julio 25, 2022

Santiago Arcos: caballero y revolucionario

Antes de cumplir treinta años dejó una imborrable huella en la historia de Chile. Hijo de Antonio Arcos, un español incorporado a la causa revolucionaria de 1810 que llegó a Chile con el Ejército de los Andes y que, más tarde, hizo cuantiosa fortuna en Francia, Santiago se educara en París. Allí, en 1840, Pierre Joseph Proudhon sostiene su famosa afirmación ante la Academia de Ciencias Morales: “¡La propiedad es un robo!”; la frase cala hondo en el espíritu del joven Santiago, a la sazón de dieciocho años.

En aquella época previa a los levantamientos revolucionarios de 1848 -los que consagrarían el sufragio universal masculino-, Arcos se empapa del pensamiento socialista europeo, que proyecta los postulados políticos de la Revolución francesa a la esfera económica y social. Conoce los medios académicos y políticos en que se discuten las nuevas ideas; lee a Robert Owen, a Louis Blanc, a Charles Fourier; conoce las sociedades socialistas secretas y se convierte en un admirador de Henri de Saint-Simon, pensador que había acuñado una frase que años más tarde inspiraría a Karl Marx: “A cada uno según su capacidad, y a cada capacidad según sus obras”.

En París, Arcos intima con dos jóvenes chilenos, Francisco Bilbao y Manuel Antonio Matta, quien más tarde fundará en Copiapó el Partido Radical.

El rebelde Arcos se niega a participar en los exitosos negocios de su padre y en 1848 decide regresar a Chile. Inicia su viaje de retorno en Estados Unidos y conoce allí al destacado intelectual y político Domingo Faustino Sarmiento, por entonces exiliado en Chile y luego presidente de Argentina. Años después Sarmiento diría de Arcos: “Más tarde me mostró este joven la parte seria de su carácter, que no es menos notable por el buen sentido que lo caracteriza, a lo que se añade mucho trato de la sociedad y la rara habilidad de revestir las formas populares de lengua y porte, cualidades que, con su instrucción en materias económicas, lo harían un joven expectable si supiese dominar las impaciencias de su espíritu impresionable que no contiene ideas fijas y sentimientos de moralidad teórica, aunque su conducta sea regular”. Ambos, Arcos y Sarmiento, cruzan el continente de sur a norte, por tierra, ríos y mar, hasta Valparaíso.

Impresionado por la situación social que encuentra en su patria, que recién conoce, se dispone a difundir las nuevas ideas socialistas en la rígida y conservadora sociedad chilena. En 1850 emprende la fundación de la Sociedad de la Igualdad junto con algunos intelectuales y unos pocos trabajadores manuales. La sociedad aspira a educar al pueblo y difundir la conciencia de clase. Uno de los miembros más jóvenes es el político e historiador Benjamín Vicuña Mackenna, quien más tarde escribiese de Arcos: “Era pródigo y atolondrado como un andaluz, fino y exquisito como un parisiense, cauto y sagaz como un chileno”. Y agrega: “Naturaleza volcánica, pero incompleta y sin equilibrio, Santiago Arcos tenía un trozo de fósforo incrustado en las paredes del cerebro”.

El gobierno de la época disuelve la Sociedad de la Igualdad y Arcos es enviado a prisión. Liberado al poco tiempo, parte hacia Argentina, a un exilio del que no volverá. En Mendoza y Buenos Aires entabla relación con amigos argentinos que habían sido exiliados en Chile. El historiador Barros Arana testimonia: “En 1859 lo encontré en Buenos Aires en posición modesta, pero siempre contento, sin quejarse de nada ni de nadie, y sin solicitar cosa alguna, a pesar de que mantenía muy estrecha amistad con Mitre y con Sarmiento (…), en septiembre y octubre de ese año acompañó a Mitre en la campaña que se solucionó en Cepeda. Arcos servía como voluntario de artillería”.

Efectivamente, Arcos fue un estrecho colaborador de Sarmiento y Mitre en las luchas militares y políticas de los liberales argentinos contra el general Urquiza. A comienzos de la década de los sesenta, tras la muerte de su padre, viaja a Europa. Es candidato a diputado en España y luego se establece en París. Enfermo de cáncer, se quita la vida en 1874.

Los historiadores no han concordado un perfil preciso de la personalidad e ideas de Arcos. Uno de sus biógrafos, Gabriel Sanhueza, lo ha definido como “mezcla de caballero andante y calavera, de aventurero y redentor de las masas”. El historiador socialista Julio César Jobet se refiere a él como “un espíritu realista y penetrante (…) un verdadero revolucionario y reformador (…) un pensador anticipado, que mirado desde nuestra época aparece profético y extraordinario”.

Fuente. Jorge Arrate y Eduardo Rojas. Memoria de la Izquierda chilena (1850-1970).

marzo 31, 2022

Alexandra Kollontái: la revolucionaria rusa que desafío a los bolcheviques


Nacida en el seno de una aristócrata familia rusa, donde siempre se incentivó la exploración literaria, Alexandra conoció de niña los escritos de Marx, Engels, Kautsky y Rosa Luxemburgo, gracias a su instructor personal, quien la llevó a conocer a los diez años la vida y sufrimiento de los obreros y campesinos y la desigual situación de la mujer en la sociedad rusa imperialista.

Tras titularse de maestra e historiadora, Kollontái comenzó a escribir diversos textos sobre la opresión que vivían niños y mujeres en las fábricas y la concentración desmedida de la riqueza en las altas esferas del poder. En 1903, lanza oficialmente su primer libro sobre las condiciones de vida y trabajo del proletariado finlandés causando un gran revuelo social y cautivando la atención de los círculos revolucionarios.

Estando ya casada y con un hijo, comenzó a recorrer distintos distritos y ciudades para comprobar cuál era la situación laboral de los rusos. Durante una inspección a una fábrica textil, Alexandra encontró a un niño muerto entre la basura, hecho que marcó su vida y la llevó a alzar la voz por la grave situación en que estaban los y las más pobres.

Su revolución personal

En 1905, dejó atrás su vida de esposa y madre para unirse al movimiento social que organizó la marcha de los trabajadores al Palacio de Invierno en San Petersburgo, la cual terminó con la masacre de 130 manifestantes en manos de los guardias imperiales del Zar Nicolás II, hecho conocido como Domingo Sangriento.

Un año más tarde publicó una colección de artículos sobre la opresión que ejercía el Imperio Ruso sobre Finlandia, hecho que le significó ser perseguida por agentes represores rusos y comenzar un exilio por diversos países europeos ofreciendo conferencias sobre socialismo y reivindicación femenina.

En 1914, Kollontái se unió a los Bolcheviques, la facción radical del partido Social Demócrata de los trabajadores rusos, establecido por Lenin. Debido a sus actividades revolucionarias estuvo presa brevemente en Alemania y en Suecia, de donde fue expulsada. Desde 1915 fue asistente de Lenin. Como ardiente pacifista, viajó por Estados Unidos dando conferencias contra la participación en la Primera Guerra Mundial.

Luego de la revolución rusa de 1917, regresó a San Petersburgo y fue arrestada meses más tarde junto con León Trotsky. Fue liberada bajo una fianza pagada por el escritor Máximo Gorky, entre otros. En junio, la nombraron delegada rusa en el IX Congreso del partido Social Demócrata finlandés.

Kollontái se convirtió en la primera mujer elegida como miembro del Comité Central del Partido. Luego de la Revolución de Octubre, cuando Lenin y los bolcheviques tomaron el poder, la nombraron comisaria del pueblo de Bienestar Social.

Sus ideas

Fue una figura tan popular como controvertida al defender la simplificación de los procedimientos de matrimonio y divorcio, mejorar la posición de los hijos ilegítimos y organizar campañas que promovían reformas en la vida doméstica. Junto con Inessa Armand y Nadezhda Krupskaia fue miembro fundador del Sector de la Mujer del Partido Comunista. Con esta organización trabajó para mejorar las condiciones de la vida de las mujeres en la Unión Soviética, luchó contra el analfabetismo y en favor de la institución de leyes de trabajo.

Rechazaba el feminismo burgués de la época al insistir en que el socialismo era una condición necesaria para la emancipación de la mujer y la igualdad entre los sexos. En 1933 recibió la Orden de Lenin por su trabajo organizativo con la mujer.

A principio de los años 20, Kollontái fue vicepresidenta del Secretariado Internacional de la Mujer de la Internacional Comunista. Desilusionada con la Nueva Política Económica de Lenin, que permitía la actividad privada en la agricultura, el comercio y la industria menor, Alexandra tuvo un papel preponderante en la oposición de los Trabajadores Libertarios. Este grupo, dentro del partido, exigía una democracia mayor y quería transferir más poder a las organizaciones sindicales, en vez del Estado. Luego de haber sido prohibido en 1921, varios miembros del grupo fueron arrestados y asesinados. Al volverse cada vez más crítica del Partido Comunista, fue marginada políticamente, lo que tal vez le salvó la vida.

Sin embargo, su programa de liberación sexual de la mujer fue duramente criticado por mujeres de la clase trabajadora. Su teoría contra el amor posesivo tampoco gustó a Lenin, y muchos de sus adversarios políticos dentro del partido manipularon sus tesis para acusarla de defender la promiscuidad y descuidar sus obligaciones dentro de la colectividad y así, hacer inminente su expulsión. Kollontái no se amilanó ante la persecución y optó por renunciar a su cargo y dedicarse a la diplomacia.

Se convirtió en la primera mujer embajadora en el mundo, representando a los soviéticos en Suecia y Noruega.

En 1927, en Alemania, publicó su autobiografía titulada “Una mujer emancipada sexualmente”, que revolucionó a todos los círculos intelectuales de la época. Tras el revuelo causado con su libro, Stalin la consideró una traidora y le negó el retorno al país.

Aunque tuvo un papel importante en las negociaciones para el armisticio de 1944, que terminó con la guerra entre Finlandia y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), sólo pudo regresar a su país en 1945.

Nominada en 1946 al Premio Nobel de la Paz, pasó sus últimos años en Moscú escribiendo sus memorias y trabajando como asesora para el Ministerio de Relaciones Exteriores de ese país.

Kollontái fue una adelantada de su época, y sus textos han servido de inspiración a muchos movimientos de liberación, aunque se haya postergado la difusión de sus ideas, en un mundo dominado por hombres.

febrero 16, 2022

Cristina: la protagonista del rescate del idioma yagán

Cuesta que Cristina Calderón, la última hablante yagán, diga algo en su idioma originario. Piensa la frase, parece que la va a decir y luego se queda en silencio.

Sentada en una ruca turística hecha de madera y construida en Villa Ukika, para que los pocos descendientes de yaganes que quedan en Puerto Williams puedan vender sus artesanías, mira por la ventana hacia el canal Beagle. Afuera está nevando y el suelo está escarchado. El agua que se ve al fondo está revuelta y el cielo está de color gris. Cristina, a sus 83 años, mira de frente y dice: "Yo le voy a decir la verdad. Cuando a mí me vienen a entrevistar no me gusta, porque yo digo: '¿Por qué quieren saber cosas mías y no me ayudan ni un poco?' Así es que, para qué, me pregunto. ¿Para que lo que yo viví lo tengan ellos nomás? Y no puede ser así, porque me tienen que ayudar. Tengo mi casita, que quiero que me arreglen, hay partes que gotean cuando nieva y la entrada, ¿la vio? Está que se cae".

En Villa Ukika, en el centro de Puerto Williams, en la Región de Magallanes, Cristina vive en una casa que por fuera parece un jardín infantil pintado con motivos coloridos. Por dentro tiene un pequeño living y una estufa que tira bocanadas de aire caliente. En el suelo hay cáscaras de naranja tiradas y el techo blanco tiene notorios signos de humedad. Sobre el sillón donde se sienta Cristina a recibir a los investigadores, fotógrafos y periodistas de distintas partes del mundo que la visitan continuamente, hay una fotografía de su padre yagán. Un hombre que mira a la cámara, con pintura en su rostro y con un báculo en su mano derecha. La foto parece el súmmum de la tradición yámana. Pero no, la foto no es real.

Según cuenta Cristina, le pidieron a su padre que se tomara esa foto vestido o, más bien, desvestido. Cristina nunca ha andado sin ropa. Es más, cuando se lo han preguntado, dice que se ofende. Una vez que le preguntaron "¿Qué come usted?". "¿Que qué como yo?, respondí. ¡¿Pero cómo no sabían que en el 30 ya había comercio y ropa igual que ahora?!", dice.

En esa misma villa, y al lado de Cristina, viven cerca de 70 descendientes yaganes o yámanas, como también son conocidos. Todos en casas parecidas a la de ella, con perros lanudos en las entradas y el suelo barroso en los frontis. En la villa, a las siete de la tarde no hay nadie afuera. El frío arrecia y el cielo está totalmente oscuro. En el lugar hay una plaza con juegos de plástico amarillos. Hasta 1920, estos descendientes y otros más vivían en bahía Mejillones, hacia el lado norte de Puerto Williams, pero "los yaganes salieron de ahí empujados, fundamentalmente, por la Armada de Chile que, por decisión de Estado, buscaba conformar un pueblo junto a la nueva base naval de Puerto Williams, en la ribera sur del canal Beagle", explica Alberto Serrano, director del Museo Martín Gusinde de Puerto Williams.

Ahí se concentraron los descendientes de un pueblo que viajó entre los canales y aguas más frías del extremo sur de América por seis mil años. Navegaban semidesnudos, embadurnados con grasa de ballena y pintados de blanco y negro. Algo que, mirando el paisaje, lleno de hojas escarchadas, charcos de agua cristalizados por las bajas temperaturas y lluvias intermitentes, se hace casi incomprensible con los ojos de hoy.

Cristina dice que tampoco lo entiende. Es más, dice que a ella nunca le gustó esa vida, ni el mar, ni los pescados. En su infancia alcanzó a navegar sobre canoas. "No me gustaba andar en esos viajes. Tenía nueve años cuando viajábamos y hasta ahora no me gusta. Con mi prima íbamos a cazar nutrias a Yendegaia y no me gustaba. Yo le decía que pasaba mucho frío y que cuando fuera grande nunca me iba a casar con un yagán, porque no quería andar así. Había que remar todo el día y luego hacer esas rucas, y al otro día lo mismo ¡Uh, qué trabajo!", recuerda. Y así fue. Cristina se casó con tres hombres y ninguno era yagán. De todos enviudó. Y con ellos tuvo nueve hijos.

De su descendencia nacieron 14 nietos. Pero con la sucesora que ha estado más cercana en el último tiempo es con Cristina Zárraga. Ella se interesó por recuperar sus costumbres, la siguió y recopiló material, mucho después de los trabajos de investigación que se habían hecho a su tía abuela Ursula (que falleció en 2003), en los trabajos de Patricia Stambuck y Oscar Aguilera.

Quienes conocieron a Ursula dicen que hasta sus últimos días se subía a navegar por los canales, que tejía cestas con juncos, que cantaba canciones en su lengua natal y que a quien le pidiera le contaba un cuento en yámana. Pero a Ursula poco la conocieron fuera de Puerto Williams. Cristina, en cambio, fue declarada hija ilustre de Magallanes, nominada a las 50 mujeres del Bicentenario y reconocida como Tesoro Humano Vivo en 2009, como parte de un programa de la Unesco para salvaguardar el patrimonio inmaterial, impartido en Chile por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA).

Antes del premio, nieta y abuela trabajaron en un libro llamado Hai Kur Mamashu Shis (Quiero contarte un cuento), que recogía de boca de Cristina las historias de las últimas hermanas hablantes yámanas. Y tras el reconocimiento como Tesoro Humano Vivo, la relación entre ambas maduró: obtuvieron fondos para hacer talleres a niños en la zona austral. Ahí aprendieron palabras y frases en yámana, que ilustraron a través de grabados y que fueron publicados en el Pequeño diccionario yagán. Hay imágenes de pájaros, lobos marinos y zorros. Palabras que significan viento, perro, lechuza e, incluso, alma. También incluye un CD en el que se escucha la voz susurrante de Cristina repitiendo cada expresión, dándoles vida nuevamente.

"Las palabras no son solamente significado, son transmisoras de sentidos profundamente arraigados en una cultura particular", afirma Macarena Barros, jefa del Departamento de Ciudadanía y Cultura del CNCA.

Pero antes de que hubiera personas que recorrieran miles de kilómetros para conocer la lengua de Cristina, el yagán ya había empezado a enmudecer con la muerte de los ancianos y el desconocimiento de los más jóvenes.

En Villa Ukika, Mauricio, uno de los hijos que vive con Cristina y que le prepara su almuerzo en una cocina de paredes verdes y sin luz, asegura que entiende algo. Eugenio, que también vive ahí, no habla ni entiende el yagán. Lidia, la hija de su último matrimonio, dice que le interesa la lengua, pero que no la habla.

Unas casas más allá está Martín González, que es hijo de Ursula, la hermana de Cristina. Con paso lento, abre la puerta de la ruca turística y se sienta al lado de una ventana que da hacia el Beagle. Al lado de él hay una canoa de tres metros, que hizo con sus manos. Cuenta que está tratando de reescribir el idioma y que junto a su esposa, que es kawéshkar, están intentando recopilar información, para que la lengua no se pierda: "Ahora es un poco tarde, pero hay que hacer lo que se pueda", dice.

Aunque aún se conservan las prácticas artesanales, "la transmisión (del lenguaje) sufrió un crucial quiebre con la instalación de la base naval de Puerto Williams y de la escuela e internado, donde fueron incorporados los niños de las últimas familias yaganes. Eso frenó la transmisión, producto de la discriminación ejercida hacia las familias", dice Serrano.

Cristina cuenta que no le enseñó a hablar a ninguno de sus nueve hijos, "porque como mis maridos no eran yaganes, no tenía con quién hablarlo. No iba a estar hablándolo sola", dice entre risas. Pero su hija Lidia cuenta otra historia: "Había un director en el colegio que, cuando llegaban a sacarnos fotos, nos ponía adelante y decía: 'Ellos son los indios', y no nos explicaban ni por qué. Y los niños en el recreo se burlaban de nosotros. Por eso nunca quise aprender", dice Lidia.

La artesanía es lo que más queda de las tradiciones. En primavera, en las zonas de turba crecen los juncos, que las mujeres extraen para hacer canastos o paneras, con un trabajo similar al que se hace con mimbre. Mucho tiempo se había dejado de lado esta práctica, pero Cristina cuenta que la retomó porque le ayudaba a abultar los $ 110.000 que dice recibir de pensión. "Cuando empezaron a venir los turistas, ahí sí que nos pusimos a tejer. Fue por una necesidad económica", dice.

En su casa, con una estufa a leña prendida con tanta potencia que dan ganas de estar en polera, Cristina se sienta en su sillón de cuero café, suspira y se queja por no tener una "piececita" para ella y con espacio para hacer sus artesanías. "Tú ves que mis hijos están acá todo el tiempo. ¿Dónde me pongo yo a trabajar?", dice. La anciana, de pocos dientes y ojos como dos porotos negros, se echa cansada hacia atrás y cuenta que en estos tiempos en donde cuesta mucho dinero vivir, mantener la tradición y trabajar para recuperar el idioma se hace complicado: "Es difícil mantenerlo y es difícil vivir acá. Mis chicos y mi marido iban al monte y cortaban leña. Ahora no, hay que pagar la luz, el agua, la leña, el gas".

En Mejillones, cerca del cementerio yagán, se puede ver una reproducción de un chiejaus (ruca) escondido entre el bosque de lengas. Es alto y profundo, como una gran semilla partida por la mitad y puesta boca abajo sobre el suelo. En lugares así vivían, se iniciaban y festejaban los yaganes. Desde lugares así salían a alimentarse con lo que les daba el agua, prendían fuego con la madera del bosque y se abrigaban con el cuero de los mamíferos marinos. La última vez que ella entró en un chiejaus, según cuenta, fue a ver el funeral de un niño que murió en 1936. Casi 75 años después, la única hablante viva de su cultura se concentra en pagar cuentas, vestirse y vivir una rutina no muy distinta a la de cualquier persona en Puerto Williams.

Fuente. La Tercera (5-junio 2011)