enero 17, 2026

El nuevo orden mundial tripolar


Jakob Függer, precursor del capitalismo moderno


Señor Serenísimo, Todopoderoso Emperador.


Romano y Graciosísimo Señor:


"Vuestra Real Majestad se da sin duda plena cuenta de hasta qué punto yo y mis sobrinos nos hemos inclinado siempre a servir a la Casa de Austria y a promover con toda sumisión su bienestar y su prosperidad. Por esa razón cooperamos con el anterior emperador Maximiliano, el antepasado de Vuestra Majestad Imperial, y en leal sometimiento a Su Majestad, con objeto de asegurar la Corona Imperial a Vuestra Majestad Imperial, dimos garantías a varios príncipes que pusieron su confianza y su fe en mí como quizá en ningún otro. Nosotros también, cuando los delegados designados por Vuestra Majestad Imperial trataban de terminar la empresa antes mencionada, proporcionamos una considerable suma de dinero que fue conseguida, no por mí y mis sobrinos solamente sino también por algunos de mis buenos amigos, a gran costo, de modo que los excelentes nobles alcanzaron el éxito para gran honor y bienandanza de Vuestra Majestad Imperial.


Es también muy sabido que Vuestra Majestad no habría podido adquirir sin mí la Corona Imperial, como puedo comprobar con las declaraciones escritas de todos los delegados de Vuestra Majestad Imperial. Y en todo esto yo no he buscado mi propio provecho. Pues si hubiera retirado mi apoyo a la Casa de Austria y lo hubiera transferido a Francia, habría obtenido mayor beneficio y mucho dinero que me ofrecieron en aquella época. Pero la desventaja que se habría derivado de ello para la Casa de Austria es algo que Vuestra Majestad Imperial, con su profunda comprensión puede concebir bien.


Tomando todo esto en consideración, ruego respetuosamente a Vuestra Majestad Imperial que reconozca graciosamente mi fiel y humilde servicio consagrado al mayor bienestar de Vuestra Majestad Imperial y que ordene que el dinero que he desembolsado, junto con el interés que devenga, sea reconocido y pagado sin mayor demora. Con objeto de merecer eso de Vuestra Majestad Imperial, me comprometo a seros fiel con toda humildad, y por la presente me encomiendo como fiel en todo tiempo a Vuestra Majestad Imperial.


El más humilde servidor de Vuestra Majestad Imperial".


Jacobo Függer

enero 12, 2026

La nueva geopolítica de América en la era imperial de Trump


El mundo tal y como lo conocíamos ha terminado. La incursión estadounidense en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro ha dado la puntilla al orden geopolítico liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial, y ahora son el unilateralismo, la coerción y la fuerza los valores que dan forma al mundo. Nadie domina ese lenguaje mejor que Donald Trump.

El sistema internacional basado en normas llevaba años mostrando síntomas de agotamiento, pero tres eventos recientes han precipitado su colapso y despertado al mundo de su ilusión de estabilidad. Todos llevan la firma de la Administración Trump: el acercamiento a Rusia, la publicación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional a finales de diciembre y la intervención en Venezuela.

Tras décadas de globalización, cooperación internacional y prosperidad tuteladas por Estados Unidos, potencia global indiscutible, el tablero internacional se está reconfigurando en torno a esferas de influencia, espacios estancos en los que cada potencia domina y explota los recursos de su vecindad.

Para la Administración Trump, ese reparto debe ser hemisférico. O dicho de otra forma: Estados Unidos está llamada a controlar todo el hemisferio occidental, desde Groenlandia hasta la Patagonia, sin participación o competencia de ninguna otra potencia, fundamentalmente China. Esa es la verdadera motivación de la intervención de Venezuela —a pesar de la insistencia en el petróleo— y la razón por la que Cuba, México o Dinamarca se toman tan en serio las amenazas neoimperialistas de Trump.

Geopolítica del Hemisferio occidental

«Comercio, territorio y recursos». El presidente estadounidense dejó muy claras las prioridades de su país en su nueva estrategia hemisférica en su comparecencia del pasado 3 de enero, en la que detalló la operación militar en Caracas.

La guerra arancelaria y el repliegue industrial de la Administración Trump tiene por tanto su piedra de toque en Sudamérica, donde China ha invertido con fuerza hasta imponerse como el socio comercial de referencia. Pero las ambiciones del magnate republicano en su hemisferio van mucho más allá del comercio: también pretende expandir su control territorial, especialmente hacia el norte, y asegurarse el suministro de petróleo y minerales estratégicos.

Donald Trump ha expresado en multitud de ocasiones su interés en Canadá y Groenlandia, territorios de creciente importancia geopolítica por el deshielo del Ártico y su abundancia de recursos como hidrocarburos y minerales clave para la transición energética. En concreto, Trump ha sugerido que Canadá podría convertirse en el «estado número 51» de los Estados Unidos y ha enfatizado «la necesidad de tener» Groenlandia, un territorio autónomo perteneciente a Dinamarca. Ambos países comparten asiento con Estados Unidos en la OTAN, pero la Casa Blanca considera que han dejado desprotegido el flanco norte del hemisferio al desatender sus deberes en materia de defensa y en los últimos días ha endurecido sus reclamaciones sobre Groenlandia, sin descartar una intervención militar.

Junto con Canadá y Groenlandia, en la nueva hoja de ruta estadounidense en el hemisferio occidental figuran otros dos países marcados en rojo: Panamá y Venezuela. Las razones son muy distintas. En el caso de Panamá, sus fronteras se han convertido en un punto crítico de las cadenas comerciales de Estados Unidos por albergar el canal de Panamá. Puente entre el océano Pacífico y el Atlántico construido y colonizado por EE.UU. hasta 1999, el paso canaliza hasta el 40% de los contenedores estadounidenses. En sus extremos operan dos puertos con propiedad china y las presiones de Donald Trump están cerca de desembocar en una venta a empresas estadounidenses.

El caso de Venezuela es más complicado. El país caribeño llevaba en el punto de mira del movimiento MAGA desde su llegada al poder en 2017 por sus lazos con China, Rusia e Irán, pero ha sido en este segundo mandato cuando Marco Rubio, secretario de Estado cubanoamericano, ha logrado convencer a Trump para derrocar a Nicolás Maduro. Lo ha hecho enmarcando la operación en la lucha contra las drogas, aunque lo cierto es que Venezuela no desempeña un papel importante en el tráfico regional de cocaína. Sí era el sostén petrolero de Cuba, el otro régimen socialista de la región junto con Nicaragua, y estaba esquivando el dólar como moneda de pago en sus exportaciones de crudo a China.

En la intervención se mezclan por tanto razones ideológicas —Rubio ha hecho campaña combatiendo a los regímenes socialistas de Latinoamérica— con el acceso a recursos —Venezuela es el país con las mayores reservas probadas del mundo—.

Aun así, en la apuesta hemisférica de la Casa Blanca, una reinterpretación de la doctrina Monroe decimonónica, el alineamiento ideológico no pesa tanto como el servilismo. Prueba de ello es la apuesta por Delcy Rodríguez, hasta ahora vicepresidenta del régimen chavista, para liderar la transición en Venezuela.

Más allá de ese pragmatismo, Trump está liderando un giro ultraderechista en América Latina. Junto con alineamiento de Nayib Bukele en El Salvador o Santiago Peña en Paraguay, el trumpismo celebra las victorias de Javier Milei en Argentina y de José Antonio Kast en Chile al mismo tiempo que aumenta la presión sobre los Gobiernos izquierdistas de Colombia, Brasil y México.

La Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense identifica tres amenazas en el hemisferio occidental: la inmigración, las drogas y China. Aunque Washington sitúe a las Américas en el centro de su planeamiento, no pierde de vista a su gran rival y sigue marcándose como una prioridad la seguridad de la región indopacífica.

La presencia china en América Latina

El plano comercial es la disputa más evidente: China es el primer socio comercial de América Latina y el Caribe, excluyendo México, con un 20% de todo su comercio. Pero China también está muy presente en las infraestructuras de la región, empezando por sus puertos. En su carrera por dominar las cadenas de suministro globales, Pekín se ha hecho con el control de multitud de terminales, incluyendo las de Buenos Aires en Argentina, Manzanillo, Lázaro Cárdenas o Veracruz en México, Kingston en Jamaica o Freeport en Bahamas, desafiando la hegemonía marítima estadounidense.

Desde 2005, China también ha invertido 250.000 millones de dólares —el equivalente al PIB de Ecuador—, especialmente en los sectores de la energía, las infraestructuras y las telecomunicaciones, y ha concedido préstamos por un valor de otros 123.000 millones en la región. Esa apuesta le ha granjeado la adhesión de 21 países a su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda, un proyecto para conectar sus puertos y centros productivos con el resto del mundo y ganar influencia económica y política.

Asimismo, China es propietaria de minas clave para la transición energética en el triángulo del litio que comparten Argentina, Chile y Bolivia y otros puntos de las Américas como México o Canadá. Bajo la nueva visión de Washington, Pekín estaría inmiscuyéndose de forma ilegítima en su patio trasero y robándole esas materias a los estadounidenses, por lo que no sería extraño que en los próximos meses se produjeran movimientos destinados a acabar con esas licitaciones.

De esta forma, la presencia de China en América Latina no se limita a productos de importación baratos de escaso valor añadido, sino que ha penetrado con fuerza en las economías y las infraestructuras de la región. La conclusión es que Estados Unidos no está solo en las Américas y que no le será fácil blindar su autoproclamada esfera de influencia a injerencias externas.

Hemisferismo no es aislacionismo

A juzgar por sus continuos ataques a aliados históricos como Europa o Canadá, su visión proteccionista del comercio o el rechazo a la inmigración, Donald Trump podría ser tachado de aislacionista. Durante su primer mandato y la campaña para su reelección, el magnate abogaba en efecto por recortar el gasto en defensa, revisar las alianzas militares con Corea del Sur o la OTAN y priorizar su vecindad, como la frontera con México. Pero su segundo mandato ha roto con esas lógicas.

Desde su regreso al poder en 2025, la Administración Trump ha liderado unas negociaciones de paz —aunque asimétricas— en Gaza y Ucrania, ha arañado un aumento histórico del presupuesto de la OTAN, ha autorizado ataques en Irán y Venezuela y ha defendido un aumento del gasto nacional en defensa. Y hasta el momento, no ha desmantelado ninguna alianza militar ni ha realizado retiradas significativas de tropas.

El cambio de mayor calado geopolítico de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos es, probablemente, el abandono de la lucha entre potencias. En su lugar, el documento habla de «reequilibrar la relación económica de América con China» y «gestionar las relaciones europeas con Rusia» al tiempo que rechaza «el concepto desafortunado de dominación global». Al asumir «la influencia desproporcionada de las naciones más grandes, ricas y poderosas» como «una verdad atemporal de las relaciones internacionales», Washington deja por escrito su concepción del mundo como un conjunto de esferas de influencia.

Los grandes beneficiados de ese nuevo paradigma son China, Rusia e Israel, países a los que sus fronteras parecen habérsele quedado pequeñas y que mantienen una ambiciosa política expansionista. Y los grandes perdedores, en consecuencia, Taiwán, Ucrania y Palestina. En realidad, cualquier país que no cuente con los medios suficientes para defenderse de una hipotética agresión de sus vecinos no debe dar por garantizada su integridad territorial ni su soberanía. Venezuela no será una excepción.

enero 03, 2026

Daniel Matamala - El patio trasero


Execrar la tiranía de Nicolás Maduro y al mismo tiempo condenar el ataque militar de Estados Unidos contra un país soberano no es contradictorio. Al contrario, es la única posición consistente con el respeto al derecho como principio básico de la civilización.

Lo que hemos visto en estas horas es el estado de naturaleza, donde el derecho no existe y solo rige la ley del más fuerte.

Maduro aplicó esa ley en su tiranía. Persiguió a opositores, se robó todo lo que se podía robar, incluidas las elecciones, y se aferró al poder de manera ilegítima, gracias a un cóctel de corrupción para la élite civil y militar, y de represión para todo el resto.

Trump la aplica en política internacional. Su lógica es que la fuerza le da derecho a hacer lo que le plazca: violar sus acuerdos comerciales con todo el mundo (Chile incluido), intervenir en la política interna de otras naciones, y bombardear a lo largo y ancho del globo. Su primer año de régimen ya suma siete países atacados: Irak, Irán, Siria, Yemen, Somalía, Nigeria y Venezuela.

El ataque a Venezuela no se trata, por cierto, de restablecer la democracia. Trump corteja y alaba constantemente a dictadores de todo el planeta, a la vez que hostiliza a gobernantes democráticos, y destruye las instituciones en su propio país. De hecho, su ataque no solo viola el derecho internacional, sino también el interno, al no haber sido aprobado por el Congreso estadounidense.

Mucho menos, de combatir al narcotráfico. La mejor prueba la dio el propio Trump hace algunas semanas, al indultar al expresidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, quien purgaba una pena de 45 años de cárcel por narcotráfico hacia los Estados Unidos.

Trump se regocija en su hipocresía al indultar a un exgobernante narco, mientras ordena el ataque a un país soberano con el pretexto de hacer “justicia” por ese mismo delito.

El mismo Trump confesó otras razones más creíbles. Ya había advertido en los días previos que “teníamos mucho petróleo” en Venezuela y que “lo queremos de vuelta”. Tras el ataque, anunció que “nuestras grandes compañías petroleras estadounidenses” tomarán el control del crudo venezolano.

Es una fase más en la escalada de intervencionismo sobre América Latina de la que hemos hablado en estas páginas durante todo 2025. Al asumir el poder, Trump destacó la era del presidente McKinley, cuando Estados Unidos se convirtió en un imperio con las anexiones de Cuba, Puerto Rico, Hawai, Filipinas y Guam.

Actualiza así la infame “Doctrina Monroe”: “América para los americanos”. Una frase en que “América” se refiere al continente, y “los americanos”, a los dirigentes estadounidenses, que se entregan a sí mismos el derecho a patronazgo sobre su “patio trasero”: América Latina.

Este ataque es una advertencia tenebrosa para todo nuestro continente. Trump pretende anexar Groenlandia, amenazó con tomar el canal de Panamá, intervino en las elecciones de Argentina y Honduras, intimidó a Colombia con sanciones y posibles bombardeos en su territorio, y castigó a Brasil por hacer justicia ante un intento de golpe de Estado.

Además, lanzó una campaña de asesinatos extrajudiciales contra ocupantes de embarcaciones en el Caribe, a quienes acusa, sin entregar evidencia, de narcotráfico. Y ahora deja claro que considera su derecho tomar por la fuerza, cuando y cómo le plazca, a otras naciones de “su” hemisferio.

Al momento de escribir estas líneas, no hay claridad sobre qué pasará con Venezuela. Trump afirma que Estados Unidos va a “controlar” a ese país, amenaza con más ataques, dice que están en contacto con la vicepresidenta chavista, y que la opositora María Corina Machado “no tiene apoyo ni respeto” para gobernar. La historia muestra que Estados Unidos es muy hábil para eliminar a líderes incómodos, y muy torpe para manejar el vacío de poder resultante.

Lo que sí sabemos es que Estados Unidos saludó 2026 poniendo la lápida sobre el orden internacional que ya había desmontado durante 2025. Ahora solo prima la ley del más fuerte, la misma que usa Israel en su genocidio sobre Gaza y la que aplica Rusia al invadir Ucrania.

Para América Latina, los presagios son funestos. Buena parte de los líderes del continente aplauden el ataque con entusiasmo. Parecen no entender que están aplaudiendo la renuncia a su soberanía nacional y su sumisión a un poder imperial.

Hoy le toca a Venezuela, Panamá, Groenlandia, Brasil, Colombia, Honduras y Argentina. Mañana, quién sabe.

Ya no hay caretas ni maquillajes. América Latina es el patio trasero de un emperador sin ley.

Fuente. Artículo de Daniel Matamala. La Tercera (3 de enero 2026)