diciembre 21, 2007

Sergio Grez - El "respeto del orden público"...


El 21 de diciembre de 1907, en Iquique, puerto del extremo norte de Chile, centenares de trabajadores chilenos, peruanos y bolivianos fueron masacrados por el Ejército y la Armada chilena en las puertas de la escuela Santa María. El gobierno oligárquico chileno ahogó en sangre la "huelga grande" de la provincia de Tarapacá, un movimiento social espontáneo, pero sustentado en organizaciones obreras que venían constituyéndose desde hacía tiempo. Algunos meses más tarde, en 1908, en Valparaíso nacía un tal Salvador Allende. 

En la minería del salitre, de la plata, del carbón y del cobre; en las actividades portuarias; en las fábricas de Santiago, Valparaíso, Viña del Mar, Concepción y otras ciudades, se estaba formando una clase obrera que empezaba a abrazar las ideologías de redención social del socialismo y del anarquismo. Ante la proliferación de sus huelgas y protestas, el Estado, preocupado por el mantenimiento del orden social, desde 1903 había respondido a las reivindicaciones proletarias con sucesivas masacres. La "cuestión social" ardía en Chile en vísperas del primer Centenario de su independencia nacional. 

En un contexto global de gran prosperidad de la clase dirigente y del Estado, la devaluación monetaria había bajado el valor de cambio del peso chileno de 18 a 7 peniques, encareciendo drásticamente el valor de los alimentos. No obstante la degradación de su nivel de vida y las duras condiciones de trabajo, las reivindicaciones del proletariado tarapaqueño a fines de 1907 eran más bien moderadas. Los obreros del salitre pedían pago en dinero legal y no en fichas-salario emitidas por las compañías, que sólo podían ser cambiadas por productos disponibles en las tiendas ("pulperías") de las mismas empresas a precios más elevados que en el mercado libre; libertad de comercio para evitar esos abusos; estabilidad en los salarios utilizando como norma el equivalente de 18 peniques por peso; protección en las faenas más peligrosas para evitar accidentes que causaban numerosos muertos; establecimiento de escuelas vespertinas para obreros financiadas por las empresas. Los trabajadores de Iquique -portuarios, ferroviarios y obreros fabriles- exigían alzas de sus magros salarios a fin de compensar la pérdida de su poder de compra por la devaluación monetaria. Casi todos -pampinos e iquiqueños- coincidían en exigir el cambio a 18 peniques. 

El 4 de diciembre se declararon en huelga en Iquique más de 300 trabajadores del ferrocarril salitrero y a los pocos días hicieron lo mismo los obreros portuarios y luego los de otras varias industrias. Pero la falta de coordinación entre los huelguistas y las concesiones de algunos empresarios erosionaban el movimiento. 

La situación cambió radicalmente en pocos días. El 10 de diciembre empezaron una huelga los obreros de la salitrera de San Lorenzo y dos días más tarde, ante la negativa de la empresa de acceder a sus peticiones, un puñado de esos operarios se dirigió a la salitrera más cercana, Santa Lucía, para paralizar sus faenas. El ejemplo fue imitado y así, recorriendo el desierto más árido del mundo, los obreros extendieron su movimiento. En los días siguientes más y más "oficinas" salitreras paralizaron sus faenas y los trabajadores concluyeron que para obtener respuesta a sus reivindicaciones debían bajar a Iquique, donde se encontraban los representantes de las compañías inglesas, chilenas, alemanas, españolas e italianas que explotaban con grandes beneficios la fabulosa riqueza del nitrato arrebatada por Chile a Perú y Bolivia durante la Guerra del Pacífico (1879-1883). 

La "única fuerza" del patrón

Luego de marchar toda la noche, el primer grupo de unos 2.000 obreros llegó Iquique al amanecer del domingo 15 de diciembre. El intendente provisional Julio Guzmán, que reemplazaba al renunciado Carlos Eastman, dialogó con los pampinos y con los representantes patronales. Guzmán trató de convencer a los obreros del salitre de que volvieran a la pampa, dejando en Iquique sólo a un comité para llevar las negociaciones. Pero como los trabajadores se negaron a hacerlo mientras sus reivindicaciones no fueran satisfechas, la autoridad no tuvo más remedio que alojarlos en la escuela Santa María. 

Entre tanto, miles de pampinos (algunos con sus mujeres e hijos) continuaban afluyendo en trenes y a pie a Iquique. Su presencia reanimó las huelgas de los obreros iquiqueños, que el 16 de diciembre fundieron su movimiento con el de los trabajadores del salitre, constituyendo un "Comité Central de la Pampa y el Puerto Unidos", como órgano conductor de todas las huelgas. Ese mismo día el gobierno del presidente Pedro Montt instruyó a las autoridades locales para que decretaran un virtual Estado de sitio e impidieran la bajada de más pampinos. Fuertes contingentes militares fueron enviados a Iquique. En una de las naves despachadas desde Valparaíso viajaron el intendente Carlos Eastman, reasumido en su cargo, y el general del ejército Roberto Silva Renard. 

Luego del desembarco -el 19 de diciembre- Eastman se entrevistó por separado con los líderes de la huelga y con los dirigentes de la Combinación Salitrera, organismo representativo de los capitalistas. Aunque los empresarios dijeron estar dispuestos a estudiar las peticiones obreras, se negaron a discutir bajo la presión de los huelguistas porque, según declararon, de hacerlo en esas condiciones "perderían el prestigio moral, el sentimiento de respeto que es la única fuerza del patrón respecto del obrero". El impasse se repetiría el 20 y el 21 de diciembre.

Furia represiva estatal

Ante el fracaso de todas sus tentativas de mediación, poco antes de las 14 horas del 21 de diciembre, Eastman transmitió por escrito al general Silva Renard la orden de desalojar la escuela Santa María, donde se encontraban unos 5.000 huelguistas, a los que se sumaban otros 2.000 más en la Plaza Montt, reunidos en meeting permanente frente a la escuela. Ante la negativa del Comité de huelga de evacuar el lugar y dirigirse al hipódromo, Silva Renard hizo avanzar dos ametralladoras, colocándolas frente a la escuela. Luego de media hora de infructuosas discusiones entre oficiales y dirigentes obreros, el general se retiró anunciando que haría uso de la fuerza. Sólo unos doscientos trabajadores abandonaron el lugar en medio de la rechifla de sus compañeros. 

A las 15.45 horas comenzó el fuego de ametralladoras y fusilería, que atravesaban los frágiles muros de madera de la escuela. Cientos de personas cayeron acribilladas. Cuando cesaron los disparos, la infantería entró a la escuela descargando sus armas sobre los obreros. Los que huían eran lanceados por soldados a caballo. Después de varios minutos infernales, los detenidos -unas 6.000 a 7.000 personas- fueron arreados hacia el Hipódromo por la soldadesca, que perpetró nuevos asesinatos. 

Aunque el gobierno reconoció sólo 126 muertos y 135 heridos, la prensa obrera y diversos testigos elevaron varias veces esa cantidad. Las autoridades provinciales organizaron rápidamente el retorno de los pampinos a sus lugares de trabajo y el gobierno central puso algunos barcos a la disposición de quienes desearan trasladarse al centro del país. Paralelamente, se decretó censura de prensa, se desató una cacería de los dirigentes obreros -especialmente anarquistas- que habían logrado escapar y se produjeron numerosas detenciones. 

La "huelga grande" de Tarapacá había sido ahogada en sangre por el Estado, sin que mediara violencia alguna de parte de los trabajadores. La masacre de la escuela Santa María de Iquique se recordaría como la página más negra de la historia del movimiento obrero chileno, hasta el golpe de Estado de 1973. 

El general Silva Renard justificaría su acción diciendo que, convencido de que "no era posible esperar más tiempo sin comprometer el respeto y prestigio de las autoridades y fuerza pública" había ordenado hacer fuego. Pero según se deduce de su informe al gobierno, los huelguistas no habrían representado un peligro para la seguridad pública sino, simplemente, un desafío al poder de las autoridades. 

El temor a los trabajadores fue el elemento clave en el desencadenamiento de la furia represiva estatal. Así lo interpretó el diputado liberal Arturo Alessandri Palma, quien en el debate de la Cámara de Diputados sostuvo que en Iquique no se había producido ningún acto que justificara reprimir y que la censura a la prensa decretada por el gobierno no era "sino miedo y cobardía". Era el miedo atávico de la clase dominante chilena a la sociedad popular. Pero la masacre no fue el resultado de un pánico descontrolado. La decisión de ametrallar a los huelguistas había sido adoptada previamente en caso de que éstos se negaran a abandonar la escuela. Como lo reconociera en la Cámara el ministro del Interior, Rafael Sotomayor, los sucesos del 21 de diciembre "no fueron debidos a un acto de impremeditación, de culpable e inhumana ligereza. Cada una de las autoridades, en mérito de la magnitud de desgracias que podrían sobrevenir, (...) pesó muy bien sus resoluciones (...) y hubo de apelar a recursos extremos y dolorosos, pero que las difíciles circunstancias hacían, por desgracia, inevitables".

La "guerra preventiva" 

Aunque pacífico, el desafío del movimiento obrero era intolerable para el poder civil y militar: "Había que obrar o retirarse dejando sin cumplir las órdenes de la autoridad", declaró Silva Renard. Y agregó: "Había que derramar la sangre de algunos amotinados o dejar la ciudad entregada a la magnanimidad de los facciosos que colocan sus intereses, sus jornales, sobre los grandes intereses de la patria. Ante el dilema, las fuerzas de la Nación no vacilaron"

Se trató, en suma, de una acción puntual de "guerra preventiva" contra los trabajadores. Más que una amenaza en sí misma, la "huelga grande" tarapaqueña era un peligro latente por el mal ejemplo que podía proyectar una actitud de debilidad del Estado y los patrones. El leit motiv de las autoridades era el mantenimiento del orden público supuestamente amenazado por los huelguistas. El propio ministro del Interior confesó haber instruido a las autoridades locales acerca de "la necesidad de hacer respetar el orden público cualquiera que fuese el sacrificio que ello importara, por doloroso que fuera el procedimiento que se impusiera"

Populismo, un arma eficaz 

La matanza de la escuela Santa María de Iquique fue la expresión más cínica del orden oligárquico que reinaba en Chile a comienzos del siglo XX. Pocas veces en la historia del país el poder se mostraría tan al desnudo como en aquella oportunidad. En los años posteriores a estos sucesos el conflicto entre las clase sociales se agudizó. Los trabajadores más avanzados comenzaron a percibir más claramente que el Estado estaba del lado de los patrones y que por eso, junto con fortalecer la autonomía y unidad de sus organizaciones sociales, debían enfrentar a la burguesía más allá del terreno laboral. Así nacieron el Partido Obrero Socialista (1912), la anarcosindicalista Federación Obrera Regional de Chile (1913) y rama chilena de la Industrial Workers of the World (1919), de orientación igualmente anarcosindicalista. 

Por su parte, la burguesía aceleró su toma de conciencia acerca de la necesidad de emplear prioritariamente las armas de la política -leyes sociales, políticas asistenciales, diálogo y cooptación- para hacer frente al movimiento obrero. El populismo sería más eficaz para frenar la contestación social que la represión ciega. La "guerra preventiva" quedaría como reserva estratégica en caso de nueva necesidad. De este modo, la matanza de la escuela Santa María sirvió para que todos los actores del drama social chileno de comienzos del siglo XX rediseñaran sus estrategias para las batallas por venir.

Fuente. Artículo de Sergio Grez. Le Monde Diplomatique, Edición Chilena, N° 102, Diciembre 2007

Iquique de Luto


La brutalidad utilizada durante la masacre en la Escuela Santa María de Iquique -en 1907- silenció al incipiente movimiento obrero por más de una década. Aquel sangriento episodio, que duró apenas cuatro minutos, dejó un saldo de alrededor de 2.000 muertos.

Los ánimos en la pampa nortina estaban intranquilos. Los cansados obreros del salitre habían paralizado los trabajos para hacer valer sus demandas. Todos los días, desde el amanecer hasta el ocaso, bajo el sofocante sol, los trabajadores sacaban, seleccionaban y cargaban aquel preciado metal. No querían recibir más salarios en fichas que los obligaban a comprar en los almacenes del lugar. Pedían indemnizaciones, escuelas nocturnas obreras y que no se tomaran represalias por las nuevas peticiones.

La huelga comenzó con los operarios del ferrocarril salitrero y terminó por extenderse rápidamente a 30 oficinas cercanas a Iquique. Luego, se inicia un éxodo de los huelguistas, desde las pampas hacia el puerto. Allí se reúnen en la Escuela Santa María, frente a la pequeña plaza Manuel Montt. Pasan los días y los trabajadores siguen llegando hasta sumar aproximadamente 10 mil. La tensión iba en aumento.

Los dueños de las salitreras -en su mayoría ingleses- no estaban dispuestos a ceder. No titubearon en utilizar sus contactos con el gobierno y en presionar a los trabajadores amenazándolos con que perderían sus trabajos si no retornaban a sus faenas.

El presidente Pedro Montt decidió enviar a Iquique -desde Valparaíso- tres regimientos y dos cruceros, "Esmeralda" y "Zenteno". A cargo de la misión quedaron los militares: el general Roberto Silva Renard y el coronel Sinforoso Ledesma.

A su llegada a Iquique, el 19 de diciembre, los militares fueron recibidos como héroes, pues los obreros creían que venían a mediar en el conflicto. No fue así, porque los dueños de las salitreras no estaban dispuestos a iniciar conversaciones si los trabajadores no regresaban a sus obras.

La ciudad estaba paralizada. El general Silva Renard quiso restablecer el orden en Iquique y para ello pidió a los pampinos que desalojaran el lugar. Los trabajadores se negaron a moverse.

Al día siguiente, sábado 21, el general Silva Renard advirtió que si no salían del edificio ordenaría disparar. Los trabajadores no obedecieron. Cuando faltaban 15 minutos para las 4 de la tarde, Silva dio la orden de romper fuego. "De pie, serenos, recibieron la descarga. Como heridos del rayo cayeron todos y sobre ellos se desplomó la gran bandera", relató el escritor Nicolás Palacios. El sangriento episodio no duró más de cuatro minutos.

Primero, los soldados que apuntaban sus rifles desde la plaza dispararon a los 30 o 40 dirigentes que se encontraban en el balcón. Luego, se ordenó el fuego por los patios y las salas. Dos ametralladoras del "Esmeralda" apuntaban hacia la Escuela. Se acribilló, incluso, a mujeres y niños que suplicaron clemencia. Después vino el silencio.

El informe oficial dio cuenta de 140 muertos. La revista The Economist, en Londres, informó de 500. La brutalidad del ataque adormeció al movimiento obrero durante una década. Recién en 1917 renacieron los conflictos laborales y la agitación revolucionaria.

El movimiento obrero en Chile


A fines del siglo XIX y principios del XX, sectores de la propia clase dominante chilena reconocían la existencia de la llamada "cuestión social" en Chile. El hacinamiento urbano generado por el incipiente desarrollo capitalista en el país, simbolizado en los conventillos y ranchos en donde habitaban los sectores populares recién emigrados del campo, era sólo el símbolo de una situación más de fondo: el rápido proceso de acumulación capitalista, acelerado notablemente luego de la anexión de las regiones salitreras a Chile, si bien generaba enorme riqueza para la minoría oligárquica, destruía las tradicionales formas de vida de la mayoría de la población chilena.

En el Norte Grande los trabajadores de la pampa, si bien beneficiados por salarios más altos que los existentes en la Zona Central, se veían sometidos a arbitrariedades y abusos que incubaban el descontento. El salario no era cancelado con dinero sino en fichas, que sólo podían ser utilizadas en la oficina en donde trabajaban; los hirvientes "cachuchos", en donde se refinaba el caliche para extraer el salitre, solían convertirse en lugares donde los pampinos encontraban horrible muerte; los estibadores del puerto eran forzados a cargar pesadas cargas de salitre, entre otras problemáticas.

En el marco de la indiferencia oligárquica, no debe extrañar la aparición de la protesta social representadas por huelgas. En 1890 estalló la primera huelga general de la historia de Chile, iniciada por los trabajadores del puerto de Iquique y que escalonadamente se extendió al resto del país. En las décadas siguientes, numerosos movimientos de protesta sacudieron a todo Chile.

Dirigidos por anarquistas, socialistas y dirigentes sindicales proletarios, la época comprendida entre los últimos años del siglo XIX y la década de 1920, ha sido llamada "el período heroico" del movimiento popular chileno. En efecto, ante una clase dominante que mayoritariamente desconoció la existencia de la "cuestión social" y que utilizó básicamente la represión para detener el descontento social. Miles de hombres, mujeres y niños fueron asesinados por la metralla de los gobiernos oligárquicos. Famosa es la llamada Matanza de la Escuela Santa María en Iquique (1907), los cuales se repitieron posteriormente en San Gregorio (1921) y La Coruña (1925).

Pero otras movilizaciones populares fueron reprimidas de manera igualmente sanguinaria, como la de Valparaíso (1903), la "Huelga de la Carne" de Santiago (1905), entre otras. Asimismo, masivas movilizaciones sacudieron Chile en aquellos años, como las protagonizadas en Santiago por la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional entre 1918 y 1919. En ellas, miles de personas -entre 60 y 100 mil- se manifestaron contra las alzas de precios de los productos básicos y el flagelo del hambre.

El anarquismo y el socialismo fueron las ideologías que animaron este período de luchas sociales. El anarquismo comenzó a desarrollarse especialmente durante la década de 1900 y se caracterizó por sus diversas corrientes, pero la que tuvo mayor influencia en Chile fue el anarco-sindicalismo. Este repudiaba la intervención de las organizaciones populares en la política parlamentaria y oligárquica, por lo que nunca se presentaron a las elecciones a regidores o diputados. Consideraban que el arma fundamental de lucha de los trabajadores era la huelga, la cual promovían por medio de las Sociedades de Resistencia, las que agitaban los movimientos de paralización laboral mientras estos transcurrían.

Por otra parte, los anarquistas crearon los "Centros de Estudios Sociales", en donde promovían la educación de los trabajadores, como forma de generar conciencia entre éstos. Hacia fines de la década de 1910 se conformó la International World Workers (IWW), que encabezó numerosas movilizaciones populares y representó un momento de mayor desarrollo de las ideas anarquistas en Chile. Tuvieron influencia, especialmente, entre los trabajadores portuarios y las organizaciones de artesanos.

Por su parte, el socialismo tuvo en Luis Emilio Recabarren a su principal dirigente. Tipógrafo de oficio y militante del Partido Democrático desde la última década del siglo XIX, se le considera el fundador del movimiento obrero chileno. Decepcionado de la línea de su partido, fundó en junio de 1912 el Partido Obrero Socialista (POS), considerado el primer partido obrero chileno. Años más tarde, en 1922, el POS cambió su nombre por Partido Comunista de Chile.

La labor de Recabarren fue multifacética. Entroncado con las tradiciones mutualistas del movimiento popular, fue un entusiasta promotor de la "regeneración del pueblo". Promovió la educación popular, contribuyendo con ella a través de charlas que daba para las organizaciones sociales a lo largo del país. Asimismo, fue un difusor de la prensa obrera, fundando numerosos periódicos, siendo el más conocido El Despertar de los Trabajadores, creado en Iquique y que fue la voz oficial del POS y la FOCh durante casi 15 años.

En sus numerosos escritos de prensa, junto con denunciar la explotación capitalista y las injusticias sociales en Chile, interpelaba al pueblo a autoeducarse y no dejarse arrastrar por los vicios sociales, especialmente el alcoholismo, los juegos de azar y la prostitución. Durante aquellos años se promocionó entre los integrantes de las organizaciones de trabajadores la creación de filarmónicas, bibliotecas y compañías de teatro.

Para "Don Reca", como le decían sus cercanos, la necesidad de dignificar a los trabajadores partía por la transformación individual. Por la dificultad que implicaba esta tarea, ganar conciencias no fue fácil, y muchas veces el líder obrero reclamó por la lentitud de los ritmos de la lucha contra las injusticias.

Otra tarea que impulsó Recabarren fue la lucha político-electoral. A diferencia de los anarquistas -con quienes tenía duras polémicas por este tema- era un convencido que la lucha electoral era un espacio que podía ser ocupado por los sectores populares para denunciar los abusos de los capitalistas. Electo diputado en 1906 por Antofagasta, cuando aun era militante del Partido Democrático, fue despojado de su cargo. Más tarde, fue candidato presidencial en 1920, cuando el populista Arturo Alessandri Palma, logró concitar el apoyo popular. Solo en 1921 logró ser electo diputado por el POS, junto al dirigente Luis Víctor Cruz.

La lucha sindical fue otro espacio fundamental en donde Recabarren y su generación desarrolló su quehacer político-social. En la década de 1900, la actividad de las mancomunales fue decisiva para la creación de conciencia de clase entre los trabajadores organizados. Junto con la creación y colaboración con cientos de sindicatos, un aporte decisivo fue la transformación de la Gran Federación de Obreros de Chile, de origen mutualista, en la Federación Obrera de Chile (FOCh), que en 1919 se declaró partidaria de sustituir el capitalismo por el socialismo. De esta manera, el movimiento sindical adquirió una connotación revolucionaria, que buscaba un sistema político alternativo al instaurado por las clases dominantes.

El conjunto de movilizaciones que agitaron la segunda década del siglo XX, unido a una crisis económica generada por los cambiantes precios del salitre, provocaron que alrededor de 1920 se creara un indesmentible clima de crisis nacional. Era la constatación que el régimen dominante en Chile vivía sus últimos días. Reforma o revolución serían las alternativas que coparon la agenda política chilena durante la década de los años 20.

Fuente. Artículo de Rolando Álvarez, Especial Santa María de Iquique, Diario El Siglo, diciembre 2007

octubre 11, 2007

Los niños-soldados de 1879

Con la ilusión de tener grandes aventuras, recibir alguna paga o por el simple orgullo de defender al país, cerca de 500 niños se enrolaron en el ejército chileno para luchar en la Guerra del Pacífico. Abandonaron sus hogares, dejaron sus colegios y marcharon al norte cargando tambores y cornetas. En el fragor del combate dispararon y murieron. Algunos tenían apenas 10 años. Son los niños olvidados del 79.

El 23 de junio de 1879 Valparaíso era un carnaval. Enormes multitudes, sin discriminación de clases ni edades, esperaban con ansias el arribo de la Covadonga que acababa de derrotar al acorazado peruano Independencia. Cuando el capitán Carlos Condell junto a su tripulación pisaron tierra firme el júbilo de la población era indescriptible. Los hombres que habían partido como simples mortales fueron recibidos como divinidades.

En el muelle, asomando su cabeza entre la multitud, un niño de mirada ávida, observa el episodio. Se llamaba Arturo Benavides y apenas tenía 14 años.

"La emoción que experimenté no la sé describir, creí que llegaba un semidios. En ese instante resolví ser soldado, aún contrariando a mi padre, a quien tanto respetaba, y a mi madre a quien amaba con veneración", escribió años más tarde en sus memorias.

Fue así como Arturo Benavides abandonó el primer año de humanidades en la escuela superior de Valparaíso y se alistó en el Batallón Lautaro. Su padre tuvo que resignarse. Antes que su vástago se marchara le advirtió: "espero que cumplas siempre con tu deber, aunque te cueste la vida". Benavides tuvo suerte. Seis años más tarde regresó a Valparaíso y se transformó, a sus cortos 20 años, en un veterano más de la Guerra del Pacífico.

Como Benavides, muchos otros niños terminaron por enrolarse en las filas del Ejército. La efervescencia patriótica de aquellos años, estimulada por pregoneros de plazas públicas que narraban los acontecimientos de la guerra, insuflaba sueños de aventura y heroísmo. "Cuando se declaró la guerra al Perú y Bolivia el entusiasmo fue desbordante. Los alumnos del liceo y la escuela superior corríamos en grupo de la intendencia a los cuarteles", recuerda Benavides en su libro "Seis años de vacaciones".

Algunos muchachos, que no contaban con el permiso de sus padres, optaban por fugarse. "De la manera más sencilla del mundo, llegan a bordo como quien va a despedirse de sus camaradas, se mezclan en la apiñada tropa y se calan el uniforme militar de repuesto que lleva el soldado", narra Justo Rosales en "Mi campaña al Perú".

Un caso de esos fue Emilio Quintana, tambor del Batallón Caupolicán de apenas 12 años, que se enroló en 1880 sin el consentimiento de sus padres. Éstos recurrieron a las autoridades para exigir el retorno de su hijo. El Ejército optó por devolverlo.

La instrucción cívico-militar impartida en las escuelas tuvo un rol importante en el alistamiento de los pequeños soldados. Jugar a la guerra, en aquella época, era una práctica habitual en los establecimientos escolares. Arturo Benavides recuerda que en el colegio "tenía organizada una compañía de infantería, un sargento del regimiento de Marina era instructor militar... a modo de verdadera arma usábamos un riflecito de madera y como uniforme una gorra especial". Para la historiadora Deborah Rosende esta instrucción intentaba "crear un espíritu de responsabilidad respecto a la amenaza bélica, que permitió a los niños, no sólo soñar con la aventura del combate, sino que además los incentivó a que fuese su sistema de vida por siempre", asegura.

Por otra parte, la ley los acogía en el camino de las armas. Entre los 10 y 16 años podían enrolarse en las bandas de guerra, que acompañaban a las unidades en el frente de combate. Y después de los 16 podían cambiar el tambor por el fusil. Por supuesto, al disparar al enemigo no distinguía edades. Y debido al apremio bélico, muchos niños terminaron empuñando las armas con el mismo fervor que utilizaba los "riflecitos de madera" en el colegio.

Francotiradores y polizones

Al momento de la despedida muchos padres no se resignaron a que sus retoños emprendieran solos tamaña aventura y se enrolaron. Los progenitores de Marcos Ibarra tomaron esta opción. "Don Juan fue contratado por cinco años y doña Tomasa Díaz, la madre, viaja desempeñando el trabajo de lavandera", relata Víctor Köner en "Diario de campaña de un cirujano de ambulancia".

También hubo historias a la inversa, de hijos que seguían al padre a la batalla, como el caso de Manuel Baquedano. En los albores de la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana en 1838, se embarcó de polizón a los 14 años en el transporte "La Hermosa Chilena" siguiendo a su padre. Cuatro días después del zarpe fue descubierto y, desde entonces, enrolado en calidad de mascota.

Para muchos niños, y no pocos adultos, la guerra pudo haber significado algo más que un delirio patriótico. El dinero que recibía la tropa era poco y llegaba irregularmente, pero era más de lo que muchos ganaban como civiles.

Es innegable que la condición económica de los reclutados no era de las mejores, por lo que es posible que muchos de ellos se enrolaran por el interés de obtener un empleo con un sueldo medianamente decente que les permitiera subsistir a ellos y a sus familias en caso de muerte, afirma el historiador David Hume.

Puesto ya en el frente de guerra, no había distingos de edades y los niños pertenecientes a las bandas militares estaban expuestos constantemente al fuego enemigo. Su labor, según la historiadora Deborah Rosende, consistía en "alimentar el espíritu patriótico de los soldados y comunicar, bajo un sistema de señales y toques de guerra todo tipo de instrucciones militares". Para Marcelo Villalba, Director del Museo Virtual sobre la Guerra del Pacífico, "las opiniones de la época coinciden en que a los adultos les costaba alrededor de seis meses acostumbrarse a los sonidos de los toques de corneta, en cambio, los niños en poco más de dos semanas dominaban a la perfección los instrumentos".

Las primeras actividades bélicas en que se ven involucrados niños fueron los combates navales de Iquique y Punta Gruesa. Gaspar Cabrales, el corneta del regimiento de artillería de marina, fue una de las primeras víctimas documentadas. Junto a él murieron en la Esmeralda 30 grumetes, todos menores de 16 años. Entre ellos José Amigo, un pequeños de escasos 10 años, oriundo de San Javier de Loncomilla. También falleció en aquella gesta Gregorio Araya Aburto, quien ingresó a la Armada a la edad de 11 años y murió con apenas 16. Según los registros de ingreso a la institución, revelado por un estudio de Diego Grandón, el niño Araya "medía 1,37 mts de estatura, tenía el pelo negro, los ojos pardos, la nariz chata, los labios gruesos y las orejas de tamaño regular". Un retrato que hasta la fecha solo se conserva en papel impreso.

Arturo Olid, en tanto, tuvo mejor suerte pues sobrevivió al combate naval de Iquique. A los 13 años había abandonado sus estudios embarcándose en la goleta Covadonga como "aprendiz mecánico, a ración y sin sueldo". En el libro "Crónicas de Guerra", sus memorias póstumas, relata sus añoranzas de niño combatiente. "Cuando recordaba en medio de aquel caos guerrero la mansa y silenciosa tranquilidad de mi hogar... hubiera deseado volver al colegio".

Juan Bravo, compañero de Arturo Olid, se enroló en la Marina a los 12 años. Dos años después formaba parte de la Covadonga transformándose en uno de los héroes más precoces de la patria. Su participación en la batalla de Punta Gruesa fue decisiva. "Bravo debió haber sido el primer francotirador chileno. Aquella vez trepó hasta uno de los mástiles del barco y con certeros disparos empezó a eliminar a los servidores del cañón principal del buque enemigo hasta que nadie más se atrevió a utilizarlo. El comandante de la nave estaba tan exasperado que encalló la embarcación en unos roqueríos", asegura Marcelo Villalba.

Otro caso emblemático es el de Luis Cruz Martínez quien se enroló en el Batallón Curicó con sólo 14 años. Era tan esmirriado y bajo de estatura que apenas se podía el fusil. De ahí que sus camaradas de armas lo bautizaran como "el cabo tachuela". Nadie imaginaba que un año más tarde, en julio de 1882, su nombre ganaría fama tras la masacre ocurrida en el pueblo de La Concepción. Luego de más de 24 horas de resistencia, quedaron sólo 5 hombres vivos del destacamento chileno compuesto por 77 soldados. Entre ellos Cruz Martínez. El 10 de julio de aquel año, a las 9 de la mañana, perecieron los últimos sobrevivientes y junto a ellos, un niño de cinco años y un recién nacido. Sus cuerpos fueron mutilados y ensartados en picas.

Los relatos acerca de la participación de niños en la guerra fueron consignados por soldados mayores que apuntaban en sus bitácoras o en simples partes militares. Pascual Ahumada en su libro "Guerra del Pacífico" da cuenta de estos informes. En uno de ellos un oficial describe el ímpetu de un pequeño combatiente: "Un morenito de menos de 12 años, tambor de órdenes... replicó casi lloroso de despecho 'que no se le había dado arma alguna' e instantáneamente le vimos forcejeando con un paisano para quitarle el rifle... y una vez que consiguió arrebatarle y obtener con amenazas sus municiones, le vimos dirigirse al lugar en que evidentemente seguía combatiendo su batallón".

En otro parte de guerra, un oficial de apellido Barrientos destaca la certera puntería de un niño: "El grumete José Sepúlveda de 12 años de edad derribó a dos soldados enemigos... No puede exigirse mayor coraje, audacia y serenidad".

Desde tiempos de los espartanos hasta nuestros días los niños han engrosado el contingente de las milicias. Hasta el año 2006, según Naciones Unidas, alrededor de 300 mil menores eran reclutados, por voluntad o a la fuerza, para participar en algún conflicto bélico.

Durante la Guerra del Pacífico Chile movilizó un contingente de 70 mil soldados en sus filas. Según Enrique Cáceres Cuadra, historiador militar, si por cada batallón había al menos 10 niños pertenecientes a las bandas, el ejército chileno debe haber contado al menos con 500 menores. Una estadística que, hasta la fecha, no muchos historiadores se atreven a ratificar.

Fuente. Artículo de Claudio Pizarro, The Clinic (octubre 2007)

abril 08, 2007

Valdivia intenta conquistar el sur


A partir de ese momento, dos fueron las principales preocupaciones de Pedro de Valdivia: explorar los territorios que se encontraban hacia el sur y asegurar su condición de gobernador de Chile ante el rey. 

Varias fueron las expediciones que, por mar  tierra, comenzaron a explorar el territorio habitado por el pueblo mapuche. El hallazgo de lavaderos de oro, la cantidad de tierras cultivables y la mano de obra disponible en estas zonas -que estaban más pobladas-, llevaron a los españoles a insistir en la conquista del territorio, a pesar de la fuerte resistencia indígena.

Hacia fines de 1547, Valdivia decidió viajar a Perú dado que la guerra civil que allá ocurría ponía en riesgo su calidad de gobernador. Llegando a la capital virreinal se puso bajo las órdenes del representante del rey, quien intentaba sofocar la sublevación liderada por Gonzalo Pizarro y someter a los conquistadores al poder real. El importante papel jugado por Valdivia en la victoria de las fuerzas reales sobre los conquistadores leales a Pizarro le permitió recibir la confirmación real de su título de gobernador de Chile.

De vuelta a Santiago, Valdivia llevó adelante una política de fundación de fuertes y ciudades en la zona sur, que dio origen a las ciudades de Concepción, La Imperial, Angol, Villarrica y Valdivia, más los fuertes de Tucapel, Arauco y Purén. La creciente presencia hispana en el territorio mapuche intensificó la resistencia que éstos oponían a la conquista. Numerosas batallas se sucedieron a partir de 1550, muriendo en ella muchos españoles. A fines de 1553, el propio Valdivia encontró la muerte en la batalla de Tucapel.

La muerte de Valdivia no significó un cambio en la política de conquista de los españoles; éstos mantuvieron su decisión de dominar la zona sur, pese a que los levantamientos indígenas se hicieron cada vez más difíciles de contener. 

La muerte de Valdivia


Valdivia, como llevaba tan buen caballo, pudo pasar algo más adelante, siguiéndole un capellán que consigo traía, clérigo llamado el padre Pozo. Llegado a una ciénaga, atolló el caballo con él. Acudieron los indios que le estaban guardando, y como estaba en aquella necesidad fatigado, lo derribaron del caballo a lanzadas y golpes de macana. (...) Allí le trajeron a Valdivia su yanacona Agustinillo, el cual le quitó la celada. Viéndose con lengua les comenzó a hablar, diciéndoles que les sacaría los cristianos del reino y despoblaría las ciudades y daría dos mil ovejas si le daban la vida. Los indios, para darle a entender que no querían concierto ninguno, le hicieron pedazos al yanacona delante de el. Viendo el padre Pozo que no aprovechaban amonestaciones con aquellos bárbaros, hizo de dos pajas que par de sí halló una cruz, y persuadiéndole a bien morir, diciéndole muchas cosas de buen cristiano, pidiendo a Dios misericordia de sus culpas. Mientras en esto estaban, hicieron los indios un fuego delante de él, y con una cáscara de almejas de la mar, que ellos llaman pello en su lengua, le cortaron los lagartos de los brazos desde el codo a la muñeca; teniendo espadas, dagas y cuchillos con que poder hacerlo, no quisieron por darle mayor martirio, y los comieron asados en su presencia. Hechos otros vituperios lo mataron a él y al capellán, y la cabeza pusieron en una lanza juntamente con las demás de los cristianos, que no se les escapó ninguno. (...)


El cómo murió y de la manera que dicho tengo, yo me informé de un principal y señor del valle de Chile en Santiago, que se llama don Alonso y servía a Valdivia de guardarropa, que hablaba en lengua española, y de mucha razón que estuvo presente a todo, y escapó en hábito de indio de guerra sin ser conocido, y aquella noche llegó a la casa fuerte de Arauco y dio nueva de todo lo sucedido a los que en ella estaban, los cuales se fueron a la Concepción, que estaba de allí nueve leguas, antes que los indios les cerrasen el camino.


Pedro Mariño de Lobera. Crónica del Reyno de Chile.

Las dificultades de los primeros años de la Conquista

En un comienzo, los conquistadores recibieron la ayuda de los indígenas, que colaboraron en el asentamiento de la nueva ciudad, las tareas agrícolas y enseñaron a los españoles el lugar de donde sacaban oro (estero Marga Marga). Pero este panorama alentador pronto comenzó a cambiar, pues los indígenas, liderados por Michimalonko, cacique principal del valle de Aconcagua, se alzaron en contra de los invasores con la clara intención de expulsarlos del territorio. En este alzamiento asesinaron a los españoles que construían una nave con el objeto de mantener el contacto con el Perú, asaltaron los lavaderos de oro de Marga-Marga y, finalmente, atacaron la ciudad de Santiago el 11 de septiembre de 1541. En este combate, la ciudad fue incendiada, lo que significó la pérdida de todo lo construido hasta ese instante.

Arenga de Michimalonko en el segundo día de batalla tras el asalto a Santiago (1541)


Espantado estoy de que unos hombres tan valerosos como yo entendí que erades vosotros, hayais caído en tal infamia y deshonor (…) perdiendo vuestra reputación acerca de los cristianos, y aun de los mesmos de vuestra patria de entre los cuales yo os escogí, entendiendo que erades hombres y no gallinas, como la experiencia muestra con desengaño. Yo no sé, por cierto, que nueva cobardía se ha metido y apasionado de vosotros, que, habiendo resistido tan varonilmente a los quinientos hombres que entraron con el capitán don Diego de Almagro hasta hacerlo salir de nuestras tierras con el temor que nos tuvieron, estéis agora tan amilanados que os hayan hecho huir cuatro hombrecitos de mala muerte, cobrando ellos avilantez de ver tan en su punto vuestra cobardía.


En Mariño de Lobera, P. Crónica del Reyno de Chile.


Después del asalto, los indígenas se replegaron y mantuvieron la ciudad sitiada por casi dos años. Con la intención de terminar con esta miserable situación, Valdivia envió al norte a Alonso de Monroy, junto a otros cinco acompañantes en busca de ayuda. Sólo Monroy y uno de sus compañeros lograron el objetivo, consiguieron los pertrechos necesarios y regresaron a Chile acompañados de un nuevo contingente. La llegada del grupo, a fines de 1543, permitió a los habitantes de Santiago salir de la difícil situación en que se encontraban.

Para no sufrir nuevamente el aislamiento al que habían sido sometidos, Pedro de Valdivia planificó la fundación de una segunda ciudad que permitiera mantener el contacto entre Santiago y Perú. Así, a fines de 1544, se fundó La Serena.

Fundación de ciudades

Durante el proceso de conquista, cuando los españoles hicieron esfuerzos por establecerse en el territorio, viviendo los sobresaltos del enfrentamiento con los indígenas, la fundación de ciudades jugó un papel fundamental, pues éstas eran el centro del dominio español en una determinada región, desde donde se partía a dominar los territorios cercanos. Las ciudades se constituyeron en el símbolo de la estabilidad y la permanencia.

En un corto período, fueron muchas las ciudades fundadas, que abarcaron una considerable porción de terreno, si consideramos el pequeño grupo que formaban los españoles en medio de la población indígena.

abril 07, 2007

La conquista de Chile


La conquista de Chile no fue una tarea fácil. El primer intento, fracasado, fue el liderado por Diego de Almagro; a éste le siguió la expedición que llevó adelante Pedro de Valdivia que, si bien logró su objetivo de permanecer en la zona central de Chile, necesito de constante apoyo proveniente del Perú para sortear los difíciles primeros años de la naciente gobernación. Pero esto no fue suficiente para afianzar definitivamente la conquista del territorio, proceso que se prolongó hasta fines del siglo XVI.

Diego de Almagro había participado, junto a Francisco Pizarro, en la conquista de Perú, y desde ahí planificó la conquista de Chile. Con gran cantidad de recursos personales, y motivado por las extraordinarias noticias que hablaban de grandes riquezas al sur del Perú, el conquistador logró reunir un contingente cercano a 500 españoles, a los que se sumaron miles de indios de servicio.

Los expedicionarios salieron del Cuzco rumbo a Chile a mediados de 1535 y tuvieron un viaje dramático debido a los sufrimientos que padecieron al atravesar, desde el actual territorio argentino, la cordillera de los Andes. Una vez sorteado aquel obstáculo geográfico, entraron por primera vez en el actual territorio chileno en febrero de 1536, estableciéndose por algún tiempo en el valle de Copiapó para luego avanzar hacia el sur e instalarse en el valle de Aconcagua. Desde ahí, Almagro y su gente salieron en busca de las riquezas que los indígenas aseguraban que existían. Una de estas expediciones, la que iba al mando de Gómez de Alvarado, se enfrentó por vez primera, en las cercanías del río Itata, al pueblo mapuche, en la batalla de Reinowelén.


La realidad que Almagro y su gente vieron en Chile distaba mucho de lo que ellos buscaban. No encontraron oro, la tierra no estaba cultivada, los indígenas de la zona central parecían ser pocos y los que habitaban el sur estaban decididos a rechazar su presencia. Ante tales condiciones, decidieron volver a Perú.

Tiempo después, Pedro de Valdivia debió realizar esfuerzos extremos para organizar su proyecto de conquista, ya que la experiencia negativa de Almagro había infamado al territorio que se encontraba al sur del desierto de Atacama.

Pese a todo, Valdivia logró apertrechar a un pequeño grupo de españoles que se decidió a acompañarlo, y así en enero de 1540, salieron del Cuzco en dirección al sur unas 10-12 personas, con la esperanza de que en el camino se les unieran otras expediciones que volvían al Perú después del fracaso de sus empresas.

El pequeño grupo salió hacia el sur siguiendo la ruta del desierto, para evitar las penurias vividas por Almagro. Pero aquella ruta tampoco fue fácil, por la escasez de agua y alimento. Tal como lo había previsto Valdivia, dos importantes expediciones de conquistadores -encabezados por Francisco de Villagra y Francisco de Aguirre- se les unieron en Tarapacá y Atacama. Así, cuando la expedición de Valdivia llegó al valle de Copiapó, estaba compuesto aproximadamente por 150 españoles.

El año 1540, pocos días antes de Navidad, los conquistadores llegaron al valle del Mapocho, lugar que escogieron para asentarse. Al poco tiempo, el grupo mostró su voluntad de permanecer en el territorio, fundando el 12 de febrero de 1541 la ciudad de Santiago de Nueva Extremadura, que se convertiría en la base para realizar la conquista definitiva de la zona central de Chile.

Las motivaciones de la conquista


Desde el siglo XV, Europa comenzó a experimentar una serie de cambios sociales, políticos y económicos que anunciaban el fin del periodo medieval. Entre ellos, destaca la creciente actividad comercial, que fortaleció los contactos entre Oriente y Europa. Esta actividad comercial abrió nuevos horizontes a muchos europeos que la sociedad medieval condenaba a una vida carente de expectativas materiales.

Las ciudades italianas, que tenían una ubicación estratégica en el mar Mediterráneo, iban a la vanguardia de la floreciente actividad comercial, mientras otros Estados, como Portugal y España, se veían favorecidos y obligados a adquirir productos a través de numerosos intermediarios. Esta situación los obligó a buscar rutas alternativas para comerciar directamente con Oriente; entonces, comenzaron a explorar el océano Atlántico.

En este contexto se realizó el primer viaje de Cristóbal Colón, que cambió totalmente el curso de los acontecimientos, pues significó el encuentro con un continente hasta entonces desconocido para los europeos. A partir de este momento, decenas de expediciones comenzaron a zarpar desde Europa, siguiendo el camino trazado por Colón o las rutas abiertas en viajes posteriores. Navegantes y exploradores se arriesgaron en empresas absolutamente inciertas y peligrosas, motivados por el afán de fama y riqueza; ellos llevaron adelante el descubrimiento y la conquista de América.

La empresa de conquista española

Cada nuevo territorio en el que se establecían los conquistadores en América servía de base para la planificación de nuevas expediciones. Desde el Caribe salieron las expediciones que conquistaron México, y desde ahí, buena parte de las que recorrieron América Central y del Norte. Panamá se transformó también en un lugar de donde salieron importantes expediciones hacia Sudamérica, como la de Francisco Pizarro, que conquistó Perú, y desde ahí, aquellas que descubrieron y conquistaron Chile.

¿Cómo se organizaban las expediciones de conquista?

Cada empresa de conquista era organizada privadamente tanto en el reclutamiento del contingente humano como en su financiamiento, es decir, tanto los costos como los riesgos eran asumidos por los conquistadores. Sin embargo, esas expediciones se hacían en nombre de los reyes de España, a quienes el papa Alejandro VI les había donado los territorios ya descubiertos y por descubrir, con el fin de conquistarlos y evangelizarlos. Este documento o donación pontificia, conocida como Bula Intercaetera, estableció derechos respecto de las tierras ocupadas por los habitantes originarios y se transformó en el fundamento legal de la conquista.

Los reyes establecían los territorios que cada expedición podía conquistar, y entregaban atribuciones a quien comandaba la empresa. Los derechos y obligaciones de los expedicionarios se consagraban en documentos conocidos como capitulaciones, un contrato entre quien ejercía derechos soberanos sobre los territorios de América y quienes disponían de los recursos económicos y humanos para conquistarlos.


Sin embargo, muchas veces las expediciones se llevaron a cabo sin el consentimiento previo de la Corona. Una vez realizadas, y habiendo obtenido éxito en sus propósitos, quienes encabezaban estas empresas buscaban después el consentimiento real.

En las expediciones que vinieron a Chile, por ejemplo, Diego de Almagro obtuvo el permiso real para conquistar de Isabel de Portugal, esposa del emperador Carlos V, quien firmó en calidad de regente. Pedro de Valdivia, por su parte, llevó adelante su empresa por encargo de Francisco Pizarro, obteniendo con posterioridad la gobernación de los territorios conquistados.

marzo 17, 2007

Procesos y tendencias: América y Chile colonial

DESCUBRIMIENTO Y CONQUISTA

El arribo de Cristóbal Colón a América marcó un hito significativo para Europa. Los europeos se encontraron súbitamente ante un continente que les era completamente ajeno, habitado por millones de personas con una diversidad de culturas y cosmovisiones hasta entonces inimaginables. Por ello, se argumenta que Colón no solo descubrió una tierra, sino también un "problema" para los europeos: cómo asimilar este "Nuevo Mundo" a su realidad y comprensión preexistente.


Inmediatamente, se desató una exploración europea de América. A pesar de la vasta extensión territorial, la resistencia indígena y los limitados recursos técnicos de la época, lograron recorrer la mayor parte del continente en tan solo medio siglo. Esta exploración se rigió por principios clave—religiosos, políticos y económicos—que definirían la acción europea a lo largo de toda la conquista de los territorios y pueblos originarios.


Desde la perspectiva de los habitantes originarios de América, sin embargo, este proceso fue una catástrofe. Para quienes habían vivido en estas tierras durante milenios, la llegada europea no fue un descubrimiento, sino una invasión que desestructuró por completo sus modos de vida tradicionales. Además, desencadenó un violento periodo de conquista y colonización que, directa o indirectamente, causó la muerte de millones de indígenas.

EL NUEVO ORDEN COLONIAL

Tras el descubrimiento de América, los conquistadores buscaron interpretar el Nuevo Mundo basándose en sus propias referencias culturales. Una vez superada la fase inicial de conquista e imposición, se dio inicio al período colonial.


Durante la Colonia, se estableció un nuevo orden en América mediante el asentamiento territorial y la integración política, administrativa y económica con la metrópoli. De esta forma, gran parte del continente se incorporó al Imperio español, adoptando la estructura política de la monarquía y el orden religioso de la Iglesia Católica.


Un elemento fundamental para la colonización y la evangelización de los indígenas fue la fundación de ciudades. La ciudad, vista como el máximo símbolo de civilización, se convirtió tempranamente en la marca del asentamiento español. Su diseño característico, basado en el trazado de "damero" (similar a un tablero de ajedrez) que permitía la ubicación de todas las instituciones coloniales, es una particularidad que perdura en muchas ciudades latinoamericanas hasta hoy.

IDENTIDAD MESTIZA

El colonialismo, que se extendió durante siglos tras la conquista de América, transformó gradualmente la fisonomía del continente, dando lugar a una sociedad predominantemente mestiza. Este proceso no solo fusionó lo indígena y lo europeo, sino también los aportes de otros grupos étnicos que llegaron, como la numerosa población africana.


Este mestizaje, vivido en ocasiones como imposición violenta, aceptación o resistencia, tuvo un impacto profundo en sus protagonistas, quienes dejaron atrás sus identidades originales (españoles e indígenas) para conformar una nueva. Esto se conoce como sincretismo: la combinación de dos o más elementos (principalmente culturales) que resulta en una síntesis diferente que mantiene la esencia de sus componentes. Abordar el mestizaje desde esta perspectiva es valioso porque, además de destacar la combinación, permite reconocer y apreciar los diversos orígenes.


A nivel de estructura social, la mezcla de razas y etnias del período colonial resultó en la formación de numerosas castas, definidas como grupos de individuos con características (físicas y culturales) distintivas. Estas diferencias fueron la base de una sociedad de tipo estamental.


No fue sino hasta finales del siglo XVIII que el sentimiento de identificación con lo americano cobró relevancia. En ese momento, los criollos (descendientes de españoles nacidos en América) comenzaron a reconocer su identidad particular, tanto dentro del continente como en su relación con España.

ACTIVIDAD AGRARIA Y MINERA

Aunque la colonización tuvo un inicio urbano, la vida colonial se caracterizó por ser predominantemente rural. Esto se debió a la importancia de las actividades económicas de extracción y producción de materias primas, principalmente la minería y la agricultura.


Para organizar estas actividades productivas, se estableció tempranamente el sistema de encomiendas. Mediante una encomienda, una persona (el encomendero) recibía la concesión de un grupo de indígenas para usufructuar de su trabajo (encomienda de servicios) o de un tributo fijado por la autoridad (encomienda de tributo). A cambio, el encomendero tenía la obligación de asegurar y costear la protección y evangelización de los indígenas.


La relevancia de la agricultura en la economía colonial marcó el desarrollo de la vida en el campo. Con el tiempo, la hacienda se consolidó como la unidad productiva esencial en las áreas rurales, organizando no solo la producción, sino también la vida diaria de distintos grupos sociales.