"Los sucesos de España produjeron desconcierto, temor y perplejidad. Se reaccionó con medidas de emergencia y ensayos constitucionales. Y así, contingentemente, con una curiosa mezcla de prudencia e improvisación, se fue tomando conciencia del vacío de poder dejado por una monarquía acéfala y del consiguiente potencial autónomo que ello implicaba para la sociedad local. El desmoronamiento final de la antigua legitimidad fue accidental, su sustitución se hizo a tientas. A la crisis institucional de la monarquía le siguió un período de autonomía jurídica y política que se manifiesta en el establecimiento de la Primera Junta de Gobierno y en la convocatoria del primer Congreso Nacional. Una vez consolidada la autonomía, esta etapa se paraliza, al producirse un equilibrio de fuerzas con estrategias opuestas, situación que comienza a resolverse con la aparición del personalismo caudillesco de José Miguel Carrera, convirtiéndose en acelerador de cambio. Dicho personalismo se trata de legitimar en términos político-ideológicos de corte abiertamente republicano, acrecentando la distancia con una monarquía meramente formal. Esta creciente escisión se profundiza aún más con el fracaso del ejército patriota frente a las expediciones ordenadas por el virrey del Perú. La guerra acelera el proceso de distanciamiento y termina por constituirse en el mecanismo resolutorio ulterior. En síntesis, la fuerza de los acontecimientos, la contingencia coyuntural, la improvisación y el ensayo hacen derivar las opciones hacia un orden nuevo autónomo e independiente". Alfredo Jocelyn-Holt: La Independencia de Chile. Tradición, modernización y mito. Editorial Mapfre, Madrid, 1992. |
"La llegada de la independencia de la Capitanía General (y de la mayor parte del resto de la América española) fue una consecuencia directa del gran trastorno provocado por las guerras napoleónicas en Europa. (...) La noticia de que Fernando VII había sido destronado llegó a Chile en septiembre de 1808. La reacción inmediata fue de intensa y ferviente lealtad a la madre patria. Una vez más, los criollos enviaron donaciones para ayudar a la guerra; los jóvenes de alcurnia de Santiago (Francisco Antonio Pinto, entre ellos) lucían imágenes de Fernando VII en sus sombreros. A medida que pasaban los meses, sin embargo, este espíritu de lealtad cambió. Puesto que la propaganda española apuntaba a una estructura más liberal para el Imperio, algunos criollos comenzaron a sopesar si no sería deseable tomar el control de los asuntos de la colonia. La presión en este sentido provenía de tres fuentes principales: Los criollos instruidos, que ya antes habían promovido la reforma económica y social sentían ahora que este cambio podía lograrse mejor a través de la creación de un gobierno chileno autónomo, aunque siempre en el interior del Imperio español. Un mayor número, quizá, veía el régimen nacional como un medio para obtener más fácilmente el tan deseado acceso a los cargos públicos. Y también estaba ese ínfimo puñado de separatistas y revolucionarios a ultranza, para los cuales las dificultades de España eran la oportunidad para Chile. Para el gobernador y la Audiencia, de más está decirlo, incluso la más leve de estas proposiciones sonaba a subversión". Simon Collier-William Sater. Historia de Chile, 1808-1994. Cambridge University Press, 1998. |
"Es indispensable, también, para enfocar los antecedentes (de la independencia), tener una visión total del proceso hasta sus últimas etapas, en lugar de basarse exclusivamente en la documentación de un momento. Así, por ejemplo, antes de decidir si el desarrollo de Chile hacia 1810 era suficiente para provocar la independencia, forzosamente hay que consultar una documentación que llega hasta 1818, y aún más allá. Sólo de este modo pueden apreciarse correctamente las ideas y sentimientos que movían a los hombres en los comienzos de la revolución. Aunque en nuestro trabajo analizamos una etapa que concluye en 1810, no por eso hemos dejado de estudiar la documentación posterior y de tenerla presente en cada una de nuestras aseveraciones. Para una comprensión adecuada de la revolución emancipadora, se hace necesario distinguir dos etapas separadas por el año 1810: Antes de ese año, hay que considerar principalmente el desarrollo que el país ha experimentado bajo el período colonial, con su secuela de aspiraciones y descontento. Después de 1810, entran en juego, cada vez con mayor insistencia, influencias venidas de fuera, que son determinantes en la peligrosa inclinación por la cual se deslizan los hechos. Debe agregarse a ello el odio profundo contra el español, que surge y alcanza su momento más vívido en la Reconquista, 1814-1817, resultando el factor esencial del rompimiento". Sergio Villalobos, Tradición y reforma en 1810. Ediciones de la Universidad de Chile, Santiago, 1961. |

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