marzo 28, 2014

Sergio Villalobos - “Crear un Estado plurinacional es un disparate mayúsculo”


La historia de los mapuche -o “descendientes de araucanos”, como él los llama- comenzó a interesarle a Villalobos “ya en época madura”, dice. Antes no había tenido mayor preocupación por el asunto, pero en los ochenta le atrajo el tema y comenzó a estudiarlo a fondo.

-La historia no es arbitraria, no es lo que dice un historiador ni lo que dice el otro; están los documentos, en las fuentes, y desde ahí se reconstruye el pasado. Esa es la tarea del historiador- explica sobre su interés.

Leyendo generalidades sobre la Araucanía, recuerda Villalobos, le atrajo que ya desde la época colonial había comercio, que había mestizaje y que nuestra cultura los había traspasado.

-Entonces me vino la idea; hemos puesto el énfasis en la guerra y en la violencia. Pero también hay un avance pacífico y de común acuerdo. Eso va creando una nueva realidad que es la que vivimos hasta el día de hoy. Eso me atrajo y por eso comencé a estudiarlo sistemáticamente.

Su investigación, explica, obligadamente se vertió hacia los documentos. Para Villalobos, el verdadero historiador se basa en ellos, “no está diciendo nada arbitrario ni que se le ocurrió. Eso debería saberlo el señor Huenchumila. El historiador tiene el pie forzoso de la documentación”, asegura.

Invocando esa misma documentación es que Villalobos insiste llamar a los mapuche “pueblo araucano”. La palabra araucano, explica, es una derivación usada por los españoles.

-El territorio de Arauco era “Rajko” y los españoles por cuestiones fonéticas comenzaron a hablar de Arauco. Eso quedó consagrado en el lenguaje español y toda la vida se les ha llamado araucanos, hasta la época del quinto centenario del descubrimiento de América, en que las tendencias indigenistas americanas influyeron en el pensamiento de antropólogos, políticos, periodistas, los araucanos mismos, y empezaron a cambiar el nombre a mapuches. Nunca se llamaron mapuches. Se llamaban “rejche”. El nombre de mapuche fue inventado como una bandera política de lucha, de descontento.

¿Qué impresión le quedó a partir del nombramiento de Francisco Huenchumilla como intendente de la Araucanía?

-En principio me pareció bien porque es una persona relacionada con la región y con uno de los protagonistas, que son los araucanos o los mestizos descendientes de araucanos. Entonces pensé que era algo más o menos bien pensado, bien equilibrado. Pero las actuaciones inmediatas de él creo que merecen una fuerte crítica.

¿Por qué?

-Primero porque desconoce la historia del lugar. Es muy extraño un personaje que no le da crédito a la historia de su tierra. Y de ahí derivan conceptos que están equivocados, como esto que existe una gran deuda con el pueblo araucano, debido a una serie de abusos protagonizados a lo largo de la historia. La verdad es que esos abusos, algunos existieron, por supuesto, eso es inevitable habiendo el encuentro de dos pueblos. Pero son muchos menos de lo que se cree y tienen sus matices.

¿Usted cree que el Estado debe compensar de alguna manera al pueblo araucano, como usted lo llama?

-De ninguna manera, ya lo ha compensado sobradamente. Piense usted la cantidad de caminos que se han construido en la Araucanía, de ferrocarriles, de escuelas, hospitales, retenes de carabineros, labor educacional, becas, exención de pago de contribuciones por la propiedad de la tierra, asignación de terrenos. El Estado ha sido sumamente generoso y eso ha sido motivo de que el pueblo araucano o sus descendientes, se hayan ido incorporando a la nación chilena.

Pero al parecer eso no es lo mismo que piensa Michelle Bachelet, a juzgar por su programa de gobierno.

-Michelle Bachelet no tiene idea de nada, es un personaje político sencillamente que actúa a razón de intereses políticos, de grupos partidistas, de la presión de un grupo muy heterogéneo de partidos y no creo que tiene real capacidad ella de señalar políticas.

¿Qué le parece que Huenchumilla haya hablado de crear un Estado plurinacional?

-Un disparate mayúsculo, porque el Estado chileno es uno solo, la nación chilena es una sola, tenemos una gran unidad, incluso racial. Somos todos mestizos en Chile, de Arica hasta la Antártida. Entonces, estar pensando en dividir el país, un país que ha sido eficiente con su unidad, en sus acciones, en su progreso, en su desarrollo, no tiene por qué ser dividido.

Usted cree que sería perjudicial para Chile reconocer la existencia de distintos pueblos dentro de un mismo país.

-Absolutamente, es que no hay otro pueblo, sólo está el pueblo chileno. Esto incluye descendientes de aymaras, de diaguitas, de onas, que ya han perdido completamente su fisonomía original. Hoy día están incorporados a nuestra realidad.

Defectos Ancestrales

Huenchumilla en esta discusión lo trata de racista.

-Mire, eso me parece inverosímil. Quiere decir que no ha leído mis libros, donde yo he planteado explícitamente en la parte teórica inicial, en los prólogos, la crítica al racismo y cómo la diversidad del origen racial no es motivo de una desigualdad de oportunidades, de capacidad. Creo que el ser humano fundamentalmente es uno solo y tiene las mismas características en todo el mundo.

¿Usted cree que los “descendientes de araucanos” tienen distintas capacidades respecto de los mestizos de Chile?

-No, las mismas. Prueba de ello es el señor Huenchumilla, que ha escalado a una posición con su esfuerzo y su perseverancia, su accionar, y ha llegado a ser una alta autoridad del Estado. Ha sido ministro, parlamentario y ahora intendente. Él está dando un buen ejemplo de cómo los descendientes de araucanos pueden surgir dentro del pueblo chileno.

Pero usted habló de defectos ancestrales. De que las mujeres eran las que trabajaban y los hombres eran básicamente flojos y buenos para el trago. ¿No cree que eso es racista?

-No, son realidades. Hay documentación histórica. Los cronistas, los informes, los escritos de los misioneros, todos están de acuerdo en que el hombre no trabajaba y que la mujer, sufrida, maltratada, -el feminismo debería ahí tomar parte- era la que sostenía realmente esa pobre economía araucana, la producción de bienes, etc, mientras el hombre vivía dedicado a la caza, a la preparación para la guerra y al ocio. El efecto del alcohol ha sido muy grande. Eso lo repiten todos los testigos que recorrieron la Araucanía. Yo mismo, que la he recorrido en todos sus rincones, encuentro indicios del alcoholismo.

Huenchumilla lo acusó de ser usted un derechista de bajo calibre.

-Bueno, él es un izquierdista de bajo calibre. Los seres humanos tienen pensamientos, tienen ideología, y tienen pleno derecho a hacerlo. No creo que ser derechista sea un pecado en sí. Es una posición política. Ahora, personalmente, no me considero derechista, no me identifico con una posición ideológica derechista. Prueba de ello son mis libros.

¿Con qué sector político se identifica?

-Yo me identifico con la historia, con la objetividad absoluta. Las cosas son buenas o son malas, sean de aquí, sean de allá, sean de izquierda, sean de derecha, azules o verdes, todos están en la historia, haciendo la historia. Son criterios simplistas los del señor Huenchumilla. Me parece que a pesar de todos los esfuerzos que ha hecho no es una persona realmente culta.

Pero usted fue cercano a la DC

-En mi carta al El Mercurio digo porqué trabajé en la Dibam durante el gobierno de Aylwin. Fue por contacto personal con él, por cierta amistad con él y la gente que estaba alrededor de él. Ellos me propusieron, ningún partido, ni democratacristiano ni de ninguna otra índole, yo llegué de manera absolutamente independiente y trabajé de manera independiente. No perseguí a nadie por cuestiones políticas, hubo algunos despidos por mal funcionar, abusos del servicio, pero fueron poquísimos, unos tres o cuatro en un servicio que tiene más de 800 personas en el país.

Huenchumilla lo acusa de tener prejuicios y odios hacia el pueblo mapuche. ¿siente odio hacia el pueblo mapuche?

-Siento un enorme cariño por el pueblo araucano, no mapuche, son araucanos. Admiro ciertas virtudes; desde luego la defensa que hicieron de su libertad, su territorio, es admirable en ese choque con los españoles y luego con los chilenos. Así que no tengo nada contra ellos. He tenido jardineros araucanos, excelentes, cumplidores de su deber, trabajadores, con quienes tuve muy buen trato.

¿Por qué usted insiste en que el usar tecnología, televisor, teléfono celular, le resta valor al sentido de pertenencia, de identidad?

-No, eso es sencillamente la demostración de cómo el señor Huenchumilla, y como él decenas de miles de descendientes de araucanos, han progresado. Esta sociedad los ha acogido, les ha dado todas las posibilidades. Educación gratuita, becas, pertenencia a las fuerzas armadas, a las municipalidades, al congreso, han sido ministros. Entonces la discriminación no ha existido propiamente.

¿Qué haría usted si fuera intendente de la Araucanía?

-Renunciaría al día siguiente

¿Pero le ve solución al problema en esa región?

-Primero le tengo odio a los cargos públicos. En seguida creo que la acción misma en un cargo público es mucho menor que la acción como historiador. El historiador influye en el pensamiento de una nación a largo plazo. Y en un territorio conflictivo, menos todavía.

Pero por dónde cree que pasa la solución a los problemas de la región.

-Mire, hay que continuar con la línea de protección y ayuda, de fomento, quizás más facilidades para el crédito, la introducción de técnicas, de modo que ellos mismos puedan captar esto, valerse de ello y salir adelante. La gran mayoría de los descendientes de araucanos viven a lo largo de todo el país. En Santiago creo que el 40%, en Concepción otro alto porcentaje. Es decir, se han ido incorporando a la vida de la nación. Y yo creo que eso es lo que cabe hacer. Ahora, la mayoría de los descendientes de araucanos que viven en la Araucanía son enemigos de la violencia y quieren una solución pacífica. Pero hay grupos violentistas manejados por tendencias políticas, por líderes ambiciosos, y estimulados por los chilenos mismos como el propio señor Huenchumilla, a veces el obispo de Temuco, que han protegido el vandalismo, las barbaridades relacionadas con lo violento.

¿Usted cree que con la designación de Huenchumilla van a aumentar las acciones violentas?

-No sé, no sé. Pero Huenchumilla representa por otra parte una tendencia contraria a la mayoría de los habitantes de la Araucanía, que son “chilenos”, porque todos son chilenos, pero me refiero al hombre blanco que procede del norte del Biobío y que pobló la Araucanía y todos los descendientes de ellos. No son sólo empresarios, son gente común y corriente, campesinos. Todos ellos son ajenos al pueblo araucano. Entonces la acción del señor Huenchumilla también debiera tener en cuenta el común de la gente.

La frontera

¿Usted se siente partícipe de los debates historiográficos que se han dado en los noventa y los dos mil respecto al tema mapuche?

-Indudablemente, mis libros están dentro de esa línea. Los artículos que he publicado en las revistas de historia también. No hay duda ninguna. La idea fundamental mía se ha impuesto, la reconocen hasta los indigenistas, que no hay que poner tanto énfasis a lo que fue la guerra sino que en lo que llamo la vida fronteriza, que es el ensamble de los dos pueblos, las dos culturas. Y eso ha ido operando. Hoy día eso nadie lo desconoce. Las polémicas son sobre cosas concretas, pequeñas.

¿Ese ensamble fronterizo todavía existe o ya se difuminó esa frontera?

-Ya se ha ido disolviendo, es una unidad total. Usted recorre del Biobío hasta el Toltén y no encuentra ninguna diferencia con los modos de vida de la sociedad del centro o el norte del país, es lo mismo: todos bailan cueca.

¿Usted cree que ese ensamble fronterizo se hizo de manera violenta?

-En algún momento inicial, en la época de la conquista sí. Pero esta lucha terminó hacia 1655 y después lo que hay es convivencia. Hay comercio, trato, transculturación de nuestra cultura hacia ellos y un poquito de ellos hacia nosotros, mestizaje intensísimo. Entonces eso es lo que constituye vida fronteriza, lo que ha constituido la comunidad de vida con ellos.

El pueblo mapuche acusa discriminación en los procesos judiciales.

-Eso hay que preguntárselo al presidente de la Corte Suprema. Yo creo que al revés, que la justicia ha habido una blandura, una condescendencia, porque la justicia está contaminada políticamente. Una cosa son las palabras, la independencia del poder judicial, pero otra es la práctica misma de los jueces. Tienen una sensibilidad populista muy marcada. Son condescendientes, es parte del defecto del proceso del derecho procesal que da muchas garantías al delincuente y del derecho penal, que fija penas muy bajas y reducción de penas, de años. El sistema judicial es condescendiente.

¿Cuál es su relación con Jorge Pinto hoy?

-Gran amistad. Fue discípulo mío. Era alumno mío en la Universidad de Playa Ancha de Valparaíso y yo lo atraje y lo interesé por la investigación histórica. Y se entusiasmó él y comenzó una carrera académica brillante, tanto así que le dieron el Premio Nacional de Historia. Ahora con él siempre un trato amistoso, intercambiamos ideas. Los libros de él son diferentes a los míos, a veces presentan el punto de vista contrario. Eso es lógico, si así se va construyendo el conocimiento histórico.

¿No le molesta que su discípulo haya cambiado de rumbo?

-No, no cambió de rumbo: desde que era alumno tenía ideas socialistas. Para mí eso no era problema, para mí cualquier persona meritoria debe ser ayudada, atraído. Entonces no me molesta. Lo que hubiese querido es que hubiese modificado en algún porcentaje su posición ideológica, pero eso no ha ocurrido y santo y bueno pues, allá él.

¿Y qué opina usted de la intelectualidad mapuche?

-¿Cuáles son? Indíqueme alguno. ¿El señor Huenchumilla? ¿El poeta este, cómo se llama, Elicura? ¿Cuáles son los grandes intelectuales?

Están los hermanos Mariman.

-Los Mariman. Sí, han hecho un esfuerzo, indudablemente. Han estudiado, han trabajado, pero no han logrado superar los prejuicios de su pueblo. Todo lo analizan desde un punto de vista negativo y entonces no son tan independientes para pensar. Eso es lo lamentable.

¿Y usted está preparando alguna publicación nueva?

-Sí, Vida fronteriza en la Araucanía, un libro de más de 300 páginas donde se plantea todo esto. Lo replanteo, porque ya lo había planteado antes. Seguramente el señor Huenchumilla no lo va a leer, porque no es un hombre dado a la lectura, parece.

¿Hay más historiadores chilenos que apoyen sus tesis?

-Sí, claro que sí. Discípulas, Leonardo León, aunque no completamente. Se han hecho trabajos sobre las rebeliones araucanas basadas en las ideas mías, se ha hecho investigación sobre los indios amigos, no todos los araucanos estuvieron en contra de la dominación, gran cantidad, llamados indios amigos, la aceptaban y la atraían y se beneficiaban con el contacto con los españoles. Todo eso ha sido estudiado por discípulos míos. Incluso yo diría que Jorge Pinto, que tiene algunas ideas distintas, en el fondo sus investigaciones descansan en la idea de la vida fronteriza.

¿Usted había tenido algún contacto antes con Huenchumila? ¿Se conocían?

-No, me había llamado la atención el apellido, cuando tuvo otras actuaciones, no tenía mayor conocimiento de él, hasta su carta de navegación que lo llevó a naufragar tempranamente.

Fuente. The Clinic (28 marzo 2014)

marzo 25, 2014

Carta abierta a Sergio Villalobos: Cuando la historia se convierte en instrumento racial y colonial


En la historiografía chilena Sergio Villalobos tiene un lugar clave: es el creador de los Estudios Fronterizos en la década de 1980, un enfoque que por años ha guardado un lugar privilegiado en las investigaciones sobre el territorio y la sociedad mapuche.

Además el mismo Premio Nacional de Historia es ante todo un hombre de la frontera. Nació en Angol en 1930, período en el que finalizaba “la reducción”, aquel proceso de despojo territorial que forzó el empobrecimiento del pueblo Mapuche y que legitimó la Ocupación de La Araucanía a través de la entrega de Títulos de Merced. Fue en esa época, que la sociedad vencedora, reforzó nuevamente el imaginario de la barbarie sobre los sobrevivientes: flojos, borrachos, sucios, delincuentes, entre otros apelativos. La importancia de Sergio Villalobos recae en su intento de validar y dar sustento “científico” a este imaginario, ocupando la historiografía como arma de legitimidad.

Sosteniendo hipótesis raciales, el Premio Nacional es heredero de una tradición darwinista que fusionó con los debates de la Escuela de los Anales de los 60’ y buscó destruir los mitos históricos, para ingresar a los hechos, procesos y transformaciones globales. De esta síntesis nacen los Estudios Fronterizos. Bajo la dictadura, el Ministerio de Educación oficializó sus estudios, con toda esa carga de prejuicios contra el pueblo Mapuche que hablaban de la inexistencia de sus sujetos, que eran araucanos, mestizos, alcohólicos, calientes, envidiosos, ladrones y un largo etcétera de prejuicios bajo los cuales se educaron las infancias de Chile y Mapuche. Ese es el triunfo de Sergio Villalobos, su historia de vida, imágenes y visiones regionales de los vencedores elevadas a nivel de Estado que la sociedad ha naturalizado y asume como relato oficial. Su victoria son esos villalobos ocultos que van en la micro con nosotros, que son nuestros vecinos, que son nuestros compañeros de labores o de estudios, esos que en cualquier oportunidad nos refregarán el “indio” o “araucano” en nuestros rostros. Ahí el costo: la colonización ideológica del pueblo Mapuche y el triunfo de un neonacionalismo chileno blanco en oposición a nosotros, los indios y morenos. No por casualidad el Intendente Francisco Huenchumilla señaló: “a este país le hace falta mirarse al espejo”.

Villalobos es solo un nombre- quizás el más mediático y al que le da lo mismo ser “políticamente correcto”- de una larga lista de académicos que han trabajado incesantemente por denostar a los pueblos que han sido anexados al régimen colonial chileno. Todo país colonial tiene sus historiadores orgánicos, aquellos que justifican, avalan e intentan explicar los argumentos de cualquier masacre, invasión, asesinato o integración.

El racismo de sus frases en televisión y en el diario son la operatoria ideológica con que se valida la colonización del territorio mapuche por el Estado chileno. Todas sus palabras vienen y, por cierto, generan heridas en nuestra gente. “Para la nación chilena era un desperdicio que debía ser superado”, “defectos ancestrales”, “incorporar esos territorios era una necesidad para la nación chilena”,“…un guerrero y un cazador, que vivía relajadamente y entregado al alcohol”, “no son mapuche, son araucanos” son ejemplos de un verborrea que nos inunda por años. Todos esos fuegos artificiales de la “cultura dominante”, “la integración”, “el reloj, el computador y los títulos profesionales”, no son más que fanfarronerías evolucionistas de la cultura que hace muchísimo tiempo fueron desechadas. También toda esa mirada positiva de los colonos alemanes, suizos, italianos, chilenos que llegaron a Wallmapu: otro acto de limpieza histórica. Por años dichos colonos corrieron cercos, dispararon y cometieron un sinnúmero de abusos con nuestra gente ante la impunidad total, en una de las épocas de violencia colonial más crudas posteriores a la guerra. Hablamos del periodo 1900-1960: infancia y juventud del historiador.

Sin embargo, en un proceso tan largo, complejo y violento como fue la ocupación de Wallmapu no es tan fácil minimizar los actos, borrar la historia y justificar la invasión. Se ocuparon nuestras tierras, no se respetó ningún acuerdo anterior, hubo muertos, presos, heridos. El ejército chileno despojó materialmente al pueblo mapuche, quemó sembradíos, viviendas y realizó un millonario saqueo de animales que engrosó sus arcas. Además se coordinaron con el ejército argentino, que por el otro lado también avanzaba vorazmente. Y sí claro, hubo parlamentos entremedio, pero en contexto de acciones militares. Y aunque algunos mapuche negociaron o pactaron, aunque no todos pudieron enfrentarse militarmente, lo que no se puede borrar es la ocupación y el colonialismo final.

El olvido no es una alternativa para las memorias de miles de mapuche que cargan con todas las consecuencias de la colonización hasta nuestros días.

En 1992, no fue un gesto simbólico menor – como no lo es su tribuna mediática actual y su sitial académico en la Universidad de Chile- que el premio nacional de Historia, recién retomada la democracia y un año antes de la ley indígena, llegara a manos de Sergio Villalobos. Aquel año que algunos celebraban el Quinto Centenario y nosotros, los “indios”, los 500 años de resistencia. Internacionalmente, Rigoberta Menchú era llevada como el símbolo de la Paz y comenzaba lo que algunos han llamado la “reemergencia indígena”.

Protestas, sublevaciones y rebeliones marcaron la última década del siglo XX y pusieron la autodeterminación como el paradigma de las luchas indígenas, abriendo una discusión sobre la hegemonía política y cultural de los Estados. Los Mapuche no quedaron ausentes, los proyectos de autodeterminación y autonomía comenzaron tomaron un fuerte impulso y hoy en día constituyen potentes pensamientos para el futuro. Tanto Sergio Villalobos, como la criminalización a la cuestión Mapuche son creencias del siglo XX que aún penan por estas tierras, nosotros estamos mirando hacia el siglo XXI.

Miembros de la Comunidad de Historia Mapuche