La brutalidad utilizada durante la masacre en la Escuela Santa María de Iquique -en 1907- silenció al incipiente movimiento obrero por más de una década. Aquel sangriento episodio, que duró apenas cuatro minutos, dejó un saldo de alrededor de 2.000 muertos.
Los ánimos en la pampa nortina estaban intranquilos. Los cansados obreros del salitre habían paralizado los trabajos para hacer valer sus demandas. Todos los días, desde el amanecer hasta el ocaso, bajo el sofocante sol, los trabajadores sacaban, seleccionaban y cargaban aquel preciado metal. No querían recibir más salarios en fichas que los obligaban a comprar en los almacenes del lugar. Pedían indemnizaciones, escuelas nocturnas obreras y que no se tomaran represalias por las nuevas peticiones.
La huelga comenzó con los operarios del ferrocarril salitrero y terminó por extenderse rápidamente a 30 oficinas cercanas a Iquique. Luego, se inicia un éxodo de los huelguistas, desde las pampas hacia el puerto. Allí se reúnen en la Escuela Santa María, frente a la pequeña plaza Manuel Montt. Pasan los días y los trabajadores siguen llegando hasta sumar aproximadamente 10 mil. La tensión iba en aumento.
Los dueños de las salitreras -en su mayoría ingleses- no estaban dispuestos a ceder. No titubearon en utilizar sus contactos con el gobierno y en presionar a los trabajadores amenazándolos con que perderían sus trabajos si no retornaban a sus faenas.
El presidente Pedro Montt decidió enviar a Iquique -desde Valparaíso- tres regimientos y dos cruceros, "Esmeralda" y "Zenteno". A cargo de la misión quedaron los militares: el general Roberto Silva Renard y el coronel Sinforoso Ledesma.
A su llegada a Iquique, el 19 de diciembre, los militares fueron recibidos como héroes, pues los obreros creían que venían a mediar en el conflicto. No fue así, porque los dueños de las salitreras no estaban dispuestos a iniciar conversaciones si los trabajadores no regresaban a sus obras.
La ciudad estaba paralizada. El general Silva Renard quiso restablecer el orden en Iquique y para ello pidió a los pampinos que desalojaran el lugar. Los trabajadores se negaron a moverse.
Al día siguiente, sábado 21, el general Silva Renard advirtió que si no salían del edificio ordenaría disparar. Los trabajadores no obedecieron. Cuando faltaban 15 minutos para las 4 de la tarde, Silva dio la orden de romper fuego. "De pie, serenos, recibieron la descarga. Como heridos del rayo cayeron todos y sobre ellos se desplomó la gran bandera", relató el escritor Nicolás Palacios. El sangriento episodio no duró más de cuatro minutos.
Primero, los soldados que apuntaban sus rifles desde la plaza dispararon a los 30 o 40 dirigentes que se encontraban en el balcón. Luego, se ordenó el fuego por los patios y las salas. Dos ametralladoras del "Esmeralda" apuntaban hacia la Escuela. Se acribilló, incluso, a mujeres y niños que suplicaron clemencia. Después vino el silencio.
El informe oficial dio cuenta de 140 muertos. La revista The Economist, en Londres, informó de 500. La brutalidad del ataque adormeció al movimiento obrero durante una década. Recién en 1917 renacieron los conflictos laborales y la agitación revolucionaria.

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