Entre los siglos III y V, el Imperio Romano, que había llevado sus conquistas desde las Columnas de Hércules (Gibraltar) hasta los ríos Tigris y Éufrates y, en sentido norte-sur, desde los ríos Rhin y Danubio hasta el norte de África, convirtiendo al Mar Mediterráneo en un "lago romano", entró en un período de agudas crisis que, finalmente, llevaron a su decadencia y caída.
La crisis de Roma puede ser catalogada como una crisis total, por cuanto abarcó prácticamente todos los niveles de existencia histórica. El fin del expansionismo afectará a distintos ámbitos del Imperio; de algún modo, significa pasar del plano de la conquista mundial a no seguir expandiéndose más allá de sus fronteras, incluso a seguir actuando como si el ideal imperial siguiera vigente. Sin conquistas, ya no habrá botín, y en consecuencia, faltará una importante fuente de recursos para el Estado así como incentivos para su ejército. Éste, por su parte, no contaba con el número suficiente de efectivos para defender sus extensas fronteras, lo que obligó a contratar bárbaros, especialmente germanos, tantos que, para fines del siglo IV, el miles (soldado) era sinónimo de bárbaro. Además, el ejército no estaba en buenas condiciones para hacer frente a las acometidas -cada vez más numerosas- de los bárbaros en las fronteras: a la indisciplina y falta de recursos y entrenamiento, hay que agregar el hecho de que no se hicieron las innovaciones técnicas adecuadas para enfrentar a los enemigos externos del Imperio. Contrasta este retraso romano con el caso del Imperio Chino en el siglo II a.C., cuando enfrentó a la amenaza de los Hiung-nu (antepasados de los hunos), cambiaron la táctica de guerra adoptando el sistema de caballería y repeliendo exitosamente a las hordas bárbaras. Roma, no obstante, siguió confiando en la legión que había hecho grande al Imperio. Un ejército gravoso y poco efectivo implicará que el Imperio no es capaz de garantizar la paz dentro de sus fronteras, lo que genera una inseguridad generalizada; algunos hombres poderosos contratarán, en consecuencia, mercenarios a su servicio, los buccellarii, quienes serán combatidos por el Imperio -puesto que no aceptará la existencia de ejércitos privados dentro del Estado-, aunque finalmente fracasa en su intento.
Esto último, la crisis y el decaimiento del espíritu militar, estará en directa relación con el debilitamiento del espíritu cívico y público, que llevará a que los ciudadanos ya no consideren los cargos públicos como un honor sino como una pesada carga. Un ejemplo es el de los curiales, funcionarios encargados de recaudar los impuestos; una ley del año 396 prohibía a los curiales abandonar sus puestos, por mostrarse impíos hacia la patria. Para evitar que los funcionarios o los soldados dejasen sus puestos, el Imperio aplicó un sistema de fijación social: las personas debían permanecer en sus ocupaciones y en sus lugares de nacimiento de por vida, lo mismo que sus hijos. Ello implicaba, no obstante, una pérdida de libertad del hombre, que deja de ser un ciudadano y pasa a convertirse en un súbdito de la Majestad Imperial. Ésta, influida por el despotismo oriental, especialmente de Persia, había entrado en un proceso de absolutización y sacralización del poder, el cual alcanza el apogeo con Diocleciano (284-305), emperador que aplicó una serie de reformas que vinieron a dar un respiro a la agotada maquinaria imperial; sin embargo, se trataba de medidas de alcance temporal, que no servirán para salvar Roma, aunque algunas de las reformas tendrán una amplia repercusión en tiempos posteriores. Con este emperador, el Imperio pasa a transformarse en una Monarquía Absoluta, en la cual el emperador es un dios, cuya palabra tiene fuerza de ley, ante el cual hay que hacer una profunda reverencia hasta caer postrado, llamada proskynesis; el culto imperial se transforma en la religión oficial del Estado; es la época del Dominado, porque el emperador es el "señor" (dominus). Entre otras medidas tomadas por Diocleciano podemos nombrar la reforma monetaria, orientada a detener el proceso inflacionario, la heredabilidad obligatoria de los oficios, el famoso Edicto de Precios Máximos para combatir la escasez y la inflación, la descentralización de la administración con el sistema de Tetrarquía.
Roma tenía una economía de gasto, de conquista y, a medida que se avanza en el tiempo, el gasto va en aumento, de tal manera que llega un momento en que las necesidades exceden la capacidad de producción, y la insatisfacción acarrea después la frustración y pesimismo en la sociedad. El Imperio no tenía un sistema productivo eficiente, no poseía industria ni capacidad de inversión; la única salida para aumentar los ingresos del Estado era elevar los impuestos, cuya base será la tierra; ya que no se podía confiar en la moneda progresivamente devaluada, se cobrará tributo en especie (que implica la pérdida de 2/3 de la recaudación), lo que significa prácticamente la existencia de una economía natural, frente a la economía monetaria característica de Roma. El aumento de los impuestos y las consiguientes cargas tributarias se tradujeron en elevados índices de evasión y corrupción; en un intento por detener el fenómeno, la burocracia imperial se transforma en un sistema de fiscalización y el Imperio pasa a convertirse en un verdadero "Estado policíaco".
Característico de esta época es el desequilibrio entre la resistencia del Limes (frontera) y la presión de los bárbaros, entre el costo de la guerra y los recursos del Imperio, entre producción y consumo, entre la atracción de la ciudad y del ámbito rural, entre la autoridad senatorial y la imperial, entre otros.
Además, se irá acentuando cada vez más las diferencias entre las partes occidental y oriental del Imperio, ya dividido desde el año 395, a la muerte del emperador Teodosio el Grande (379-395). El Occidente, eminentemente latino, empobrecido y ruralizado, contrasta con el Oriente, esencialmente helénico, rico, con una economía monetaria sólida, de carácter urbano y mejor defendido. A la larga, será el Imperio Romano de Oriente que sobreviva a la adversidad, prolongando la historia de Roma por más de un milenio, pasando a llamarse posteriormente como Imperio Bizantino o Griego Medieval, el cual caerá en manos de los turcos otomanos en 1453. Occidente, agobiado por los problemas, desaparecerá en 476 de enfermedad interna; las invasiones bárbaras jugaron un rol importante en el proceso. En rigor, lo que sucedió a partir de ese año es que el Imperio Romano perdió sus provincias orientales.
Fuente. José Marín R. (2003). Textos Históricos: del Imperio Romano hasta el siglo VIII