Las ciudades italianas, que tenían una ubicación estratégica en el mar Mediterráneo, iban a la vanguardia de la floreciente actividad comercial, mientras otros Estados, como Portugal y España, se veían favorecidos y obligados a adquirir productos a través de numerosos intermediarios. Esta situación los obligó a buscar rutas alternativas para comerciar directamente con Oriente; entonces, comenzaron a explorar el océano Atlántico.
En este contexto se realizó el primer viaje de Cristóbal Colón, que cambió totalmente el curso de los acontecimientos, pues significó el encuentro con un continente hasta entonces desconocido para los europeos. A partir de este momento, decenas de expediciones comenzaron a zarpar desde Europa, siguiendo el camino trazado por Colón o las rutas abiertas en viajes posteriores. Navegantes y exploradores se arriesgaron en empresas absolutamente inciertas y peligrosas, motivados por el afán de fama y riqueza; ellos llevaron adelante el descubrimiento y la conquista de América.
La empresa de conquista española
Cada nuevo territorio en el que se establecían los conquistadores en América servía de base para la planificación de nuevas expediciones. Desde el Caribe salieron las expediciones que conquistaron México, y desde ahí, buena parte de las que recorrieron América Central y del Norte. Panamá se transformó también en un lugar de donde salieron importantes expediciones hacia Sudamérica, como la de Francisco Pizarro, que conquistó Perú, y desde ahí, aquellas que descubrieron y conquistaron Chile.
¿Cómo se organizaban las expediciones de conquista?
Cada empresa de conquista era organizada privadamente tanto en el reclutamiento del contingente humano como en su financiamiento, es decir, tanto los costos como los riesgos eran asumidos por los conquistadores. Sin embargo, esas expediciones se hacían en nombre de los reyes de España, a quienes el papa Alejandro VI les había donado los territorios ya descubiertos y por descubrir, con el fin de conquistarlos y evangelizarlos. Este documento o donación pontificia, conocida como Bula Intercaetera, estableció derechos respecto de las tierras ocupadas por los habitantes originarios y se transformó en el fundamento legal de la conquista.
Los reyes establecían los territorios que cada expedición podía conquistar, y entregaban atribuciones a quien comandaba la empresa. Los derechos y obligaciones de los expedicionarios se consagraban en documentos conocidos como capitulaciones, un contrato entre quien ejercía derechos soberanos sobre los territorios de América y quienes disponían de los recursos económicos y humanos para conquistarlos.
Sin embargo, muchas veces las expediciones se llevaron a cabo sin el consentimiento previo de la Corona. Una vez realizadas, y habiendo obtenido éxito en sus propósitos, quienes encabezaban estas empresas buscaban después el consentimiento real.
En las expediciones que vinieron a Chile, por ejemplo, Diego de Almagro obtuvo el permiso real para conquistar de Isabel de Portugal, esposa del emperador Carlos V, quien firmó en calidad de regente. Pedro de Valdivia, por su parte, llevó adelante su empresa por encargo de Francisco Pizarro, obteniendo con posterioridad la gobernación de los territorios conquistados.

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