La expectación provocada por el hallazgo de los restos del célebre ministro hace necesario efectuar algunas aclaraciones a causa del desconocimiento de la historia real y el desborde de la fantasía.
El asunto de fondo, que nadie ha tocado, es por qué fue asesinado el estadista, un tema que necesariamente lleva a considerar su actuación durante los gobiernos de José Tomás Ovalle y Joaquín Prieto, desde 1830 hasta 1837, año de su muerte.
En las investigaciones históricas y en las obras de difusión suele presentarse a los militares que se amotinaron en el acantonamiento de Quillota cuando se preparaba la segunda campaña contra la Confederación Perú-Boliviana, como verdaderos parias, desordenados y desleales, que en su atolondramiento detuvieron a Portales y lo condujeron hasta el sacrificio.
Aun cuando el hecho fuese reprobable, es obligación entenderlo y buscar su explicación, porque sólo de esa manera se puede comprender el acontecer histórico.
Portales no fue el creador de la institucionalidad ni del "Estado en forma", como lo presentaron los historiadores conservadores y autoritarios y como se ha repetido por inercia hasta el día de hoy. En el secreto de su correspondencia privada es de una claridad absoluta. Manifiesta un menosprecio rotundo hacia la Constitución de 1833, que no apoyó de ninguna manera. En mayo de 1832 escribía a un amigo: "no me tomaré la pensión [trabajo] de observar el proyecto de reforma; Ud. sabe que ninguna obra de esta clase es absolutamente buena ni absolutamente mala; pero ni la mejor ni ninguna servirá para nada cuando está descompuesto el principal resorte de la máquina". Es decir, las normas constitucionales no servían, lo que importaba era el ejercicio duro del poder.
En otra ocasión, a raíz de una supuesta conspiración, debido a las trabas que encontraba en la ley para proceder, exclamaba: "¡Maldita ley, entonces si no deja al brazo del gobierno proceder libremente en el momento oportuno!". Y luego agregaba "que con ley o sin ella, esa señora que llaman Constitución, hay que violarla cuando las circunstancias son extremas".
Remataba, por último, reiterando su menosprecio por las normas jurídicas: "la ley la hace uno procediendo con honradez y sin espíritu de favor".
Esa fue la manera como desempeñó el poder, actuando directamente y sin atenerse a las normas institucionales.
Con anterioridad, en 1830, Portales ya había demostrado su espíritu voluntarioso y despótico. Los jefes del Ejército que recién, en la batalla de Lircay, habían defendido la Constitución de 1828, fueron dados de baja, cayendo figuras de renombre de las luchas de la Independencia. Además, desconoció el convenio de Cuzcuz, celebrado por el general Santiago Aldunate, que había garantizado la libertad de quienes habían capitulado.
Paralelamente a esos hechos se persiguió a los opositores, se les encarceló y desterró y la prensa fue acallada.
Sucesos de Curicó
Durante el segundo ministerio de Portales la situación se hizo más conflictiva. Debido a la tensa situación con la Confederación Perú-Boliviana y luego la guerra con ella, las medidas de vigilancia y la persecución fueron extremadas. Los desterrados en el Perú, encabezados por el general Ramón Freire, intentaron un golpe para derribar al gobierno chileno y con la cooperación oculta de las autoridades peruanas zarparon en dos naves, que luego de algunos avatares fueron capturadas por el gobierno chileno. Freire, en condiciones humillantes, fue desterrado a Sidney.
Para prevenir otras acciones subversivas y la actuación de posibles agentes del gobierno de la Confederación, Portales obtuvo del Congreso amplias facultades extraordinarias, que suspendieron la vigencia de la Constitución, una enormidad jurídica.
El gobierno adquirió además el derecho a establecer tribunales especiales, que se concretó en los llamados consejos de guerra permanentes, que no demoraron en tener un estreno sangriento. En Curicó se enjuició a tres ciudadanos que no tenían otra culpa que idear un golpe sin tener los medios para realizarlo ni haber avanzado realmente para llevarlo a cabo. Sometidos a juicio, la manipulación de las autoridades logró que los tres jueces, uno sólo de los cuales era letrado, dictasen pena de muerte.
Fue inútil recurrir a Portales, porque el ministro, no obstante estar poco convencido de la culpabilidad, dejó seguir las cosas adelante. Tres cadáveres en la plaza de Curicó, ante los cuales se hizo desfilar a las milicias, causaron horror en el país y desde entonces se habló del "crimen de Curicó".
La situación en el país se hacía cada vez más crítica y el Ejército era receptor del descontento. Durante el gobierno de Prieto en nueve años había habido otros tantos complots con la intervención de los militares.
Cuando las fuerzas acantonadas en Quillota eran preparadas para embarcarse rumbo al Perú, el descontento en las filas era muy grande y los motivos sobraban: la persecución contra meritorios jefes y oficiales de los años de la Independencia era inmerecida y había sido efectuada por quien no había tenido el menor interés por participar en los sucesos de la emancipación. La creación de la Guardia Cívica para tener un poder paralelo al Ejército había sido mal vista y considerada como una humillación. Se pensaba que la guerra contra la Confederación, resistida en el país, era un pretexto para alejar a la gente armada. La expulsión de Freire, aunque el ex director supremo hubiese cometido un error, pareció excesiva.
Así las cosas, el crimen de Curicó causó indignación y luego llegó el rumor, no del todo cierto, de que en Juan Fernández habían sido fusilados algunos militares opositores.
El asesinato
El levantamiento ya estaba en marcha y el detonante fue el viaje del ministro a Quillota.
Producido el motín, los insurrectos llevaron prisionero al ministro en un birlocho, con la precaución de haberle remachado una barra de grillos en los talones, instrumento que actualmente debe estar en el Museo Histórico Nacional. El viaje a Valparaíso fue fatigoso, se pasó la noche en Tabolango y Portales no tuvo más comida que un trozo de carne asado en un sable.
Al día siguiente, la columna siguió hacia el puerto y el 6 de junio llegó al cerro Barón, paraje situado detrás de la Universidad Federico Santa María. Antes del amanecer, la vanguardia de los sublevados chocó con las fuerzas destacadas desde Valparaíso y se produjo la incertidumbre en sus filas. En forma precipitada el teniente Santiago Florín, a cargo del prisionero, no se sabe si por orden de su superior, o de propia iniciativa, hizo descender al ministro, que debido a los grillos debió ser ayudado por algunos soldados, y con un grito ordenó que le disparasen seis fusileros.
La situación se hizo desordenada, los soldados vacilaron y uno de ellos descerrajó un tiro que impactó en la mandíbula y voló algunos dientes. Otro soldado disparó desde atrás. El cuerpo quedó retorciéndose y hubo que rematarlo con alrededor de treinta bayonetazos. Florín hundió su espada en el cuerpo.
Transcurrió algún tiempo, los soldados se apoderaron de su ropa y sus zapatos, como era corriente en las acciones bélicas. Hubo testigos que afirmaron que el cuerpo del ministro estaba muy maltratado.
Victoriosas las tropas enviadas desde Valparaíso, el cadáver fue examinado por un médico francés en una quinta del camino, donde procedió a embalsamarlo. El corazón estaba hipertrofiado a causa de la angina que solía atormentarle. El Cabildo de Valparaíso propuso extraer el corazón para conservarlo como reliquia, y aceptada la sugerencia por el gobierno, quedó en una urna de cristal bajo un monumento de mármol que sería encargado a Italia, y que fue erigido en el Cementerio N.o 1 de Valparaíso.
El terremoto del 16 de agosto de 1906 hizo rodar desde su base el mausoleo dedicado al ministro y un modesto jardinero se empeñó de inmediato en buscar la reliquia, que en forma provisoria fue guardada en una bóveda de seguridad del Banco de Agustín Edwards, ahora encerrada en un copón de plata.
Pasaron los años y en 1915 se procuró entregar la reliquia a la Catedral de Valparaíso, pero en definitiva se colocó en la iglesia del Espíritu Santo en una columna sobria y elegante situada en la sacristía. El acto fue solemne y contó con el despliegue oratorio de monseñor Ramón Ángel Jara.
Hoy día el corazón se guarda en un copón y en una columna adosada a un muro en la Catedral del puerto.
La Iglesia de la Matriz acogió el cuerpo y se efectuaron exequias con la concurrencia del pueblo. Transcurrido más de un mes, la urna con los restos fue trasladada a Santiago en medio de actos solemnes y la congoja de la gente.
La recepción en Santiago, el 14 de julio, fue grandiosa. Autoridades, destacamentos militares y un gran público, abrieron paso hasta la iglesia de la Compañía y el día siguiente, previa una marcha alrededor de la Plaza de Armas y los oficios religiosos, el ataúd fue depositado bajo el presbiterio, al costado derecho del altar. Una lápida marcó el lugar, que existía hasta 1937, por lo menos, y que probablemente fuese la misma encontrada en los días recientes.
Es posible que quedase junto a los restos del vicepresidente don José Tomás Ovalle, que había sido quien lo había designado ministro hacía siete años. Ovalle era de contextura robusta, de modo que esa característica podría notarse en sus restos.
El gobierno estimó que la inhumación del cadáver de Portales en la Catedral era solamente provisoria, mientras se preparaba una tumba definitiva y un monumento en el panteón, como se designaba al actual Cementerio General. Al efecto se dictó un decreto el 8 de agosto del mismo año 1837, pero no se cumplió con sus disposiciones.
Algunos meses después del entierro, el Presidente de la República, don Joaquín Prieto, dispuso que se exhumase el cadáver de Portales y dio instrucciones al Vicario Apostólico, el que a su vez dio órdenes al Mayordomo Ecónomo, el que ejecutó el encargo. El objeto fue, al parecer, controlar la cantidad y calidad del "líquido" protector que rodeaba a los despojos.
Retrato póstumo
Su aspecto físico no guardaba relación con su recio carácter. Era muy delgado, parecía "hilo de holán" y su estatura era la corriente. El rostro, perfilado, lampiño, y de rasgos muy suaves, tenía casi un aspecto femenino.
No quedó un retrato hecho en vida; pero basándose en el cadáver y en la cara de un hermano que se le parecía, el pintor italiano Domeniconi trazó su imagen de cuerpo entero que, de acuerdo a los contemporáneos, resultó fidedigno. El cuadro, que representaba al personaje de pie junto a un escritorio y con uniforme de la Guardia Cívica, fue colocado en el Ministerio del Interior.
Toda la información histórica existente no deja duda alguna sobre la identidad de los restos. Los afanes suscitados, declaraciones de un ministro, frases rimbombantes y solemnes, han sido perfectamente inútiles, sólo han obedecido al propósito de capitalizar publicidad. Tampoco se entiende el sentido que tiene formar un equipo de quince antropólogos físicos y un equipo médico. Si de identificación se trata y sus circunstancias, habría bastado consultar a un historiador.
Los diversos sucesos en torno al crimen del cerro Barón deben ser comprendidos más allá de los hechos anecdóticos y de las posiciones grandilocuentes.
En torno el personaje se ha construido un mito por razones políticas y nacionalistas que la historia no tiene por qué aceptar. Los hechos concretos y las fuentes de la época son las bases para cualquier estimación.
El gobierno despótico del estadista se había convertido en un problema para la vida republicana hasta el punto de que algunos de sus propios partidarios estaban en dudas sobre la situación creada. Un admirador suyo, el juez de Valparaíso don José Antonio Álvarez, hombre íntegro y honesto, a quien correspondió instruir el sumario por el asesinato, en una carta expresó que se le había partido el alma al ver el cadáver del ministro y había derramado lágrimas junto a un personaje tan extraordinario, de tanto talento y patriota. Pero a la vez, reflexionando con calma, le parecía que se había acostumbrado a dar golpes de autoridad por cualquier cosa, manejaba a todos con dureza sin que la multitud de adoradores se atreviese a contradecirle. Todos le obedecían, siendo lícito o ilícito lo que ordenaba.
Tenía en sus manos la suerte o la desgracia de la república y todo venía a depender de su voluntad en una situación inadmisible. Llegaría a convertirse en un tirano abominable.
Remataba sus palabras el juez Álvarez con una expresión de sinceridad: "como chileno bendigo la mano de la Providencia que nos libró en un solo día de traidores, infames y de un ministro que amenazaba nuestras libertades".
Álvarez creía que en adelante el Congreso adquiriría más energía y popularidad, defendería los derechos de la gente y equilibraría los poderes. En esas apreciaciones no se engañaba, porque desaparecido el ministro comenzó la recuperación de la libertad, hubo mayor tranquilidad y los gobiernos comenzaron a actuar dentro de la institucionalidad. La Constitución y las leyes fueron respetadas, aun en años de turbulencia política, y cuando se impuso la libertad, el Estado se consolidó junto con la convivencia nacional.
Fuente: Sergio Villalobos (El Mercurio, 27 de marzo 2005)
