, dividida en provincias o satrapías gobernadas por representantes del poder central o sátrapas. Para evitar que estos sátrapas acumularan un poder excesivo que amenazara al trono, la administración tenía inspectores reales. Esta figura viajaba por el imperio para calificar la gestión de los gobernadores y garantizar su lealtad al rey. A ello se sumaba la Ruta Real, un sistema de rutas que favorecía la comunicación y el comercio desde Egipto y Anatolia hasta Asia Central. Del mismo modo, Darío I revolucionó la economía con un sistema monetario único que facilitaría el auge del comercio.


El Imperio persa, de la caída al gran legado

Pese a genialidad administrativa, el Imperio persa era vulnerable en su organización militar. Contaban con un ejército enorme y el cuerpo de élite de los 10.000 Inmortales, llamados así porque cualquier baja era reemplazada para mantener el número exacto y dar la ilusión de ser invencibles. Sin embargo, sus tropas procedían de todo el imperio, lo que generaba una gran diversidad lingüística y dificultaba la coordinación en combate. Además, el armamento no estaba estandarizado, por lo que cada contingente luchaba con sus propias armas y tradiciones militares, reduciendo la cohesión frente a ejércitos más uniformes.  

Estas vulnerabilidades se hicieron evidentes en las Guerras Médicas (492-449 a. C.), donde los griegos frenaron su avance en Europa. La acumulación de tensiones internas, rebeliones de sátrapas y problemas económicos debilitaron el imperio. Fue en este contexto donde aparecería Alejandro Magno, que desde la ciudad de Pella lanzó una campaña en el 334 a. C. y en pocos años desmanteló el Imperio persa.

Aunque el Imperio aqueménida desapareció, su legado perduró en el tiempo. Alejandro Magno quedó tan impresionado por la sofisticación persa que adoptó algunas costumbres y su sistema administrativo. Esta práctica continuaría durante los reinos helenísticos y el Imperio romano. Incluso siglos después, durante la Edad de Oro del islam, el Califato abasí asimiló los modelos burocráticos y de gobernanza persas.

Esta herencia histórica sigue siendo visible en el actual Irán, donde la identidad nacional se vincula en parte a ese pasado imperial. Esto ya se reflejaba en el cambio de la denominación occidental de “Persia” a “Irán” en 1935. Además, este legado ha trascendido a la estrategia geopolítica. El Imperio persa desarrolló zonas de influencia y redes de control periférico para asegurar la estabilidad de su vasto territorio. Irán ha mantenido esta lógica mediante una estrategia de influencia regional basada en alianzas con actores estatales y no estatales. La persistencia de estas formas de organización política y proyección de poder demuestra que el legado persa va más allá de los cambios dinásticos, culturales o religiosos.

abril 22, 2026

El descontento social en Chile durante el siglo XVIII


Durante la segunda mitad del siglo XVIII surgen escenarios de conflicto entre la clase dirigente española y los criollos y mestizos. Una de estas situaciones fue la imposición española de las políticas centralizadoras borbónicas, como los problemas que giraron en torno a la fiscalización de las rentas del cabildo por parte de los intendentes; la instauración de nuevos impuestos, el control del comercio local de los peninsulares, y la política indígena impulsada por la Corona.

Uno de los sucesos se originó en 1748 cuando el gobernador Domingo Ortiz de Rozas intervino el Cabildo de Santiago con el propósito de fiscalizar y ordenar las inversiones de sus rentas. Con el apoyo de la Real Audiencia, dispuso que se redujeran los salarios de sus miembros, situación que desató la protesta de los criollos, que se enfrentaron ante la resolución del gobernador. El conflicto se prolongó hasta entrado el gobierno siguiente y concluyó con la imposición de la medida y la salida de los criollos notables del cabildo, quienes fueron reemplazados por comerciantes españoles.

Otro conflicto entre ambos grupos se dio en 1753, fecha en que se estableció el estanco del tabaco, que consistió en la exclusividad del comercio de este producto para los peninsulares, lo que provocó la protesta de los criollos, quienes asaltaron la casa del gobernador, el que reaccionó mediante la conformación de fuerzas militares compuestas por peninsulares, con el objetivo de reprimir los alzamientos.

En 1766 se decretó el alza de los precios del estanco, lo que produjo más protestas. Así, en Santiago aparecieron carteles y proclamas adheridas en las puertas de las iglesias y otros sitios, donde amenazaban con quemar la casa del administrador del estanco y robar su hacienda. Como consecuencia de esta situación, los peninsulares, quienes eran minoría en el cabildo, no vendieron tabaco mientras duró la protesta. Por otro lado, el Gobierno y la Real Audiencia redoblaron la presencia militar en la ciudad.

En 1776 nuevamente estalla el conflicto social, esta vez en torno a la centralización a la política fiscal por parte de los españoles. En 1767 se creó la Contaduría Mayor de Cuentas, encargada de la contabilidad de las finanzas del reino, y además se habían dispuesto medidas que cambiaran el régimen de recaudación de impuestos para así evitar la evasión tributaria que cometían hacendados y comerciantes criollos, todo esto a favor de los españoles. El conflicto fue el más grave en décadas y se extendió a las provincias, incluso se amotinó el Ejército de la Frontera, lo que obligó al gobernador Jáuregui a negociar con los criollos.

Manuel de Salas era entonces procurador del cabildo y uno de los promotores de las protestas. Según el historiador Diego Barros Arana, "el contador defendió la conveniencia de las medidas que había puesto en práctica y culpó al fiscal José Perfecto de Salas y a sus hijos, uno de ellos alcalde ordinario y el otro procurador general de la ciudad, como asimismo a otros miembros del cabildo, de haber promovido los tumultos de julio y agosto. Según el contador general interino, sin la actividad sediciosa del procurador general de la ciudad, Manuel de Salas, el reino habría aceptado las reformas". Además, al fiscal Salas se le acusaba de ser "el más poderoso y activo opositor del establecimiento de la Contaduría Mayor y de la administración de la alcabala y almojarifazgo, y cuantioso defraudador del fisco".

En definitiva, la administración española en América defendía las políticas del Estado absolutista español, cuyo centralismo había sido revigorizado por los Borbones, cuya pieza clave en la reorganización administrativa había sido la Ordenanza de Intendentes (1786). Así, los intendentes, asistidos por los subdelegados, sustituyeron a los corregidores y alcaldes.

abril 06, 2026

La aparición de la cultura de masas

En el período de entreguerras se produjeron profundos cambios en las sociedades occidentales y apareció una cultura de masas basada en la difusión masiva de la imagen y la palabra, que también modificó las formas de pensamiento.

La expansión de la clase media. Durante la década de 1920 hubo un incremento de la población urbana y de los empleados del sector terciario (comerciantes, administrativos de bancos y empresas, entre otros). Este creciente grupo de empleados de clase media desarrolló un estilo de vida y tuvo condiciones de trabajo que los distinguieron de los sectores populares, además de lograr un mayor acceso a bienes y servicios antes reservados exclusivamente para la élite.

La influencia de los medios masivos de comunicación. Medios como la prensa, la radio y el cine permitieron el acceso a la cultura de distintos sectores de la sociedad. Como se encontraban al alcance de gran parte de la población, permitieron homogeneizar el consumo e impusieron nuevos hábitos y necesidades. Algunos de los más relevantes fueron los siguientes:
  • La prensa. La prensa escrita fue el principal medio de comunicación masivo de finales del siglo XIX e inicios del XX. Además de entregar información, expandió el uso de la publicidad, que adquirió gran importancia, principalmente, por su poder de influir en las decisiones de compra de las personas.
  • La radio. Fue la primera tecnología de información, entretenimiento y publicidad que entró en la privacidad del hogar. Su influencia social pronto fue percibida por las agencias de publicidad y por los políticos, que necesitaban transmitir sus mensajes a las masas.
  • El cine. Se expandió y se consolidó en este período como uno de los espectáculos más populares y fue la manifestación por excelencia de esta nueva cultura de masas. No solo divertía, sino también promovía nuevos patrones de conducta y nuevas modas.
  • Los deportes. Las competiciones deportivas también empezaron a atraer a grandes masas: el fútbol en Europa, el béisbol y el rugby en Estados Unidos y, en general, el boxeo. En este período se construyeron estadios para acoger a quienes practicaban y, sobre todo, disfrutaban contemplando los deportes.


El sábado 16 de enero de 1920, (…) en momentos en que se desarrollaba la función nocturna de cine en el Teatro Alameda, en un accidente de no rara ocurrencia, se inflamó la película que se estaba exhibiendo, en la cabina del operador del cine. [La Revista Corre Vuela relató que] “el público que llenaba el teatro, presa de un pánico indescriptible, se largó desesperadamente escaleras abajo, creyendo que se trataba de un rápido y voraz incendio, formándose con esto un verdadero hacinamiento. (…)”


Dicha tragedia, (…) viene a dar cuenta de varias cosas. En primer lugar, la consolidación del cine como instancia de sociabilidad y entretenimiento. Enseguida, que esto ocurría a niveles masivos, las salas de cine tenían normalmente capacidad para varios centenares cuando no miles de espectadores (…). Todo ello pareciera ratificar el juicio de que el cine se transformó en el medio más importante de la cultura moderna de masas del Chile de las primeras décadas del siglo XX.


Santa Cruz, E. Cultura de masas y espacio público en Chile. Las revistas de cine (1910-1920).


En el primer tercio del siglo XX la sociedad de masas irrumpió con fuerza en el escenario de los países desarrollados, a ambos lados del Atlántico. El crecimiento económico, los cambios sociales y culturales, las innovaciones tecnocientíficas y la aparición de nuevas fuerzas políticas y sociales que habían ido emergiendo a lo largo del último tercio del siglo anterior adquirieron un renovado impulso que se llevó por delante la sociedad liberal decimonónica, (...). El tiempo se aceleró al mismo ritmo que se sucedían las innovaciones y las revoluciones. Nuevas fuerzas y actores políticos ocuparon el primer plano del escenario social. La vieja sociedad liberal con su pausado orden y transcurrir adecuado al ritmo de la máquina de vapor cedía el paso a la vertiginosa velocidad del motor de explosión y de la electricidad. En el cambio de siglo, ambos tiempos convivían en un aparente entendimiento, pero los nuevos tiempos empujaban con una fuerza arrolladora, la sociedad de masas entraba en el escenario y con un ímpetu desconocido arrasaba el viejo orden del mundo de ayer.


Otero, L. Ocio y deporte en el nacimiento de la sociedad de masas. La socialización del deporte como práctica y espectáculo en la España del primer tercio del siglo XX.


El origen de este fenómeno –denominado “cultura de masas”, por oposición a la “cultura elevada” o clásica– debe buscarse en la acción convergente de diversos factores íntimamente vinculados entre sí: impacto de la mecanización originada por el avance técnico-científico, (…); desarrollo de sistemas para intensificar la producción y comercialización en gran escala de objetos manufacturados, incluida la estrategia para estimular el consumo; surgimiento de un vasto mercado consumidor, integrado por una mayoría aplastante de la población total, cuya apetencia se vuelca hacia los más variados artículos ofertados (…). Pero el común denominador subyacente en los decisivos cambios que hoy día se operan en la humanidad consiste en una vasta marea de democratización que ha ido cobrando ímpetu en el mundo moderno y cuya consecuencia más significativa (…) es el acceso de los estratos más nutridos de la comunidad a beneficios que anteriormente se reservaban para círculos egregios [ilustres]: las masas no solo han logrado un término medio más elevado de vida material sino que, por añadidura, han visto aparentemente reconocido su derecho a opinar sobre asuntos de índole muy dispar.


Rest, J. (2007) Arte, literatura y cultura popular.