enero 12, 2026

La nueva geopolítica de América en la era imperial de Trump


El mundo tal y como lo conocíamos ha terminado. La incursión estadounidense en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro ha dado la puntilla al orden geopolítico liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial, y ahora son el unilateralismo, la coerción y la fuerza los valores que dan forma al mundo. Nadie domina ese lenguaje mejor que Donald Trump.

El sistema internacional basado en normas llevaba años mostrando síntomas de agotamiento, pero tres eventos recientes han precipitado su colapso y despertado al mundo de su ilusión de estabilidad. Todos llevan la firma de la Administración Trump: el acercamiento a Rusia, la publicación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional a finales de diciembre y la intervención en Venezuela.

Tras décadas de globalización, cooperación internacional y prosperidad tuteladas por Estados Unidos, potencia global indiscutible, el tablero internacional se está reconfigurando en torno a esferas de influencia, espacios estancos en los que cada potencia domina y explota los recursos de su vecindad.

Para la Administración Trump, ese reparto debe ser hemisférico. O dicho de otra forma: Estados Unidos está llamada a controlar todo el hemisferio occidental, desde Groenlandia hasta la Patagonia, sin participación o competencia de ninguna otra potencia, fundamentalmente China. Esa es la verdadera motivación de la intervención de Venezuela —a pesar de la insistencia en el petróleo— y la razón por la que Cuba, México o Dinamarca se toman tan en serio las amenazas neoimperialistas de Trump.

Geopolítica del Hemisferio occidental

«Comercio, territorio y recursos». El presidente estadounidense dejó muy claras las prioridades de su país en su nueva estrategia hemisférica en su comparecencia del pasado 3 de enero, en la que detalló la operación militar en Caracas.

La guerra arancelaria y el repliegue industrial de la Administración Trump tiene por tanto su piedra de toque en Sudamérica, donde China ha invertido con fuerza hasta imponerse como el socio comercial de referencia. Pero las ambiciones del magnate republicano en su hemisferio van mucho más allá del comercio: también pretende expandir su control territorial, especialmente hacia el norte, y asegurarse el suministro de petróleo y minerales estratégicos.

Donald Trump ha expresado en multitud de ocasiones su interés en Canadá y Groenlandia, territorios de creciente importancia geopolítica por el deshielo del Ártico y su abundancia de recursos como hidrocarburos y minerales clave para la transición energética. En concreto, Trump ha sugerido que Canadá podría convertirse en el «estado número 51» de los Estados Unidos y ha enfatizado «la necesidad de tener» Groenlandia, un territorio autónomo perteneciente a Dinamarca. Ambos países comparten asiento con Estados Unidos en la OTAN, pero la Casa Blanca considera que han dejado desprotegido el flanco norte del hemisferio al desatender sus deberes en materia de defensa y en los últimos días ha endurecido sus reclamaciones sobre Groenlandia, sin descartar una intervención militar.

Junto con Canadá y Groenlandia, en la nueva hoja de ruta estadounidense en el hemisferio occidental figuran otros dos países marcados en rojo: Panamá y Venezuela. Las razones son muy distintas. En el caso de Panamá, sus fronteras se han convertido en un punto crítico de las cadenas comerciales de Estados Unidos por albergar el canal de Panamá. Puente entre el océano Pacífico y el Atlántico construido y colonizado por EE.UU. hasta 1999, el paso canaliza hasta el 40% de los contenedores estadounidenses. En sus extremos operan dos puertos con propiedad china y las presiones de Donald Trump están cerca de desembocar en una venta a empresas estadounidenses.

El caso de Venezuela es más complicado. El país caribeño llevaba en el punto de mira del movimiento MAGA desde su llegada al poder en 2017 por sus lazos con China, Rusia e Irán, pero ha sido en este segundo mandato cuando Marco Rubio, secretario de Estado cubanoamericano, ha logrado convencer a Trump para derrocar a Nicolás Maduro. Lo ha hecho enmarcando la operación en la lucha contra las drogas, aunque lo cierto es que Venezuela no desempeña un papel importante en el tráfico regional de cocaína. Sí era el sostén petrolero de Cuba, el otro régimen socialista de la región junto con Nicaragua, y estaba esquivando el dólar como moneda de pago en sus exportaciones de crudo a China.

En la intervención se mezclan por tanto razones ideológicas —Rubio ha hecho campaña combatiendo a los regímenes socialistas de Latinoamérica— con el acceso a recursos —Venezuela es el país con las mayores reservas probadas del mundo—.

Aun así, en la apuesta hemisférica de la Casa Blanca, una reinterpretación de la doctrina Monroe decimonónica, el alineamiento ideológico no pesa tanto como el servilismo. Prueba de ello es la apuesta por Delcy Rodríguez, hasta ahora vicepresidenta del régimen chavista, para liderar la transición en Venezuela.

Más allá de ese pragmatismo, Trump está liderando un giro ultraderechista en América Latina. Junto con alineamiento de Nayib Bukele en El Salvador o Santiago Peña en Paraguay, el trumpismo celebra las victorias de Javier Milei en Argentina y de José Antonio Kast en Chile al mismo tiempo que aumenta la presión sobre los Gobiernos izquierdistas de Colombia, Brasil y México.

La Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense identifica tres amenazas en el hemisferio occidental: la inmigración, las drogas y China. Aunque Washington sitúe a las Américas en el centro de su planeamiento, no pierde de vista a su gran rival y sigue marcándose como una prioridad la seguridad de la región indopacífica.

La presencia china en América Latina

El plano comercial es la disputa más evidente: China es el primer socio comercial de América Latina y el Caribe, excluyendo México, con un 20% de todo su comercio. Pero China también está muy presente en las infraestructuras de la región, empezando por sus puertos. En su carrera por dominar las cadenas de suministro globales, Pekín se ha hecho con el control de multitud de terminales, incluyendo las de Buenos Aires en Argentina, Manzanillo, Lázaro Cárdenas o Veracruz en México, Kingston en Jamaica o Freeport en Bahamas, desafiando la hegemonía marítima estadounidense.

Desde 2005, China también ha invertido 250.000 millones de dólares —el equivalente al PIB de Ecuador—, especialmente en los sectores de la energía, las infraestructuras y las telecomunicaciones, y ha concedido préstamos por un valor de otros 123.000 millones en la región. Esa apuesta le ha granjeado la adhesión de 21 países a su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda, un proyecto para conectar sus puertos y centros productivos con el resto del mundo y ganar influencia económica y política.

Asimismo, China es propietaria de minas clave para la transición energética en el triángulo del litio que comparten Argentina, Chile y Bolivia y otros puntos de las Américas como México o Canadá. Bajo la nueva visión de Washington, Pekín estaría inmiscuyéndose de forma ilegítima en su patio trasero y robándole esas materias a los estadounidenses, por lo que no sería extraño que en los próximos meses se produjeran movimientos destinados a acabar con esas licitaciones.

De esta forma, la presencia de China en América Latina no se limita a productos de importación baratos de escaso valor añadido, sino que ha penetrado con fuerza en las economías y las infraestructuras de la región. La conclusión es que Estados Unidos no está solo en las Américas y que no le será fácil blindar su autoproclamada esfera de influencia a injerencias externas.

Hemisferismo no es aislacionismo

A juzgar por sus continuos ataques a aliados históricos como Europa o Canadá, su visión proteccionista del comercio o el rechazo a la inmigración, Donald Trump podría ser tachado de aislacionista. Durante su primer mandato y la campaña para su reelección, el magnate abogaba en efecto por recortar el gasto en defensa, revisar las alianzas militares con Corea del Sur o la OTAN y priorizar su vecindad, como la frontera con México. Pero su segundo mandato ha roto con esas lógicas.

Desde su regreso al poder en 2025, la Administración Trump ha liderado unas negociaciones de paz —aunque asimétricas— en Gaza y Ucrania, ha arañado un aumento histórico del presupuesto de la OTAN, ha autorizado ataques en Irán y Venezuela y ha defendido un aumento del gasto nacional en defensa. Y hasta el momento, no ha desmantelado ninguna alianza militar ni ha realizado retiradas significativas de tropas.

El cambio de mayor calado geopolítico de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos es, probablemente, el abandono de la lucha entre potencias. En su lugar, el documento habla de «reequilibrar la relación económica de América con China» y «gestionar las relaciones europeas con Rusia» al tiempo que rechaza «el concepto desafortunado de dominación global». Al asumir «la influencia desproporcionada de las naciones más grandes, ricas y poderosas» como «una verdad atemporal de las relaciones internacionales», Washington deja por escrito su concepción del mundo como un conjunto de esferas de influencia.

Los grandes beneficiados de ese nuevo paradigma son China, Rusia e Israel, países a los que sus fronteras parecen habérsele quedado pequeñas y que mantienen una ambiciosa política expansionista. Y los grandes perdedores, en consecuencia, Taiwán, Ucrania y Palestina. En realidad, cualquier país que no cuente con los medios suficientes para defenderse de una hipotética agresión de sus vecinos no debe dar por garantizada su integridad territorial ni su soberanía. Venezuela no será una excepción.

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