diciembre 21, 2007

Sergio Grez - El "respeto del orden público"...


El 21 de diciembre de 1907, en Iquique, puerto del extremo norte de Chile, centenares de trabajadores chilenos, peruanos y bolivianos fueron masacrados por el Ejército y la Armada chilena en las puertas de la escuela Santa María. El gobierno oligárquico chileno ahogó en sangre la "huelga grande" de la provincia de Tarapacá, un movimiento social espontáneo, pero sustentado en organizaciones obreras que venían constituyéndose desde hacía tiempo. Algunos meses más tarde, en 1908, en Valparaíso nacía un tal Salvador Allende. 

En la minería del salitre, de la plata, del carbón y del cobre; en las actividades portuarias; en las fábricas de Santiago, Valparaíso, Viña del Mar, Concepción y otras ciudades, se estaba formando una clase obrera que empezaba a abrazar las ideologías de redención social del socialismo y del anarquismo. Ante la proliferación de sus huelgas y protestas, el Estado, preocupado por el mantenimiento del orden social, desde 1903 había respondido a las reivindicaciones proletarias con sucesivas masacres. La "cuestión social" ardía en Chile en vísperas del primer Centenario de su independencia nacional. 

En un contexto global de gran prosperidad de la clase dirigente y del Estado, la devaluación monetaria había bajado el valor de cambio del peso chileno de 18 a 7 peniques, encareciendo drásticamente el valor de los alimentos. No obstante la degradación de su nivel de vida y las duras condiciones de trabajo, las reivindicaciones del proletariado tarapaqueño a fines de 1907 eran más bien moderadas. Los obreros del salitre pedían pago en dinero legal y no en fichas-salario emitidas por las compañías, que sólo podían ser cambiadas por productos disponibles en las tiendas ("pulperías") de las mismas empresas a precios más elevados que en el mercado libre; libertad de comercio para evitar esos abusos; estabilidad en los salarios utilizando como norma el equivalente de 18 peniques por peso; protección en las faenas más peligrosas para evitar accidentes que causaban numerosos muertos; establecimiento de escuelas vespertinas para obreros financiadas por las empresas. Los trabajadores de Iquique -portuarios, ferroviarios y obreros fabriles- exigían alzas de sus magros salarios a fin de compensar la pérdida de su poder de compra por la devaluación monetaria. Casi todos -pampinos e iquiqueños- coincidían en exigir el cambio a 18 peniques. 

El 4 de diciembre se declararon en huelga en Iquique más de 300 trabajadores del ferrocarril salitrero y a los pocos días hicieron lo mismo los obreros portuarios y luego los de otras varias industrias. Pero la falta de coordinación entre los huelguistas y las concesiones de algunos empresarios erosionaban el movimiento. 

La situación cambió radicalmente en pocos días. El 10 de diciembre empezaron una huelga los obreros de la salitrera de San Lorenzo y dos días más tarde, ante la negativa de la empresa de acceder a sus peticiones, un puñado de esos operarios se dirigió a la salitrera más cercana, Santa Lucía, para paralizar sus faenas. El ejemplo fue imitado y así, recorriendo el desierto más árido del mundo, los obreros extendieron su movimiento. En los días siguientes más y más "oficinas" salitreras paralizaron sus faenas y los trabajadores concluyeron que para obtener respuesta a sus reivindicaciones debían bajar a Iquique, donde se encontraban los representantes de las compañías inglesas, chilenas, alemanas, españolas e italianas que explotaban con grandes beneficios la fabulosa riqueza del nitrato arrebatada por Chile a Perú y Bolivia durante la Guerra del Pacífico (1879-1883). 

La "única fuerza" del patrón

Luego de marchar toda la noche, el primer grupo de unos 2.000 obreros llegó Iquique al amanecer del domingo 15 de diciembre. El intendente provisional Julio Guzmán, que reemplazaba al renunciado Carlos Eastman, dialogó con los pampinos y con los representantes patronales. Guzmán trató de convencer a los obreros del salitre de que volvieran a la pampa, dejando en Iquique sólo a un comité para llevar las negociaciones. Pero como los trabajadores se negaron a hacerlo mientras sus reivindicaciones no fueran satisfechas, la autoridad no tuvo más remedio que alojarlos en la escuela Santa María. 

Entre tanto, miles de pampinos (algunos con sus mujeres e hijos) continuaban afluyendo en trenes y a pie a Iquique. Su presencia reanimó las huelgas de los obreros iquiqueños, que el 16 de diciembre fundieron su movimiento con el de los trabajadores del salitre, constituyendo un "Comité Central de la Pampa y el Puerto Unidos", como órgano conductor de todas las huelgas. Ese mismo día el gobierno del presidente Pedro Montt instruyó a las autoridades locales para que decretaran un virtual Estado de sitio e impidieran la bajada de más pampinos. Fuertes contingentes militares fueron enviados a Iquique. En una de las naves despachadas desde Valparaíso viajaron el intendente Carlos Eastman, reasumido en su cargo, y el general del ejército Roberto Silva Renard. 

Luego del desembarco -el 19 de diciembre- Eastman se entrevistó por separado con los líderes de la huelga y con los dirigentes de la Combinación Salitrera, organismo representativo de los capitalistas. Aunque los empresarios dijeron estar dispuestos a estudiar las peticiones obreras, se negaron a discutir bajo la presión de los huelguistas porque, según declararon, de hacerlo en esas condiciones "perderían el prestigio moral, el sentimiento de respeto que es la única fuerza del patrón respecto del obrero". El impasse se repetiría el 20 y el 21 de diciembre.

Furia represiva estatal

Ante el fracaso de todas sus tentativas de mediación, poco antes de las 14 horas del 21 de diciembre, Eastman transmitió por escrito al general Silva Renard la orden de desalojar la escuela Santa María, donde se encontraban unos 5.000 huelguistas, a los que se sumaban otros 2.000 más en la Plaza Montt, reunidos en meeting permanente frente a la escuela. Ante la negativa del Comité de huelga de evacuar el lugar y dirigirse al hipódromo, Silva Renard hizo avanzar dos ametralladoras, colocándolas frente a la escuela. Luego de media hora de infructuosas discusiones entre oficiales y dirigentes obreros, el general se retiró anunciando que haría uso de la fuerza. Sólo unos doscientos trabajadores abandonaron el lugar en medio de la rechifla de sus compañeros. 

A las 15.45 horas comenzó el fuego de ametralladoras y fusilería, que atravesaban los frágiles muros de madera de la escuela. Cientos de personas cayeron acribilladas. Cuando cesaron los disparos, la infantería entró a la escuela descargando sus armas sobre los obreros. Los que huían eran lanceados por soldados a caballo. Después de varios minutos infernales, los detenidos -unas 6.000 a 7.000 personas- fueron arreados hacia el Hipódromo por la soldadesca, que perpetró nuevos asesinatos. 

Aunque el gobierno reconoció sólo 126 muertos y 135 heridos, la prensa obrera y diversos testigos elevaron varias veces esa cantidad. Las autoridades provinciales organizaron rápidamente el retorno de los pampinos a sus lugares de trabajo y el gobierno central puso algunos barcos a la disposición de quienes desearan trasladarse al centro del país. Paralelamente, se decretó censura de prensa, se desató una cacería de los dirigentes obreros -especialmente anarquistas- que habían logrado escapar y se produjeron numerosas detenciones. 

La "huelga grande" de Tarapacá había sido ahogada en sangre por el Estado, sin que mediara violencia alguna de parte de los trabajadores. La masacre de la escuela Santa María de Iquique se recordaría como la página más negra de la historia del movimiento obrero chileno, hasta el golpe de Estado de 1973. 

El general Silva Renard justificaría su acción diciendo que, convencido de que "no era posible esperar más tiempo sin comprometer el respeto y prestigio de las autoridades y fuerza pública" había ordenado hacer fuego. Pero según se deduce de su informe al gobierno, los huelguistas no habrían representado un peligro para la seguridad pública sino, simplemente, un desafío al poder de las autoridades. 

El temor a los trabajadores fue el elemento clave en el desencadenamiento de la furia represiva estatal. Así lo interpretó el diputado liberal Arturo Alessandri Palma, quien en el debate de la Cámara de Diputados sostuvo que en Iquique no se había producido ningún acto que justificara reprimir y que la censura a la prensa decretada por el gobierno no era "sino miedo y cobardía". Era el miedo atávico de la clase dominante chilena a la sociedad popular. Pero la masacre no fue el resultado de un pánico descontrolado. La decisión de ametrallar a los huelguistas había sido adoptada previamente en caso de que éstos se negaran a abandonar la escuela. Como lo reconociera en la Cámara el ministro del Interior, Rafael Sotomayor, los sucesos del 21 de diciembre "no fueron debidos a un acto de impremeditación, de culpable e inhumana ligereza. Cada una de las autoridades, en mérito de la magnitud de desgracias que podrían sobrevenir, (...) pesó muy bien sus resoluciones (...) y hubo de apelar a recursos extremos y dolorosos, pero que las difíciles circunstancias hacían, por desgracia, inevitables".

La "guerra preventiva" 

Aunque pacífico, el desafío del movimiento obrero era intolerable para el poder civil y militar: "Había que obrar o retirarse dejando sin cumplir las órdenes de la autoridad", declaró Silva Renard. Y agregó: "Había que derramar la sangre de algunos amotinados o dejar la ciudad entregada a la magnanimidad de los facciosos que colocan sus intereses, sus jornales, sobre los grandes intereses de la patria. Ante el dilema, las fuerzas de la Nación no vacilaron"

Se trató, en suma, de una acción puntual de "guerra preventiva" contra los trabajadores. Más que una amenaza en sí misma, la "huelga grande" tarapaqueña era un peligro latente por el mal ejemplo que podía proyectar una actitud de debilidad del Estado y los patrones. El leit motiv de las autoridades era el mantenimiento del orden público supuestamente amenazado por los huelguistas. El propio ministro del Interior confesó haber instruido a las autoridades locales acerca de "la necesidad de hacer respetar el orden público cualquiera que fuese el sacrificio que ello importara, por doloroso que fuera el procedimiento que se impusiera"

Populismo, un arma eficaz 

La matanza de la escuela Santa María de Iquique fue la expresión más cínica del orden oligárquico que reinaba en Chile a comienzos del siglo XX. Pocas veces en la historia del país el poder se mostraría tan al desnudo como en aquella oportunidad. En los años posteriores a estos sucesos el conflicto entre las clase sociales se agudizó. Los trabajadores más avanzados comenzaron a percibir más claramente que el Estado estaba del lado de los patrones y que por eso, junto con fortalecer la autonomía y unidad de sus organizaciones sociales, debían enfrentar a la burguesía más allá del terreno laboral. Así nacieron el Partido Obrero Socialista (1912), la anarcosindicalista Federación Obrera Regional de Chile (1913) y rama chilena de la Industrial Workers of the World (1919), de orientación igualmente anarcosindicalista. 

Por su parte, la burguesía aceleró su toma de conciencia acerca de la necesidad de emplear prioritariamente las armas de la política -leyes sociales, políticas asistenciales, diálogo y cooptación- para hacer frente al movimiento obrero. El populismo sería más eficaz para frenar la contestación social que la represión ciega. La "guerra preventiva" quedaría como reserva estratégica en caso de nueva necesidad. De este modo, la matanza de la escuela Santa María sirvió para que todos los actores del drama social chileno de comienzos del siglo XX rediseñaran sus estrategias para las batallas por venir.

Fuente. Artículo de Sergio Grez. Le Monde Diplomatique, Edición Chilena, N° 102, Diciembre 2007

Iquique de Luto


La brutalidad utilizada durante la masacre en la Escuela Santa María de Iquique -en 1907- silenció al incipiente movimiento obrero por más de una década. Aquel sangriento episodio, que duró apenas cuatro minutos, dejó un saldo de alrededor de 2.000 muertos.

Los ánimos en la pampa nortina estaban intranquilos. Los cansados obreros del salitre habían paralizado los trabajos para hacer valer sus demandas. Todos los días, desde el amanecer hasta el ocaso, bajo el sofocante sol, los trabajadores sacaban, seleccionaban y cargaban aquel preciado metal. No querían recibir más salarios en fichas que los obligaban a comprar en los almacenes del lugar. Pedían indemnizaciones, escuelas nocturnas obreras y que no se tomaran represalias por las nuevas peticiones.

La huelga comenzó con los operarios del ferrocarril salitrero y terminó por extenderse rápidamente a 30 oficinas cercanas a Iquique. Luego, se inicia un éxodo de los huelguistas, desde las pampas hacia el puerto. Allí se reúnen en la Escuela Santa María, frente a la pequeña plaza Manuel Montt. Pasan los días y los trabajadores siguen llegando hasta sumar aproximadamente 10 mil. La tensión iba en aumento.

Los dueños de las salitreras -en su mayoría ingleses- no estaban dispuestos a ceder. No titubearon en utilizar sus contactos con el gobierno y en presionar a los trabajadores amenazándolos con que perderían sus trabajos si no retornaban a sus faenas.

El presidente Pedro Montt decidió enviar a Iquique -desde Valparaíso- tres regimientos y dos cruceros, "Esmeralda" y "Zenteno". A cargo de la misión quedaron los militares: el general Roberto Silva Renard y el coronel Sinforoso Ledesma.

A su llegada a Iquique, el 19 de diciembre, los militares fueron recibidos como héroes, pues los obreros creían que venían a mediar en el conflicto. No fue así, porque los dueños de las salitreras no estaban dispuestos a iniciar conversaciones si los trabajadores no regresaban a sus obras.

La ciudad estaba paralizada. El general Silva Renard quiso restablecer el orden en Iquique y para ello pidió a los pampinos que desalojaran el lugar. Los trabajadores se negaron a moverse.

Al día siguiente, sábado 21, el general Silva Renard advirtió que si no salían del edificio ordenaría disparar. Los trabajadores no obedecieron. Cuando faltaban 15 minutos para las 4 de la tarde, Silva dio la orden de romper fuego. "De pie, serenos, recibieron la descarga. Como heridos del rayo cayeron todos y sobre ellos se desplomó la gran bandera", relató el escritor Nicolás Palacios. El sangriento episodio no duró más de cuatro minutos.

Primero, los soldados que apuntaban sus rifles desde la plaza dispararon a los 30 o 40 dirigentes que se encontraban en el balcón. Luego, se ordenó el fuego por los patios y las salas. Dos ametralladoras del "Esmeralda" apuntaban hacia la Escuela. Se acribilló, incluso, a mujeres y niños que suplicaron clemencia. Después vino el silencio.

El informe oficial dio cuenta de 140 muertos. La revista The Economist, en Londres, informó de 500. La brutalidad del ataque adormeció al movimiento obrero durante una década. Recién en 1917 renacieron los conflictos laborales y la agitación revolucionaria.

El movimiento obrero en Chile


A fines del siglo XIX y principios del XX, sectores de la propia clase dominante chilena reconocían la existencia de la llamada "cuestión social" en Chile. El hacinamiento urbano generado por el incipiente desarrollo capitalista en el país, simbolizado en los conventillos y ranchos en donde habitaban los sectores populares recién emigrados del campo, era sólo el símbolo de una situación más de fondo: el rápido proceso de acumulación capitalista, acelerado notablemente luego de la anexión de las regiones salitreras a Chile, si bien generaba enorme riqueza para la minoría oligárquica, destruía las tradicionales formas de vida de la mayoría de la población chilena.

En el Norte Grande los trabajadores de la pampa, si bien beneficiados por salarios más altos que los existentes en la Zona Central, se veían sometidos a arbitrariedades y abusos que incubaban el descontento. El salario no era cancelado con dinero sino en fichas, que sólo podían ser utilizadas en la oficina en donde trabajaban; los hirvientes "cachuchos", en donde se refinaba el caliche para extraer el salitre, solían convertirse en lugares donde los pampinos encontraban horrible muerte; los estibadores del puerto eran forzados a cargar pesadas cargas de salitre, entre otras problemáticas.

En el marco de la indiferencia oligárquica, no debe extrañar la aparición de la protesta social representadas por huelgas. En 1890 estalló la primera huelga general de la historia de Chile, iniciada por los trabajadores del puerto de Iquique y que escalonadamente se extendió al resto del país. En las décadas siguientes, numerosos movimientos de protesta sacudieron a todo Chile.

Dirigidos por anarquistas, socialistas y dirigentes sindicales proletarios, la época comprendida entre los últimos años del siglo XIX y la década de 1920, ha sido llamada "el período heroico" del movimiento popular chileno. En efecto, ante una clase dominante que mayoritariamente desconoció la existencia de la "cuestión social" y que utilizó básicamente la represión para detener el descontento social. Miles de hombres, mujeres y niños fueron asesinados por la metralla de los gobiernos oligárquicos. Famosa es la llamada Matanza de la Escuela Santa María en Iquique (1907), los cuales se repitieron posteriormente en San Gregorio (1921) y La Coruña (1925).

Pero otras movilizaciones populares fueron reprimidas de manera igualmente sanguinaria, como la de Valparaíso (1903), la "Huelga de la Carne" de Santiago (1905), entre otras. Asimismo, masivas movilizaciones sacudieron Chile en aquellos años, como las protagonizadas en Santiago por la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional entre 1918 y 1919. En ellas, miles de personas -entre 60 y 100 mil- se manifestaron contra las alzas de precios de los productos básicos y el flagelo del hambre.

El anarquismo y el socialismo fueron las ideologías que animaron este período de luchas sociales. El anarquismo comenzó a desarrollarse especialmente durante la década de 1900 y se caracterizó por sus diversas corrientes, pero la que tuvo mayor influencia en Chile fue el anarco-sindicalismo. Este repudiaba la intervención de las organizaciones populares en la política parlamentaria y oligárquica, por lo que nunca se presentaron a las elecciones a regidores o diputados. Consideraban que el arma fundamental de lucha de los trabajadores era la huelga, la cual promovían por medio de las Sociedades de Resistencia, las que agitaban los movimientos de paralización laboral mientras estos transcurrían.

Por otra parte, los anarquistas crearon los "Centros de Estudios Sociales", en donde promovían la educación de los trabajadores, como forma de generar conciencia entre éstos. Hacia fines de la década de 1910 se conformó la International World Workers (IWW), que encabezó numerosas movilizaciones populares y representó un momento de mayor desarrollo de las ideas anarquistas en Chile. Tuvieron influencia, especialmente, entre los trabajadores portuarios y las organizaciones de artesanos.

Por su parte, el socialismo tuvo en Luis Emilio Recabarren a su principal dirigente. Tipógrafo de oficio y militante del Partido Democrático desde la última década del siglo XIX, se le considera el fundador del movimiento obrero chileno. Decepcionado de la línea de su partido, fundó en junio de 1912 el Partido Obrero Socialista (POS), considerado el primer partido obrero chileno. Años más tarde, en 1922, el POS cambió su nombre por Partido Comunista de Chile.

La labor de Recabarren fue multifacética. Entroncado con las tradiciones mutualistas del movimiento popular, fue un entusiasta promotor de la "regeneración del pueblo". Promovió la educación popular, contribuyendo con ella a través de charlas que daba para las organizaciones sociales a lo largo del país. Asimismo, fue un difusor de la prensa obrera, fundando numerosos periódicos, siendo el más conocido El Despertar de los Trabajadores, creado en Iquique y que fue la voz oficial del POS y la FOCh durante casi 15 años.

En sus numerosos escritos de prensa, junto con denunciar la explotación capitalista y las injusticias sociales en Chile, interpelaba al pueblo a autoeducarse y no dejarse arrastrar por los vicios sociales, especialmente el alcoholismo, los juegos de azar y la prostitución. Durante aquellos años se promocionó entre los integrantes de las organizaciones de trabajadores la creación de filarmónicas, bibliotecas y compañías de teatro.

Para "Don Reca", como le decían sus cercanos, la necesidad de dignificar a los trabajadores partía por la transformación individual. Por la dificultad que implicaba esta tarea, ganar conciencias no fue fácil, y muchas veces el líder obrero reclamó por la lentitud de los ritmos de la lucha contra las injusticias.

Otra tarea que impulsó Recabarren fue la lucha político-electoral. A diferencia de los anarquistas -con quienes tenía duras polémicas por este tema- era un convencido que la lucha electoral era un espacio que podía ser ocupado por los sectores populares para denunciar los abusos de los capitalistas. Electo diputado en 1906 por Antofagasta, cuando aun era militante del Partido Democrático, fue despojado de su cargo. Más tarde, fue candidato presidencial en 1920, cuando el populista Arturo Alessandri Palma, logró concitar el apoyo popular. Solo en 1921 logró ser electo diputado por el POS, junto al dirigente Luis Víctor Cruz.

La lucha sindical fue otro espacio fundamental en donde Recabarren y su generación desarrolló su quehacer político-social. En la década de 1900, la actividad de las mancomunales fue decisiva para la creación de conciencia de clase entre los trabajadores organizados. Junto con la creación y colaboración con cientos de sindicatos, un aporte decisivo fue la transformación de la Gran Federación de Obreros de Chile, de origen mutualista, en la Federación Obrera de Chile (FOCh), que en 1919 se declaró partidaria de sustituir el capitalismo por el socialismo. De esta manera, el movimiento sindical adquirió una connotación revolucionaria, que buscaba un sistema político alternativo al instaurado por las clases dominantes.

El conjunto de movilizaciones que agitaron la segunda década del siglo XX, unido a una crisis económica generada por los cambiantes precios del salitre, provocaron que alrededor de 1920 se creara un indesmentible clima de crisis nacional. Era la constatación que el régimen dominante en Chile vivía sus últimos días. Reforma o revolución serían las alternativas que coparon la agenda política chilena durante la década de los años 20.

Fuente. Artículo de Rolando Álvarez, Especial Santa María de Iquique, Diario El Siglo, diciembre 2007