abril 17, 2014

La soledad de América Latina. Discurso de Gabriel García Márquez al recibir el Premio Nobel (1982)

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: «Me niego a admitir el fin del hombre». No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.

Muchas gracias.

marzo 28, 2014

Sergio Villalobos - “Crear un Estado plurinacional es un disparate mayúsculo”


La historia de los mapuche -o “descendientes de araucanos”, como él los llama- comenzó a interesarle a Villalobos “ya en época madura”, dice. Antes no había tenido mayor preocupación por el asunto, pero en los ochenta le atrajo el tema y comenzó a estudiarlo a fondo.

-La historia no es arbitraria, no es lo que dice un historiador ni lo que dice el otro; están los documentos, en las fuentes, y desde ahí se reconstruye el pasado. Esa es la tarea del historiador- explica sobre su interés.

Leyendo generalidades sobre la Araucanía, recuerda Villalobos, le atrajo que ya desde la época colonial había comercio, que había mestizaje y que nuestra cultura los había traspasado.

-Entonces me vino la idea; hemos puesto el énfasis en la guerra y en la violencia. Pero también hay un avance pacífico y de común acuerdo. Eso va creando una nueva realidad que es la que vivimos hasta el día de hoy. Eso me atrajo y por eso comencé a estudiarlo sistemáticamente.

Su investigación, explica, obligadamente se vertió hacia los documentos. Para Villalobos, el verdadero historiador se basa en ellos, “no está diciendo nada arbitrario ni que se le ocurrió. Eso debería saberlo el señor Huenchumila. El historiador tiene el pie forzoso de la documentación”, asegura.

Invocando esa misma documentación es que Villalobos insiste llamar a los mapuche “pueblo araucano”. La palabra araucano, explica, es una derivación usada por los españoles.

-El territorio de Arauco era “Rajko” y los españoles por cuestiones fonéticas comenzaron a hablar de Arauco. Eso quedó consagrado en el lenguaje español y toda la vida se les ha llamado araucanos, hasta la época del quinto centenario del descubrimiento de América, en que las tendencias indigenistas americanas influyeron en el pensamiento de antropólogos, políticos, periodistas, los araucanos mismos, y empezaron a cambiar el nombre a mapuches. Nunca se llamaron mapuches. Se llamaban “rejche”. El nombre de mapuche fue inventado como una bandera política de lucha, de descontento.

¿Qué impresión le quedó a partir del nombramiento de Francisco Huenchumilla como intendente de la Araucanía?

-En principio me pareció bien porque es una persona relacionada con la región y con uno de los protagonistas, que son los araucanos o los mestizos descendientes de araucanos. Entonces pensé que era algo más o menos bien pensado, bien equilibrado. Pero las actuaciones inmediatas de él creo que merecen una fuerte crítica.

¿Por qué?

-Primero porque desconoce la historia del lugar. Es muy extraño un personaje que no le da crédito a la historia de su tierra. Y de ahí derivan conceptos que están equivocados, como esto que existe una gran deuda con el pueblo araucano, debido a una serie de abusos protagonizados a lo largo de la historia. La verdad es que esos abusos, algunos existieron, por supuesto, eso es inevitable habiendo el encuentro de dos pueblos. Pero son muchos menos de lo que se cree y tienen sus matices.

¿Usted cree que el Estado debe compensar de alguna manera al pueblo araucano, como usted lo llama?

-De ninguna manera, ya lo ha compensado sobradamente. Piense usted la cantidad de caminos que se han construido en la Araucanía, de ferrocarriles, de escuelas, hospitales, retenes de carabineros, labor educacional, becas, exención de pago de contribuciones por la propiedad de la tierra, asignación de terrenos. El Estado ha sido sumamente generoso y eso ha sido motivo de que el pueblo araucano o sus descendientes, se hayan ido incorporando a la nación chilena.

Pero al parecer eso no es lo mismo que piensa Michelle Bachelet, a juzgar por su programa de gobierno.

-Michelle Bachelet no tiene idea de nada, es un personaje político sencillamente que actúa a razón de intereses políticos, de grupos partidistas, de la presión de un grupo muy heterogéneo de partidos y no creo que tiene real capacidad ella de señalar políticas.

¿Qué le parece que Huenchumilla haya hablado de crear un Estado plurinacional?

-Un disparate mayúsculo, porque el Estado chileno es uno solo, la nación chilena es una sola, tenemos una gran unidad, incluso racial. Somos todos mestizos en Chile, de Arica hasta la Antártida. Entonces, estar pensando en dividir el país, un país que ha sido eficiente con su unidad, en sus acciones, en su progreso, en su desarrollo, no tiene por qué ser dividido.

Usted cree que sería perjudicial para Chile reconocer la existencia de distintos pueblos dentro de un mismo país.

-Absolutamente, es que no hay otro pueblo, sólo está el pueblo chileno. Esto incluye descendientes de aymaras, de diaguitas, de onas, que ya han perdido completamente su fisonomía original. Hoy día están incorporados a nuestra realidad.

Defectos Ancestrales

Huenchumilla en esta discusión lo trata de racista.

-Mire, eso me parece inverosímil. Quiere decir que no ha leído mis libros, donde yo he planteado explícitamente en la parte teórica inicial, en los prólogos, la crítica al racismo y cómo la diversidad del origen racial no es motivo de una desigualdad de oportunidades, de capacidad. Creo que el ser humano fundamentalmente es uno solo y tiene las mismas características en todo el mundo.

¿Usted cree que los “descendientes de araucanos” tienen distintas capacidades respecto de los mestizos de Chile?

-No, las mismas. Prueba de ello es el señor Huenchumilla, que ha escalado a una posición con su esfuerzo y su perseverancia, su accionar, y ha llegado a ser una alta autoridad del Estado. Ha sido ministro, parlamentario y ahora intendente. Él está dando un buen ejemplo de cómo los descendientes de araucanos pueden surgir dentro del pueblo chileno.

Pero usted habló de defectos ancestrales. De que las mujeres eran las que trabajaban y los hombres eran básicamente flojos y buenos para el trago. ¿No cree que eso es racista?

-No, son realidades. Hay documentación histórica. Los cronistas, los informes, los escritos de los misioneros, todos están de acuerdo en que el hombre no trabajaba y que la mujer, sufrida, maltratada, -el feminismo debería ahí tomar parte- era la que sostenía realmente esa pobre economía araucana, la producción de bienes, etc, mientras el hombre vivía dedicado a la caza, a la preparación para la guerra y al ocio. El efecto del alcohol ha sido muy grande. Eso lo repiten todos los testigos que recorrieron la Araucanía. Yo mismo, que la he recorrido en todos sus rincones, encuentro indicios del alcoholismo.

Huenchumilla lo acusó de ser usted un derechista de bajo calibre.

-Bueno, él es un izquierdista de bajo calibre. Los seres humanos tienen pensamientos, tienen ideología, y tienen pleno derecho a hacerlo. No creo que ser derechista sea un pecado en sí. Es una posición política. Ahora, personalmente, no me considero derechista, no me identifico con una posición ideológica derechista. Prueba de ello son mis libros.

¿Con qué sector político se identifica?

-Yo me identifico con la historia, con la objetividad absoluta. Las cosas son buenas o son malas, sean de aquí, sean de allá, sean de izquierda, sean de derecha, azules o verdes, todos están en la historia, haciendo la historia. Son criterios simplistas los del señor Huenchumilla. Me parece que a pesar de todos los esfuerzos que ha hecho no es una persona realmente culta.

Pero usted fue cercano a la DC

-En mi carta al El Mercurio digo porqué trabajé en la Dibam durante el gobierno de Aylwin. Fue por contacto personal con él, por cierta amistad con él y la gente que estaba alrededor de él. Ellos me propusieron, ningún partido, ni democratacristiano ni de ninguna otra índole, yo llegué de manera absolutamente independiente y trabajé de manera independiente. No perseguí a nadie por cuestiones políticas, hubo algunos despidos por mal funcionar, abusos del servicio, pero fueron poquísimos, unos tres o cuatro en un servicio que tiene más de 800 personas en el país.

Huenchumilla lo acusa de tener prejuicios y odios hacia el pueblo mapuche. ¿siente odio hacia el pueblo mapuche?

-Siento un enorme cariño por el pueblo araucano, no mapuche, son araucanos. Admiro ciertas virtudes; desde luego la defensa que hicieron de su libertad, su territorio, es admirable en ese choque con los españoles y luego con los chilenos. Así que no tengo nada contra ellos. He tenido jardineros araucanos, excelentes, cumplidores de su deber, trabajadores, con quienes tuve muy buen trato.

¿Por qué usted insiste en que el usar tecnología, televisor, teléfono celular, le resta valor al sentido de pertenencia, de identidad?

-No, eso es sencillamente la demostración de cómo el señor Huenchumilla, y como él decenas de miles de descendientes de araucanos, han progresado. Esta sociedad los ha acogido, les ha dado todas las posibilidades. Educación gratuita, becas, pertenencia a las fuerzas armadas, a las municipalidades, al congreso, han sido ministros. Entonces la discriminación no ha existido propiamente.

¿Qué haría usted si fuera intendente de la Araucanía?

-Renunciaría al día siguiente

¿Pero le ve solución al problema en esa región?

-Primero le tengo odio a los cargos públicos. En seguida creo que la acción misma en un cargo público es mucho menor que la acción como historiador. El historiador influye en el pensamiento de una nación a largo plazo. Y en un territorio conflictivo, menos todavía.

Pero por dónde cree que pasa la solución a los problemas de la región.

-Mire, hay que continuar con la línea de protección y ayuda, de fomento, quizás más facilidades para el crédito, la introducción de técnicas, de modo que ellos mismos puedan captar esto, valerse de ello y salir adelante. La gran mayoría de los descendientes de araucanos viven a lo largo de todo el país. En Santiago creo que el 40%, en Concepción otro alto porcentaje. Es decir, se han ido incorporando a la vida de la nación. Y yo creo que eso es lo que cabe hacer. Ahora, la mayoría de los descendientes de araucanos que viven en la Araucanía son enemigos de la violencia y quieren una solución pacífica. Pero hay grupos violentistas manejados por tendencias políticas, por líderes ambiciosos, y estimulados por los chilenos mismos como el propio señor Huenchumilla, a veces el obispo de Temuco, que han protegido el vandalismo, las barbaridades relacionadas con lo violento.

¿Usted cree que con la designación de Huenchumilla van a aumentar las acciones violentas?

-No sé, no sé. Pero Huenchumilla representa por otra parte una tendencia contraria a la mayoría de los habitantes de la Araucanía, que son “chilenos”, porque todos son chilenos, pero me refiero al hombre blanco que procede del norte del Biobío y que pobló la Araucanía y todos los descendientes de ellos. No son sólo empresarios, son gente común y corriente, campesinos. Todos ellos son ajenos al pueblo araucano. Entonces la acción del señor Huenchumilla también debiera tener en cuenta el común de la gente.

La frontera

¿Usted se siente partícipe de los debates historiográficos que se han dado en los noventa y los dos mil respecto al tema mapuche?

-Indudablemente, mis libros están dentro de esa línea. Los artículos que he publicado en las revistas de historia también. No hay duda ninguna. La idea fundamental mía se ha impuesto, la reconocen hasta los indigenistas, que no hay que poner tanto énfasis a lo que fue la guerra sino que en lo que llamo la vida fronteriza, que es el ensamble de los dos pueblos, las dos culturas. Y eso ha ido operando. Hoy día eso nadie lo desconoce. Las polémicas son sobre cosas concretas, pequeñas.

¿Ese ensamble fronterizo todavía existe o ya se difuminó esa frontera?

-Ya se ha ido disolviendo, es una unidad total. Usted recorre del Biobío hasta el Toltén y no encuentra ninguna diferencia con los modos de vida de la sociedad del centro o el norte del país, es lo mismo: todos bailan cueca.

¿Usted cree que ese ensamble fronterizo se hizo de manera violenta?

-En algún momento inicial, en la época de la conquista sí. Pero esta lucha terminó hacia 1655 y después lo que hay es convivencia. Hay comercio, trato, transculturación de nuestra cultura hacia ellos y un poquito de ellos hacia nosotros, mestizaje intensísimo. Entonces eso es lo que constituye vida fronteriza, lo que ha constituido la comunidad de vida con ellos.

El pueblo mapuche acusa discriminación en los procesos judiciales.

-Eso hay que preguntárselo al presidente de la Corte Suprema. Yo creo que al revés, que la justicia ha habido una blandura, una condescendencia, porque la justicia está contaminada políticamente. Una cosa son las palabras, la independencia del poder judicial, pero otra es la práctica misma de los jueces. Tienen una sensibilidad populista muy marcada. Son condescendientes, es parte del defecto del proceso del derecho procesal que da muchas garantías al delincuente y del derecho penal, que fija penas muy bajas y reducción de penas, de años. El sistema judicial es condescendiente.

¿Cuál es su relación con Jorge Pinto hoy?

-Gran amistad. Fue discípulo mío. Era alumno mío en la Universidad de Playa Ancha de Valparaíso y yo lo atraje y lo interesé por la investigación histórica. Y se entusiasmó él y comenzó una carrera académica brillante, tanto así que le dieron el Premio Nacional de Historia. Ahora con él siempre un trato amistoso, intercambiamos ideas. Los libros de él son diferentes a los míos, a veces presentan el punto de vista contrario. Eso es lógico, si así se va construyendo el conocimiento histórico.

¿No le molesta que su discípulo haya cambiado de rumbo?

-No, no cambió de rumbo: desde que era alumno tenía ideas socialistas. Para mí eso no era problema, para mí cualquier persona meritoria debe ser ayudada, atraído. Entonces no me molesta. Lo que hubiese querido es que hubiese modificado en algún porcentaje su posición ideológica, pero eso no ha ocurrido y santo y bueno pues, allá él.

¿Y qué opina usted de la intelectualidad mapuche?

-¿Cuáles son? Indíqueme alguno. ¿El señor Huenchumilla? ¿El poeta este, cómo se llama, Elicura? ¿Cuáles son los grandes intelectuales?

Están los hermanos Mariman.

-Los Mariman. Sí, han hecho un esfuerzo, indudablemente. Han estudiado, han trabajado, pero no han logrado superar los prejuicios de su pueblo. Todo lo analizan desde un punto de vista negativo y entonces no son tan independientes para pensar. Eso es lo lamentable.

¿Y usted está preparando alguna publicación nueva?

-Sí, Vida fronteriza en la Araucanía, un libro de más de 300 páginas donde se plantea todo esto. Lo replanteo, porque ya lo había planteado antes. Seguramente el señor Huenchumilla no lo va a leer, porque no es un hombre dado a la lectura, parece.

¿Hay más historiadores chilenos que apoyen sus tesis?

-Sí, claro que sí. Discípulas, Leonardo León, aunque no completamente. Se han hecho trabajos sobre las rebeliones araucanas basadas en las ideas mías, se ha hecho investigación sobre los indios amigos, no todos los araucanos estuvieron en contra de la dominación, gran cantidad, llamados indios amigos, la aceptaban y la atraían y se beneficiaban con el contacto con los españoles. Todo eso ha sido estudiado por discípulos míos. Incluso yo diría que Jorge Pinto, que tiene algunas ideas distintas, en el fondo sus investigaciones descansan en la idea de la vida fronteriza.

¿Usted había tenido algún contacto antes con Huenchumila? ¿Se conocían?

-No, me había llamado la atención el apellido, cuando tuvo otras actuaciones, no tenía mayor conocimiento de él, hasta su carta de navegación que lo llevó a naufragar tempranamente.

Fuente. The Clinic (28 marzo 2014)

marzo 25, 2014

Carta abierta a Sergio Villalobos: Cuando la historia se convierte en instrumento racial y colonial


En la historiografía chilena Sergio Villalobos tiene un lugar clave: es el creador de los Estudios Fronterizos en la década de 1980, un enfoque que por años ha guardado un lugar privilegiado en las investigaciones sobre el territorio y la sociedad mapuche.

Además el mismo Premio Nacional de Historia es ante todo un hombre de la frontera. Nació en Angol en 1930, período en el que finalizaba “la reducción”, aquel proceso de despojo territorial que forzó el empobrecimiento del pueblo Mapuche y que legitimó la Ocupación de La Araucanía a través de la entrega de Títulos de Merced. Fue en esa época, que la sociedad vencedora, reforzó nuevamente el imaginario de la barbarie sobre los sobrevivientes: flojos, borrachos, sucios, delincuentes, entre otros apelativos. La importancia de Sergio Villalobos recae en su intento de validar y dar sustento “científico” a este imaginario, ocupando la historiografía como arma de legitimidad.

Sosteniendo hipótesis raciales, el Premio Nacional es heredero de una tradición darwinista que fusionó con los debates de la Escuela de los Anales de los 60’ y buscó destruir los mitos históricos, para ingresar a los hechos, procesos y transformaciones globales. De esta síntesis nacen los Estudios Fronterizos. Bajo la dictadura, el Ministerio de Educación oficializó sus estudios, con toda esa carga de prejuicios contra el pueblo Mapuche que hablaban de la inexistencia de sus sujetos, que eran araucanos, mestizos, alcohólicos, calientes, envidiosos, ladrones y un largo etcétera de prejuicios bajo los cuales se educaron las infancias de Chile y Mapuche. Ese es el triunfo de Sergio Villalobos, su historia de vida, imágenes y visiones regionales de los vencedores elevadas a nivel de Estado que la sociedad ha naturalizado y asume como relato oficial. Su victoria son esos villalobos ocultos que van en la micro con nosotros, que son nuestros vecinos, que son nuestros compañeros de labores o de estudios, esos que en cualquier oportunidad nos refregarán el “indio” o “araucano” en nuestros rostros. Ahí el costo: la colonización ideológica del pueblo Mapuche y el triunfo de un neonacionalismo chileno blanco en oposición a nosotros, los indios y morenos. No por casualidad el Intendente Francisco Huenchumilla señaló: “a este país le hace falta mirarse al espejo”.

Villalobos es solo un nombre- quizás el más mediático y al que le da lo mismo ser “políticamente correcto”- de una larga lista de académicos que han trabajado incesantemente por denostar a los pueblos que han sido anexados al régimen colonial chileno. Todo país colonial tiene sus historiadores orgánicos, aquellos que justifican, avalan e intentan explicar los argumentos de cualquier masacre, invasión, asesinato o integración.

El racismo de sus frases en televisión y en el diario son la operatoria ideológica con que se valida la colonización del territorio mapuche por el Estado chileno. Todas sus palabras vienen y, por cierto, generan heridas en nuestra gente. “Para la nación chilena era un desperdicio que debía ser superado”, “defectos ancestrales”, “incorporar esos territorios era una necesidad para la nación chilena”,“…un guerrero y un cazador, que vivía relajadamente y entregado al alcohol”, “no son mapuche, son araucanos” son ejemplos de un verborrea que nos inunda por años. Todos esos fuegos artificiales de la “cultura dominante”, “la integración”, “el reloj, el computador y los títulos profesionales”, no son más que fanfarronerías evolucionistas de la cultura que hace muchísimo tiempo fueron desechadas. También toda esa mirada positiva de los colonos alemanes, suizos, italianos, chilenos que llegaron a Wallmapu: otro acto de limpieza histórica. Por años dichos colonos corrieron cercos, dispararon y cometieron un sinnúmero de abusos con nuestra gente ante la impunidad total, en una de las épocas de violencia colonial más crudas posteriores a la guerra. Hablamos del periodo 1900-1960: infancia y juventud del historiador.

Sin embargo, en un proceso tan largo, complejo y violento como fue la ocupación de Wallmapu no es tan fácil minimizar los actos, borrar la historia y justificar la invasión. Se ocuparon nuestras tierras, no se respetó ningún acuerdo anterior, hubo muertos, presos, heridos. El ejército chileno despojó materialmente al pueblo mapuche, quemó sembradíos, viviendas y realizó un millonario saqueo de animales que engrosó sus arcas. Además se coordinaron con el ejército argentino, que por el otro lado también avanzaba vorazmente. Y sí claro, hubo parlamentos entremedio, pero en contexto de acciones militares. Y aunque algunos mapuche negociaron o pactaron, aunque no todos pudieron enfrentarse militarmente, lo que no se puede borrar es la ocupación y el colonialismo final.

El olvido no es una alternativa para las memorias de miles de mapuche que cargan con todas las consecuencias de la colonización hasta nuestros días.

En 1992, no fue un gesto simbólico menor – como no lo es su tribuna mediática actual y su sitial académico en la Universidad de Chile- que el premio nacional de Historia, recién retomada la democracia y un año antes de la ley indígena, llegara a manos de Sergio Villalobos. Aquel año que algunos celebraban el Quinto Centenario y nosotros, los “indios”, los 500 años de resistencia. Internacionalmente, Rigoberta Menchú era llevada como el símbolo de la Paz y comenzaba lo que algunos han llamado la “reemergencia indígena”.

Protestas, sublevaciones y rebeliones marcaron la última década del siglo XX y pusieron la autodeterminación como el paradigma de las luchas indígenas, abriendo una discusión sobre la hegemonía política y cultural de los Estados. Los Mapuche no quedaron ausentes, los proyectos de autodeterminación y autonomía comenzaron tomaron un fuerte impulso y hoy en día constituyen potentes pensamientos para el futuro. Tanto Sergio Villalobos, como la criminalización a la cuestión Mapuche son creencias del siglo XX que aún penan por estas tierras, nosotros estamos mirando hacia el siglo XXI.

Miembros de la Comunidad de Historia Mapuche