Flameando las banderas de educación, salud y trabajo, los radicales gobernaron los destinos del país durante 14 años. Fue su gran oportunidad para poner en práctica sus lemas y sortear la desconfianza que despertaban en sectores conservadores.
Pedro Aguirre Cerda entró con los brazos en alto a La Moneda. Aquel 24 de diciembre de 1938, el nuevo mandatario tenía un gran motivo para festejar: era el primer presidente radical en la historia que alcanzaba el poder. Jamás previó que con él se iniciaba "la época de oro" del radicalismo. En los 14 años siguientes (1938-1952), las ideas radicales se anidaron por los pasillos del gobierno y durante tres gobiernos consecutivos -Pedro Aguirre Cerda, Juan Antonio Ríos y Gabriel González Videla- dirigieron el país.
Flameando las banderas de educación, salud y trabajo, el radicalismo pasó a ser junto con un partido ideológico, un estilo de vida: "Masón, radical y bombero", describía el perfil del político de la época. Masón, en lo cultural y moral; radical era su elemento político, y bombero, en el sentido público que decían que los inspiraba.
El nuevo mandatario era un perfecto molde de aquella corriente ideológica chilena. Aguirre Cerda creció en un ambiente austero, emergió del liceo fiscal para luego graduarse de profesor y de abogado en la Universidad de Chile. Profesaba los postulados que se habían dictado en la primera convención del partido, en 1888.
Los radicales consideraban que la enseñanza pública debía ser obligatoria, gratis y laica. Además, pregonaban por la separación de la Iglesia del Estado. En lo económico, abrazaban los postulados del "laissez faire" de Adam Smith. Leían a Valentín Letelier y a Enrique MacIver.
Se dice que un radical era conocido a kilómetros de distancia. El abrigo largo de pelo de camello era símbolo de prestigio. Austeros, pero gozadores de la vida, sus clubes pasaron ser un símbolo de la buena comida chilena, de la vida social y de los disputados partidos de dominó que los caracterizaba. Se jactaban de ser fieles practicantes de la tolerancia. Un buen radical acompañaba a su señora a misa los domingos, pero no entraba a la iglesia. La esperaba en la plaza leyendo el diario.
De igual forma, siempre fueron mirados con recelo entre los sectores conservadores. Las logias y sus ritos masónicos sólo despertaban desconfianza en lo que podrían hacer a la Iglesia Católica una vez en el poder. Y sus aliados de izquierda eran tampoco bien vistos por los sectores de derecha.
Nada de esto los detuvo a la hora de gobernar. Durante aquellos 14 años continuaron con sus costumbres y fortalecieron aún más los fuertes y valorados lazos de amistad. Se les criticó duramente por inflar el aparato estatal, abriendo nuevas plazas de trabajo para sus correligionarios. Así pasó a ser una figura emblemática la del empleado público radical: un hombre de clase media, laico, que hacía una carrera profesional en el aparato burocrático.
Una de las principales huellas que han dejado en la historia del país fue la creación de la Corporación de Fomento Industrial (CORFO). Inaugurada en 1939, durante el gobierno de Aguirre Cerda, la CORFO continuó recibiendo un fuerte impulso económico durante los gobiernos de Ríos y González Videla. Creada para impulsar el desarrollo de una escuálida industria nacional, hasta el día de hoy la CORFO es considerada como una de las principales obras de sus gobiernos.
Hijos de la educación fiscal, los radicales también dieron un fuerte impulso a la educación. Bajo el lema "Gobernar es educar", se preocuparon de inyectar recursos a los colegios y ampliar el número de escuelas fiscales. Los 110 mil alumnos que había en 1938, aumentaron a 616 mil en 1941. Además, elaboraron el Plan de Enseñanza Profesional, que culminó en 1949 con la creación de la Universidad Técnica del Estado (UTE).
Su forma zigzagueante de actuar en política -particularmente con los comunistas- hizo que fueran apodados como "los cucharones". González Videla subió al poder (1946), de la mano de socialistas y comunistas; sin embargo, dos años más tarde, no sólo los dejó fuera del gobierno, sino que dictó la Ley de Defensa de la Democracia, que terminó por prohibir la existencia del PC.
Con el transcurso de los años, el Partido Radical dejó de encandilar a los trabajadores. En 1952, con su popularidad fuertemente desgastada, González Videla -el último presidente radical- le entregó el mando presidencia a Carlos Ibáñez del Campo.

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