"Vuestra larga esperiencia i vuestra versacion en los negocios públicos me permiten juzgar que vos no sois de esos inocentes que creen en nuestra mentida prosperidad. La farsa es tan grosera, tan toscas son las bambalinas, tan desvencijados los bastidores, que los únicos que pueden engañarse son los mismos farsantes i tramoyistas que por haber tomado mui en serio sus papeles, acaso hayan llegado a creerlos reales. Acabamos de celebrar nuestro Centenario i hemos quedado satisfechos, complacidísimos de nosotros mismos. No hemos esperado que nuestros visitantes regresen a su patria i den su opinion, sino que nuestra prensa se ha calado la sotana i el roquete, ha empuñado el incensario, i entre reverencia i reverencia, nos ha proclamado pueblo cultísimo i sobrio, ejemplo de civismo, de esfuerzo jigantesco, admirablemente preparado para la vida democrática, respetuoso de sus instituciones i de los sabios e intejérrimos políticos que lo dirijen, en una palabra, espejo milagroso de virtudes en que deben mirarse todos los pueblos que aspiren a ser grandes. Con una petulancia rayana en la imbecilidad, hemos ido a preguntar a los delegados estranjeros: "Qué les parece a Uds. nuestro ejército? I nuestra marina? I nuestros ferrocarriles? I nuestras industrias? I nuestra capital? I nuestra instruccion pública? I nuestra administracion? I nuestros políticos?... I ¡qué habrán podido contestar ellos, que vienen con carácter diplomático i han podido aquilatar nuestra fatuidad sin límites! Nosotros, sin embargo, con gravedad cómica hemos estado publicando los imparciales i encomiásticos juicios que de nuestros huéspedes hemos merecido. I ¿a quién hemos conseguido engañar con este desvergonzado sainete? ¿A los estranjeros? ¿Creeis, señor, que por mui copioso que haya sido el champaña de los banquetes habrá bastado a perturbar su cerebro hasta el punto de que no se hayan dado cuenta de la podredumbre que nos ahoga? ¿Habrán ignorado que los ocho millones de pesos que el Congreso dedicó a celebrar el Centenario despertaron una sed de rapiña tan grande que, cuando falleció el Excmo. señor don Pedro Montt i algunos espíritus pundonorosos hablaron de la postergacion de las fiestas, levantaron una verdadera tempestad los que ya contaban como propia buena parte de aquellos dineros, i emplearon toda clase de influjos hasta conseguir que se llevasen a efecto las festividades, casi sobre los cadáveres de dos presidentes? Para vergüenza nuestro señor, los delegados estranjeros han tenido que imponerse de todas nuestras miserias: han tenido que ver a nuestros magnates convertidos en mayordomos, en contratistas de banquetes que el estado pagó a precios superfabulosos; han tenido que saber de esos arcos ridículos que se construyeron en la Avenida de las Delicias fueron contratados por 90,000 pesos, i el negocio pasó de mano en mano hasta llegar a las que del que los hizo, el cual solo recibió 14,000, i todavía obtuvo una ganancia no despreciable; han debido imponerse de que muchas familias de las mas aristocráticas se hicieron arreglar rejiamente sus palacios por cuenta del estado, so pretesto de prepararlos para recibir alguna delegacion estranjera; i de que muchas exijieron todavía, por las dos semanas que fueron ocupados, alquileres de treinta, cuarenta i cincuenta mil pesos, fuera de que hubo alguna de muchos pergaminos que luego que vió su estancia transformada i embellecida por los dineros fiscales, se aprovechó de un pretesto fútil para no facilitarlo i se quedó con las mejoras. Todos los estranjeros han conocido por esperiencia propia nuestro ruin espíritu logrero i nuestra inclinacion invencible al alcohol i a la mentira. Sin mayor esfuerzo han podido convencerse de la abyeccion en que viven nuestras clases menesterosas, i no han necesitado de una vista de águila para llegar hasta el fondo hueco de las instituciones que mas enorgullecidos nos tienen. El Centenario ha sido una esposicion de todos nuestros oropeles i de todos nuestros trapos sucios: las delegaciones estranjeras tendrán que ser, sin duda, los pregoneros que repartan a los cuatro vientos la noticia de nuestra creciente ruina económica i moral. Vos, señor, sabeis esto, lo habeis podido ver mejor que yo, i seguramente como patriota lo lamentáis i tenéis el ánimo de ponerle atajo." Fuente: Julio Valdés Cange (Alejandro Venegas). Sinceridad: Chile íntimo en 1910 |
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